Una “anciana” sin corona, que vio el agua pasar

Llegar hasta allí no es tarea fácil, y de seguro nadie o muy pocos se han topado con ella de casualidad. Pero persiste, como una lanza inclinada caída del cielo, a nueve kilómetros de la cabecera municipal de Palmira y a siete del poblado de Caunao; se alza contra todo vaticinio una torre lánguida de ladrillos.

¿Pero qué relevancia puede tener una vetusta estructura derruida en aquel inhóspito paraje?

A primera vista, nada. Sin embargo, cuando sacamos las lupas e indagamos entre folios junto a los estudiosos del patrimonio local, los elementos que localizamos resultan fabulosos.

De acuerdo con las pesquisas e investigaciones realizadas por David Liestter Martínez Ramos, investigador de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Cienfuegos, todo indica que esa estructura formó parte de la idea mancomunada de proveer de agua a la antigua villa. Anhelo surgido en el año 1872, y al que se asocian varios nombres como el empresario granadino Francisco Fernández Corredor, quien pidió autorización para que fueran traídas a la urbe las aguas del arroyo Jicotea, uno de los diez afluentes del río Caonao.

Ligado a ese objetivo estaba, además, Agustín Piqué Sardá, comerciante al que acudió Corredor para que invirtiese en la asunción de su proyecto.

castillo de agua en la loma Roque

*Fotos del autor

Así fue como estos emprendedores, según lo señalado en las Actas capitulares del ayuntamiento de Cienfuegos del 26 de abril de 1872, instauran la compañía Empresa de abastecimiento de agua el 22 de enero de 1873 en la otrora villa, con un presupuesto que ascendía hasta los 200 mil pesos.

La obra pretendía como principio “abastecer de agua la población de Cienfuegos y su bahía, así como los poblados y fincas por donde pasen las tuberías maestras, bien por medio de plumas reducidas o por cuotas mensuales, con arreglo a la tarifa que se formará, bien por cualquier otro medio, vehículos o embarcaciones”.

En este sentido, queda registrado también en la Memoria Histórica de Cienfuegos y su jurisdicción, del insigne escritor e intelectual valenciano Enrique Edo y Llop (1837-1913), que desde el 16 de febrero del ’73, Corredor tenía “casi terminados los trabajos principales en el punto de la toma del agua (…) en cuyo día invitó a las autoridades y al público fuesen a cerciorarse de tales adelantos e hizo funcionar la bomba de vapor que tenía ya instalada, situando las aguas en la loma de Roque”.

Sobre esa colina sigue estando hoy la enigmática “torre”, que en el siglo XIX integraba las instalaciones del acueducto de Jicotea junto a “(…) una tubería de hierro y barro, obras de mampostería, filtros y represa”.

Sin embargo, es con el título de “castillo de agua en la loma Roque para dominar todas las alturas del tránsito (…)” como se le denomina en los folios de la historia local.

castillo de agua en la loma Roque

Y es que el “castillo” estaba coronado por un tanque de planchas y hierro remachado, que fuera derribado años después por un evento atmosférico. Justo en la cima —como si fueran vértebras extirpadas de cuajo—, pueden verse aún los tubos de fierro que integraban el sistema hidráulico, conformado así para hacer correr el líquido por gravedad, con una presión de tres atmósferas hasta los decorados acuíferos y otros depósitos existentes en la Cienfuegos finisecular.

Fue gracias a la formidable atalaya, que los pobladores de esta comarca vieron arribar las aguas de su primer acueducto el 25 de abril de 1874, según lo recoge la Memoria descriptiva, histórica y biográfica de Cienfuegos, de los autores Pablo L. Rousseau y Pablo Díaz de Villegas: “Un día de júbilo (…) pues vieron sus habitantes por primera vez llegar agua abundante a la ciudad, traída desde el río Jicotea gracias a la energía y tenacidad de D. Francisco Fernández Corredor”.

Y sin embargo, ¡qué inmerecido estrado le tocó a esta señorona de mampostería y ladrillo rojizo 147 años después de que brotaran aquellas aguas!

Hoy se observa resquebrajada por los relámpagos, las ráfagas, el marabú y la vegetación rastrera; por el implacable tiempo. Pero continúa luchando contra todo pronóstico con sus cuatro vanos abiertos en arcos de medio punto; boxeadora de huracanes con bóvedas de crucería.

Pero no está tan solitaria: le hace compañía a corta distancia entre la maleza el esqueleto del viejo preuniversitario Dimas Martínez Padilla, también olvidado en aquellas arterias intransitadas.

No obstante, podemos soñar y creer en la esperanza del mejoramiento, como asevera el joven investigador David Liestter al expresar que el atractivo arquitectónico y estético de la “anciana” de ladrillos, así como los valores paisajísticos del arroyo Jicotea y el río Caonao “son recursos que pueden ser utilizados en beneficio del desarrollo de los asentamientos cercanos, como pretexto para lograr el tan necesario turismo rural en la provincia”.

Delvis Toledo De la Cruz

Delvis Toledo De la Cruz

Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas en 2016.

3 Comentarios en “Una “anciana” sin corona, que vio el agua pasar

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    el 18 enero, 2021 a las 10:08 pm
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    Muy interesante el artículo, demuestra cuanto falta su.por desentrañar en la historia de Cienfuegos. Gracias al autor por descubrirnos hechos y lugares de interés histórico .

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    el 15 enero, 2021 a las 10:28 am
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    Wow cuántos recuerdos de cuando estudié en el Dimas Martínez Padilla

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    • Delvis Toledo desde Cienfuegos
      el 15 enero, 2021 a las 2:10 pm
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      Cuánto me alegra que le haya evocado los recuerdos. Allí, en unos de los costados de la estructura, hay muchos nombres escritos.
      Yo asumo que pertenezcan en su mayoría a antiguos alumnos de ese preuniversitario.
      Gracias por su lectura.

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