Una misión, una pasión, un equipo a prueba de riesgos

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De izquierda a derecha (arriba): Martell, Abel, Yoandy, Jesús, Magdiel y Alián; debajo, Luis Manuel y Eric. / Fotos: cortesía del MININT

Desde muy niño, Pablo Martell Cruz quiso ser bombero. Allá en su natal Constancia sus juegos favoritos siempre giraron en torno a la Unidad de Bomberos Voluntarios que allí existía. Aún conserva fotografías que lo muestran con una capa que arrastraba el piso y confiesa que acudió por primera vez a un incendio cuando apenas tenía 7 años. Junto a él, los hermanos Abel y Amaury también descubrieron la pasión de sus vidas.

Hoy, el teniente Martell no solo integra desde hace 25 años esa fuerza centenaria que previene y enfrenta el fuego, sino que es el oficial de mayor experiencia del Grupo Especial de Salvamento y Rescate, un colectivo de escasa membresía que actúa en situaciones complejas para salvar vidas humanas o preservar bienes del Estado, esclarecer hechos delictivos, intervenir en accidentes masivos y rescatar cadáveres, entre otras misiones.

Por primera vez desde su creación, en este verano prestaron sus servicios en la playa de Rancho Luna, donde permanecieron de viernes a domingo durante los meses de julio y agosto, como un eslabón adicional para ofrecer seguridad a los veraneantes.

Allí, además de otras labores menos vinculadas con sus tareas esenciales —entre ellas la búsqueda de niños extraviados—, trasladaron a la orilla a varios ciudadanos que en estado de embriaguez se habían alejado mucho y luego no sabían cómo regresar.

Esta circunstancia, que en su argot profesional se denomina Hombre al agua, no resulta muy frecuente en Cienfuegos y está representada en mayor medida por pescadores submarinos que —violando todas las normas establecidas—ponen en peligro sus vidas y hasta las pierden.

Con la experiencia de su oficio, Martell asegura que la cotidianidad se encuentra llena de eventuales accidentes, incluso dentro de las propias viviendas, de ahí la utilidad de aguzar la percepción de los riesgos, especialmente la de los padres para con los hijos, así como cuando se está en playas, ríos o la vía pública.

DE LA VALENTÍA AL HUMANISMO

Y de peligros se encuentra particularmente llena la vida de esta decena de hombres, para quienes enfrentar el miedo resulta un ejercicio cotidiano, que utilizan como aliado de la precaución, nunca como impedimento para cumplir con el deber.

“Para hacerlo bien a uno tiene que gustarle este trabajo, que muchas veces se torna muy desagradable e implica nuestra propia vida. Solo así puedes colgarte de un edificio o atreverte a bajar a una presa o a un río crecido para salvar a otra persona, a un compañero en peligro o, simplemente, encontrar un cadáver”, asegura Martell.

En realidad, además de esa predilección por su trabajo, estos combatientes requieren una elevada preparación física y psicológica, dominar determinadas técnicas, ser precavidos, minuciosos a la hora de emplear los equipos y medios de seguridad, confiar en sí mismos y en sus conocimientos y —sobre todo— ser saludables, tanto del cuerpo como de la mente. También, como enfatizó Abel Martínez Ponce, con 18 años de permanencia en la especialidad, “hay que ser muy humano”.

UNO PARA TODOS, TODOS PARA UNO

Alián Fernández Pérez, quien apenas lleva doce meses en el grupo, confiesa que fue la unión que vio entre ellos lo que más lo motivó a inclinarse porla profesión. Él había pasado el Servicio Militar en el Cuerpo de Bomberos y durante ese tiempo advirtió el profundo compañerismo que une y fortalece a estos hombres.

Para Jesús Burgos Pérez de Corcho, con ocho años de experiencia, más que un colectivo, constituye una fraternidad. “Es muy gratificante saber que aunque estás trabajando y corriendo un peligro, la persona que está fuera es capaz de dar su vida por salvarte… Es algo que solo se logra siendo unidos, porque nuestro trabajo nos somete constantemente a situacionesestresantes… Vivimos experiencias terribles, que marcan… La mayoría de nuestras misiones nos dejan caras, olores, sensaciones que no se olvidan y que si no se manejan adecuadamente, pueden llegar a afectarnos”.

“El ánimo, la confianza y el apoyo psicológico que mutuamente nos brindamos es lo que nos permite entrar a lugares difíciles, hacer cosas difíciles, sabiendo que si pasa algo, el otro va a acudir y va a hacer lo que tenga que hacer por mí”, dice Martell, quien ha inculcado ese sentimiento a cada nuevo integrante del grupo.

BUENAS O MALAS… INOLVIDABLES

El joven de 28 años, Magdiel García Colina, es el más bajo de estatura del equipo; sin embargo, ello no impide que se le considere un “compañero muy valioso, con excelentes rendimientos en el trabajo”.

De sus siete años de labor, recuerda siempre la vez en que debió rescatar el cuerpo sin vida de una niña a la que las aguas de un río crecido habían arrastrado. Aunque cumplió su misión y pudo recuperar el cadáver para entregarlo a la familia, la experiencia le resultó desgarradora, sobre todo porque la infante le recordaba a su propia hermana, de una edad semejante. Tal vez desde ese momento, el entonces bisoño combatiente comprendió uno de los mayores sinsabores de este trabajo: no siempre cada misión implica un final feliz, a pesar de que logre el máximo resultado posible.

Al indagar por esos momentos inolvidables, Luis Manuel Valdivié Fonseca potencia en su memoria los sucesos agradables, principalmente aquel cuando llegó al hospital a cuidar a su abuelo enfermo y justo el paciente de al lado era la persona que él mismo había rescatado un día antes en un accidente del tránsito. Emocionado, cuenta cómo el hombre se paró de su lecho y para alegría suya y hasta de su abuelo, lo abrazó agradecido.

OTRO NIÑO CON TRAJE DE BOMBERO

Yoandy Pérez Alonso es el tercero de mayor experiencia en el Grupo Especial de Salvamento y Rescate de Cienfuegos. Al igual que sus compañeros, considera este trabajo como una de las pasiones de su existencia. Pero a tal certeza se une una casualidad que emerge como bello simbolismo: su hijo, máxima prolongación de sí mismo, pequeño amante también de los quehaceres del padre, nació justo el 13 de noviembre, cuando los bomberos cubanos festejan su aniversario.

Desde su primer cumpleaños, la alegría se multiplica en el equipo de compañeros, y es su uniforme distintivo —negro y amarillo— el también preferido por el infante en las celebraciones.

Al verlo, seguramente Martell evoca vivencias similares y augura un posible futuro asociado a la valentía y el deber. A fin de cuentas, así también inició su propia historia: con un niño en traje de bombero.

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