Un Torriente de honores | 5 de Septiembre.
mié. Nov 20th, 2019

Un Torriente de honores

Placa de Cristóbal Torriente en en el Salón de la Fama de Cooperstown, en los Estados Unidos. / Foto: Cooperstown Expert

Allí, donde todo beisbolista sueña inscribir su nombre, está el de un cienfueguero. En bronce bruñó su marca el otrora herrero, negro y pobre, que “llegó a la pelota con la fuerza indiscutible del rudo oficio”, según refiriera el historiador Juan Martínez de Osaba y Goenaga, para convertirse en uno de los cuatro jugadores cubanos exaltados en el Salón de la Fama de Cooperstown, en los Estados Unidos.  

Las referencias ponen fecha a su nacimiento entre 1893 y 1895, en esta ciudad, si bien añaden muy pocos detalles de sus primeros años de vida. Se alistó en el ejército, jugó doce temporadas en la Liga Cubana de Béisbol Profesional e hizo historia en las Ligas Independientes de Color norteamericanas (1913-1928). Zurdo, dueño absoluto del jardín central en cada novena defendida (nunca jugó para el “Cienfuegos”), siempre ponderado por la rapidez de su desplazamiento y poder al bate.

Su historia trocó en mito allá por 1920 cuando, en un desafío en La Habana entre el “Almendares” y “New York Gigants”, el terreno lo enfrentó al mismísimo Babe Ruth, quien recién imponía la marca de 54 jonrones en sus predios. Pero no consiguió vencer en ese choque (5 de noviembre) los límites del Almendares Park II, mientras el sureño se anotaba tres cuadrangulares y el mote del “Bambino cubano”. No faltan objeciones al desenlace del duelo: que si “el Babe” no lucía la mejor forma, el pitcher  rival no estuvo a la altura, la afición local sobredimensionó la actuación del criollo… Polémica aparte: solo los grandes inspiran leyendas.

Fue, al decir de Martín Dihigo, “el mejor pelotero de su época (…). Lo hacía todo bien, con una naturalidad asombrosa (…) jamás trató de impresionar a las gradas con aquellas facultades que le sobraban; el alcohol, la falta de descanso y alimentación, minaron su organismo y a los 32 años físicamente era un espectro”. La tuberculosis y la pobreza extrema se añadieron a sus males. Murió, apenas rebasadas las cuatro décadas, el 11 de abril de 1938 y fue enterrado en una fosa común en el cementerio de Calvary, Queens, Nueva York.

Allá lo supusieron por mucho tiempo los seguidores del béisbol; aunque otras fuentes mencionaban el posterior traslado de sus restos a La Habana y un entierro solemne en el Cementerio de Colón. La ausencia de un documento de exhumación en el camposanto neoyorquino y de alguna constancia de inclusión en la necrópolis habanera dio mayor credibilidad a la primera versión… hasta ahora.

Según trascendió en diferentes medios de prensa, a finales de 2017 el doctor Oscar Fernández Flores, nefrólogo y apasionado investigador del béisbol, encontró en la necrópolis capitalina la caja con las señas del cienfueguero. Tras los requeridos análisis de antropología forense y demás especialistas, con la participación del Consejo Nacional “Béisbol de Siempre” (conformado por historiadores, investigadores, periodistas y atletas, entre otros) se establecieron las similitudes pertinentes.

Despejada la incógnita, rendirle el aplazado homenaje es ahora la intención, que pretende materializarse este 11 de abril. “Queremos hacer un evento especial en el Cementerio de Colón por los 80 años de su muerte y en la noche un homenaje especial a (Antonio) Muñoz y (Pedro José Rodríguez) Cheíto”, confirmaba en conversación online el periodista Yasel Porto.

Con una vida difícil y una carrera de leyenda, el destino parece poner sosiego al incierto final de Cristóbal Torriente… Y más que el descanso eterno, el hallazgo ofrece la irrepetible oportunidad para los honores a quien, sin lugar a cuestionamientos, los merece.

Con una vida difícil y una carrera de leyenda, el destino parece poner sosiego al incierto final de Cristóbal Torriente.

Homenaje a un inmortal del béisbol cubano: Cristóbal Torriente

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