¿Tú me estás grabando?

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Entonces estás solo ante especialistas a veces reticentes, que apenas notan tu desenvolvimiento y espetan la frase: “Pero no me grabes”. /Foto: Internet
Entonces estás solo ante especialistas a veces reticentes, que apenas notan tu desenvolvimiento y espetan la frase: “Pero no me grabes”. /Foto: Internet

“…A veces se han quedado sin más, eres su esperanza. No eres Dios, solo un periodista, pero te tocará estremecer las conciencias dormidas”.
Hay que tener el mandato de no aceptar jamás una bola si no viene al medio, la convicción de que a tus líneas no les falte fortaleza, entonces podrás dar fe de la sentencia del Pablo Ignacio Taibo II: “Si la voz del pueblo es la voz de Dios, los periodistas somos la oreja de Dios”.

Sin embargo, como dijera otro grande, Gabriel García Márquez, tienes el oficio más solitario del mundo, pues tras una verdad hay muchas subjetividades y andas al filo del abismo, y como especie de gurú deberás tratar temas de cualquier especialidad, desde nanotecnología hasta arquitectura.

Sentenciarás como los tribunales, pero sin contar como ellos, con peritos. Tampoco disponemos de una ley de prensa, con regulaciones de obligatorio cumplimiento: el compromiso institucional de ofrecer a los periodistas información rápida y pertinente.

Entonces estás solo frente a los molinos, ante especialistas a veces reticentes, que apenas notan tu desenvolvimiento y espetan la frase: “Pero no me grabes”.

¿Será retractarse como Galileo Galilei, la pretensión de tal resistencia? Lo cierto es que la búsqueda de la verdad obliga a guardar evidencias, y confieso que almaceno en mi historial, celulares y grabadoras encendidos sin ser notados, tanto para registrar sonidos como videos.

En esos avatares impele hacer un hábito atesorar tus pruebas. Hace poco me vi en la disyuntiva de demostrar la condición de “no presentados”, de cuatro alumnos de la asignatura de Comunicación organizacional, en la Universidad de Cienfuegos (UCF).

Habían transcurrido varios meses de tal impartición y sorprendió que aportara una carpeta con todos los pormenores de asistencia y evaluaciones de los restantes discípulos, probatorios de la nulidad de los complicados. Lo que para los demás resultó asombro, para mí fue una simple rutina, nacida de las tantas veces en las cuales he necesitado defenderme con argumentos contundentes.

Y conviertes en costumbre tal pormenorizada organización. Es un ejercicio de amparo, pues te has sentido espía, detective, incómoda y hasta preterida, sin embargo, tienes que seguir con la única brújula de tener voz sin ser vocero.

Anteriormente aludí a fuentes noticiosas con tendencia a abdicar, como Galileo Galilei. Como caso curioso, dicen que el ilustre italiano, creador de la teoría heliocéntrica, para salvar su vida, pronunció por lo bajo al retirarse del tribunal inquisitorio: “Y sin embargo, se mueve”.

La leyenda es imputada al periodista Giusseppe Baretti, durante 1775, en Londres. No había en aquella época avances tecnológicos, por tanto, el sagaz reportero puso epílogo a sus anchas al hecho (quizás en notas taquigráficas) y trascendió con tal final la historia, devenida tradición popular con matices de sorna y probada luego por la vida, pues Galileo, afamado astrónomo, matemático y físico es el padre de la ciencia moderna.

Cuentan que en una conferencia para el colectivo del periódico Granma, Alejo Carpentier destacó la importancia de nuestra labor, al exponer que tanto novelistas como historiadores del futuro, estarán conminados a revisar la prensa gráfica de hoy, o sea, que trabajamos para la narrativa del mañana, una alegoría a la metáfora del cuarto poder atribuida al escritor, orador y político anglo-irlandés Edmund Burke.

Por tanto sirven nuestros sinsabores, para como botella al mar, lanzar un mensaje: Y sin embargo… decimos.

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