Una agresión mortal

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Durante una conversación comedida, que sostuve con un colega latinoamericano, este aludía a cuestiones sobre las que, consideraba, la Revolución cubana debía tener mejores resultados.

Escuché con atención sus argumentos, no interrumpí una sola de sus palabras. Cuando concluyó sólo le hice una pregunta: ¿conoces algún otro país de nuestro continente capaz de resistir un bloqueo económico, comercial y financiero como el que Estados Unidos ha impuesto a Cuba por más de 50 años?

“¡No, ninguno, empezando por el mío!”, respondió con honestidad.

Quizás lo que acabas de afirmar explique por sí mismo lo que a los cubanos aún no les ha sido posible alcanzar, le respondí.

Al interior de nuestra sociedad, uno advierte un fenómeno cada vez más perceptible…, y preocupante: el desinterés de no pocos cubanos en conocer el impacto tremendo de esa medida. Estados Unidos insiste en destruir el sistema social que escogimos de manera libérrima.

Quienes así piensan ignoran, de forma supina, aquel 3 de febrero de 1962 cuando, tras la derrota de los mercenarios desembarcados por Playa Girón, el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, firmó la Orden Ejecutiva Presidencial No. 3447, a través de la cual se oficializó el bloqueo total al comercio con Cuba.

¿Qué pretendían obtener? Tal como expresó con claridad y sin tapujos el entonces asistente de Estado, Lester D. Mallory: “la mayoría de los cubanos apoyan a Castro (…) no existe una oposición política efectiva (…) el único medio previsible para enajenar el apoyo interno es a través del descontento y el desaliento basados en la insatisfacción y las dificultades económicas (…) Debe utilizarse prontamente cualquier medio para debilitar la vida económica (…) negándole a Cuba dinero y suministros con el fin de reducir los salarios nominales y reales, con el objetivo de provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”.
Más claro ni el agua, como suele decirse popularmente. Poner de rodillas a un pueblo, obligarlo a arrepentirse de haberse manumitido mediante la lucha armada que dio al traste con una dictadura sangrienta apoyada precisamente por los yanquis.

Eso equivalía a negarle el pan, la salud pública, la educación y la cultura…, en fin, el derecho a la vida. Mediante una fórmula en extremo violenta, como quedó expresado, a la cual el imperio del Norte dio en llamar embargo, que no es más que un bloqueo bochornoso, aplicado por un país a otro como un arma de guerra.

Se afirma, y no deja de ser cierto, que los pueblos que olvidan su historia corren el riesgo de volver a repetirla. Por eso Barack H. Obama, durante su visita a Cuba, nos invitó a olvidar la historia, para horadar nuestra memoria, para que no sepamos de dónde venimos ni hacia dónde vamos.
Haciéndoles el juego a los vecinos del Norte alegan a estas alturas que gran parte de las dificultades que afronta Cuba no son por causa del bloqueo, sino en lo que dan en llamar “bloqueo interno”, exonerando así al verdadero responsable, quizás sin proponérselo, empeñado en hacernos pasar hambre, desesperarnos y, finalmente, derrocar la Revolución.

Desconocer al enemigo jurado, el que día a día, desde hace más de medio siglo ha hecho cuanto ha podido para que no existamos como nación, con el pleno ejercicio de nuestra soberanía resulta, cuando menos, una concesión irresponsable, muy peligrosa para el presente y futuro de la nación.

No deja de ser cierto, que la eliminación de muchos de los errores que cometemos, llámese corrupción administrativa, malversación, la existencia de un peligroso mercado negro, el descontrol de los recursos del Estado, la indisciplina social y otros males que subyacen en nuestra sociedad y que requieren ser eliminados con la mayor urgencia posible, ocasionan inconmensurables daños a la población en su conjunto y le hacen el juego a un enemigo consciente de nuestras propias debilidades.

Pero no nos equivoquemos. Durante la última sesión de las Naciones Unidas donde Cuba denunció la persistencia del bloqueo económico, comercial y financiero, la generalidad de los países allí presentes votaron por su erradicación y, por primera vez Estados Unidos e Israel se abstuvieron en la votación. El mensaje está claro, el bloqueo económico existe, y debe ser eliminado.

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