Un Día para el Mundo | 5 de Septiembre.

Un Día para el Mundo

Por allá por los años ’40 un grupo de ingenieros norteamericanos decidieron construir una represa en nuestro territorio, y su “genial” idea nos costó la destrucción de una de las tres mayores bellezas naturales del país: el salto del Hanabanilla.

Con un golpe de explosivos, la fauna, la flora, la cultura popular, la historia, y hasta el cementerio del pueblo de Siguanea, junto a todo un hermosísimo y fértil valle, desaparecieron bajo las aguas de un lago ahora indiscutiblemente útil; pero, ¿si pudiéramos explotar aquella riqueza a favor del desarrollo turístico, del mantenimiento de la diversidad biológica, de la cultura específica de cada lugar, de la explotación sostenible del medio ambiente, estaríamos dispuestos ahora a tomar la determinación?

Claro que nunca podremos saberlo, porque entonces no existían en el país una Ley y una estructura de vigilancia y asesoramiento que garantizara un encauce del desarrollo nacional basado en el respeto de la herencia que debemos legar a nuestros nietos.

La Revolución hizo eso. Ya desde 1981 existía en Cuba la Ley 33, muestra de la preocupación estatal de proteger el medio ambiente y usar racionalmente los recursos que son, a una vez, riqueza de todos y obligación que tenemos con los cubanos del futuro. Ese instrumento legal fue uno de los primeros promulgados en el contexto del Tercer Mundo, y por su estructura podría calificarse como adelantada para su tiempo.

Alrededor de 1995, en consonancia con disposiciones propiciadas por el contexto de la propia ley y las condiciones globales, que a la sazón estaban cambiando abruptamente, se realiza un estudio con la presencia de especialistas de mucha calificación y prestigio facilitados por el Programa de Legislación Ambiental de la Oficina Regional para América Latina, del programa homólogo de las Naciones Unidas, para conocer cuánto habían avanzado legislaciones similares de países parecidos al nuestro (en todos los aspectos: climáticos, culturales y demás), y también para probar la sintonía que tenían las disposiciones antillanas respecto a lo más avanzado del mundo.

Una vez realizado todo este esfuerzo, los mecanismos competentes del Estado cubano decidieron proponer la creación de una nueva legislación que actualizara la anterior respecto a la situación actual del planeta, y los retos que enfrentaba en ese momento una economía cubana en expansión.

Una vez conformado el anteproyecto, se circuló por las múltiples dependencias del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) para tomar el pulso del mismo justo en brazos de quienes serían sus principales usufructuarios. Posteriormente se sometió a la sabia revisión de los diputados de la Asamblea Nacional del Poder Popular, y del propio pueblo, cuyo patrimonio defendería, discutiéndose abiertamente en reuniones de vecinos, sindicatos obreros, asociaciones juveniles, de artistas, periodistas, escritores…

Resultó particularmente impresionante el interés manifestado por la gente simple, los campesinos, los obreros de las industrias potencialmente contaminantes, los afectados por enfermedades crónicas como el asma, u otros muchos más, interesados en opinar al respecto de cómo querían que fuera una ley que protegiera sus intereses, a partir de lo que ya habían alcanzado con la Revolución, y hacia futuras conquistas.

Finalmente, el 11 de julio de 1997, en sesión plenaria del IX Período ordinario de la Cuarta Legislatura, el Parlamento cubano la dejó aprobada con el nombre que se le conoce, Ley 81 sobre la Protección del Medio Ambiente, con la que se ganó en especificidad y se garantizó el reinicio -ésta vez con mas precisión- de un proceso de continua renovación.

El texto contempla especialmente la imperiosa necesidad del desarrollo sostenible, y toma desde el inicio las previsiones necesarias respecto a la conformación y revisión de disposiciones complementarias que vayan siendo necesarias para ampliar cada vez el nivel de control exigido.

Con el carácter de sombrilla que caracteriza a sus similares, la legislación cubana servirá de amparo e inspiración de todo el arsenal de complementos legales afines, que coadyuven al legado que en materia de medio ambiente, los hombres de hoy debemos a las generaciones del siglo XXI.

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