Una casucha de metal quiere ver el tren pasar (+Fotos)
vie. Dic 6th, 2019

Una casucha de metal quiere ver el tren pasar (+Fotos)

“Me gusta cuando pasa el tren por aquí (...) Pero resulta muy raro verlo hoy día”. /Foto: Delvis

“Me gusta cuando pasa el tren por aquí (...) Pero resulta muy raro verlo hoy día”. /Foto: Delvis

Mientras pedaleaba por la zona, pudo observar a lo lejos una hilera de altas torres vivientes que ondeaban sus cimas en el viento de la tarde: más de mil 500 metros de terraplén custodiado por esas gigantes, que parecían susurrar entre ellas, los chismes arrastrados por la campiña.

– “¡Miren, chicas!, parece que está perdido, o acaso andará buscando algo. Mmm… no se preocupen demasiado, ese humano tiene pinta de estar curioseando, y no es difícil suponer que irá a visitar a nuestra vecina: la de los saledizos metálicos”.

Imaginó aquel diálogo inverosímil mientras pasaba observando las palmas, cual modelos de perfectas tallas sobre un mar de cañaverales en derredor.

Tenían razón: muy cerca de allí el joven advirtió la techumbre de una casucha, a todas luces abandonada tiempo atrás por sus forjadores.

¿Qué significa esta rareza de estructura? Aquí, tan solitaria… No, solitaria no está; tiene un amigo: la señal del crucero justo a su derecha. Oh, es cierto, enfrente tiene también dos líneas de acero paralelas e infinitas: las vías del ferrocarril cienfueguero.

En efecto, no está tan sola, detrás como confidente, está una mata de mango, quizás es ella quien le cuenta los cuchicheos de las envidiosas palmas, traídos por el aire hasta allí. Envidiosas, sí. Porque a pesar de ser una garita mucho más pequeña y estar corroída hasta los cimientos, cuenta todavía con unas encantadoras marquesinas, las cuales jamás podría ostentar una palma real.

Dejó en un costado la bicicleta y entró en el desvencijado local: no tiene piso, o quizás lo tuvo, pensó. En el suelo, debajo de las planchas, apreció las marcas de los ladrillos que una vez sobresalieron. Cuánto dolor: le extirparon su calzada de baldosas y solo quedó ese hueco magro, como si se tratara de una tumba corrompida.

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No te sientas mal, querida. Puedes estar orgullosa; tu ‘piano’ nunca ha cogido ni tendrá comején: ese cuerpo metálico desde la punta del techo hasta los cimientos que hoy te quedan, nunca lo permitirán”. Especuló así otra nueva murmuración imaginaria entre la adyacente mata de mango y la añeja obra. Quedó meditabundo. Es verdad, tiene que sentir orgullo; otras casas de trenes arrogantes y con ínfulas de estación ferroviaria, con portones y tragaluces de madera, tejas chillonas o pintadas de azul y otros colores, han sucumbido ante un bicho tan vulgar como el comején.

Ella no, ella es de puro hierro, forrada con láminas metálicas pre-armadas; de vigas, rejas y colgadizos eternos. El enemigo es el óxido férrico, esa es su plaga; que le carcome y matiza las partes con un color mohoso… Anhela sus antiguas cuatro ventanas de madera y la puerta de una sola hoja. No sabe qué pasó con ellas. Un día despertó, y ya no estaban.

Me gusta cuando pasa el tren por aquí”, es lo que parece decirle al joven que está mirando cada uno de los detalles arquitectónicos. “Pero resulta muy raro verlo hoy día. Me gusta, porque los únicos seres humanos que toman un instante para mirarme son los que asoman las cabezas curiosas por las ventanillas, cuando de casualidad frena en este desolado terraplén”.

El muchacho rodeó la caseta y vio con asombro la destrucción de la marquesina trasera: se le ocurrió que pudo haberlo ocasionado una ráfaga, pero se decantó por la mano destructora del hombre; terrible cirujano del hurto cuando siente la necesidad.

La historia cierta

Mucho después de aquella tarde de charlas imaginarias, el joven fisgón conoció acerca de la longevidad real de su amiga: alrededor de 140 años, confinada allí desde tiempos remotos, sintiendo a aquellas palmas, que alguna vez escoltaron a los dueños del otrora ingenio San Francisco devenido central Marta Abreu, hasta el antiguo ramal férreo que unió al hato Las Cruces con el colindante Ranchuelo entre 1853 y 1856. ¡Un “apeadero”! Una parada de tren intermedia de tercera categoría. ¡Cuánto desdén!: tercera categoría.

Hoy no es ni siquiera eso. Resulta más bien un trozo de poesía ferrosa casi vencida, descarrilada, difusa en los anales, ignorada por los sucesores de aquellos que la construyeron en el pasado. Sin embargo, para mayor bochorno de todos ante la indiferencia, esa dama oxidada es una construcción arquitectónicamente única en toda Cuba, que morirá poco a poco sin bombos ni platillos.

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