Una dependiente y destructiva relación hemingwayana

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“Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendió a sí mismo, como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuándo su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde, tomó conciencia de sus vulnerables alas, y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar, pero no a volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo”.

Esta es la caracterización estampada por Hemingway sobre Fitzgerald en el comienzo del primero de los tres capítulos dedicados al amigo, en su libro de memorias París era una fiesta. Ernest respetaba buena parte del cuerpo de la obra de Scott y quería en cierto grado al hombre, pero detestaba determinados rasgos de su personalidad -ser más débil que el alcohol y la esposa, las dos principales.

Al respecto, en la mencionada obra póstuma, era prácticamente objeto de escarnio por parte del estadounidense el narrador de ascendencia irlandesa, hacedor de El gran Gatsby, una obra insobornable a la narrativa de habla inglesa de nuestro siglo.

Hace pocos años, el biógrafo norteamericano Scott Donaldson publicó en su país un libro que se aproxima a la destructiva relación sadomasoquista establecida entre ambos. En “H. Vs. F., auge y caída de una amistad”, que hemos tenido la fortuna de leer, Donaldson sostiene la idea de que el carácter masoquista de uno encajó como un guante con las tendencias sádicas del otro.

“A Hemingway le gustaba tanto hacer daño, como a Scott Fitzgerald sufrir. Su amistad se basaba en una mutua necesidad de destrucción”, plantea el libro, que para calzar su tesis trae a cuento la primera carta cursada entre ambos hombres, en julio de 1925, en la cual el autor de Adiós a las armas, después de describir cómo sería el paraíso para sí, pinta el del compañero como “un hermoso vacío repleto de ricos monógamos, todos poderosos y miembros de las mejores familias, todos matándose a beber”.

En su texto, Donaldson afirma que a Hemingway le gustaba exhibir su masculinidad ante su amigo, a quien le fascinaba el rol de macho de aquel. En París era una fiesta, durante ese segmento suerte de road-movie al interior galo realizado por la pareja, el creador de ¿Por quién doblan las campanas? pone como un niño insufrible a su compañero de viaje (de paso nos aconseja que nunca viajemos con alguien que no queramos) y a él como una especie de padre que debía buscarle aspirinas y termómetros al majadero hipocondríaco, débil y tan esquizofrénico como su esposa Zelda.

Ernest nunca le perdonó que fuera un títere de aquella mujer. Sardónico, recuerda en sus memorias cuando tuvo que llevar a Scott por todas las estatuas de París para intentar convencerlo del tamaño adecuado de sus atributos sexuales, mal que dijese lo que dijese Zelda para aguar aquella, la perenne fiesta de sus vidas. Fiesta donde el alcohol era el invitado de honor.

De la relación beodez-escritura del par de grandes, Donaldson apunta en su libro: “Es posible descifrar en su lenguaje la presencia subterránea, o entrelineada del trago. O de los tragos, porque uno y otro bebían tal como escribían y vivían, de forma muy diferente, por no decir opuesta.

“Scott bebía y escribía bajo el trago de forma convulsa, desordenada y anárquica, mientras el vitalista y acelerado Hemingway, a la manera escondida de Faulkner, escribía sus hachazos verbales cuando la borrachera le abría la puerta de un remanso mental de parsimoniosa elocuencia”.

En París era una fiesta resulta comprobable como Ernest hacía un uso más utilitario del alcohol, y le bastaba poco tiempo para reponerse de su efecto. Su amigo, sin embargo, afrontaba serios problemas con la botella, cuyo líquido lo transportaba a estados de shock que muchas veces le impedían trabajar.

Caía dormido con un tercio de lo que necesitaba Hemingway para hacerlo. En mis lecturas nunca he podido descubrir si Scott estaba ebrio cuando le quiso demostrar su devoción a James Joyce tirándose por una ventana en París.

“Cuando estaba bebido, iba casi siempre en mi busca y, dentro de su borrachera estorbar mi trabajo le daba casi tanto placer como a Zelda estorbar el suyo. La cosa se prolongó durante años pero, durante años también, no tuve amigo más leal como Scott cuando no estaba borracho”. Así nos ayudaba a descrifrar Hemingway (desde su perspectiva) las claves de esta peculiar amistad, en sus memorias de juventud.

Quizá entre ambos mediaron otras cosas que prefirieron reservarse, y ni Donaldson ni nosotros llegamos siquiera a imaginar. Hay que contentarse con las aproximaciones y la manera indistinta de apreciar a ambos hombres de biógrafos y biografiados para tejernos una idea más o menos cercana a la realidad de los rasgos humanos de las dos grandes figuras literarias.

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