True Detective (segunda temporada)

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True Detective II es un cadáver exquisito de miles de tramas de corrupción y crimen vistas con anterioridad, el cual no imanta pero tampoco aporta mucho.

En la l√≠nea de teleficciones como Fargo, donde argumento y personajes difieren entre una y otra ‚Äúseason‚ÄĚ, True Detective II (2015) nada tiene que ver con la inicial en dichas √°reas. Lo lamentable es que tampoco en calidad e inter√©s; a diferencia de la obra de FX antes citada, donde los par√°metros cualitativos se mantienen en las dos decenas respectivas de episodios.

El list√≥n era demasiado alto para HBO (el pistoletazo de arrancada de True Detective, ocho soberbios cap√≠tulos en la forma de un crispante thriller psicol√≥gico neog√≥tico sin parang√≥n, figura entre los productos audiovisuales m√°s rotundos en cuanto va del siglo XXI en EUA), aunque dispusiese para la continuidad del mismo showrunner ‚ÄďNick Pizzolato‚Äď y de una tanda de actores no tan fant√°sticos como aquellos primigenios Woody Harrelson y Matthew McConaughey, pero cumplidores a la manera de Rachel Mc Adams, Vince Vaughn (ambos lo mejor de la funci√≥n ahora), Colin Farrell y Taylor Kitchs.

Esta parte pierde, fundamentalmente, en virtud de la d√©bil consistencia del relato, la limitada profundidad de los personajes, la poca coherencia interna de la narraci√≥n, el nada brillante flanco dialog√≠stico y la opaca presencia visual, si olvidamos esos planos a√©reos de las sinuosas carreteras circunvalantes angelinas quiz√° remisivos al zigzagueante e indefinible contexto escrutado y no tanto a la topograf√≠a urbanita de una California suburbial bien lejos de la Louisiana del comienzo. Ahora los miedos de Carcosa se cuecen en el adoqu√≠n, los clubes, el callej√≥n, en lis√©rgicas tremolinas l√ļbricas donde las pobres j√≥venes complacen a los viejos ricos.

No obstante esa cabecera al ronco arrullo de un Leonard Cohen de ensue√Īo (Nevermind: puedo escucharla las 24 horas del d√≠a) que pronosticar√≠a exquisita madeja argumental noir, los episodios (densos por pl√ļmbeos; no por elaborados) transcurren hu√©rfanos de numen, sin alcanzar ni identidad propia ni mucho menos generar el l√≠quido amni√≥tico capaz de configurar esos universos/partos autorales de diversos exponentes de esta cadena u otras al modo de AMC, Showtime, Amazon o la hoy d√≠a omnipresente Netflix.

True Detective II es un cadáver exquisito de miles de tramas de corrupción y crimen vistas con anterioridad, el cual no imanta pero tampoco aporta mucho. Tras ver el Barrio chino de Polanski, a Lumet todo, y leer algo de Ellroy y Winslow, no habría demasiado que hacer aquí, de no redimirse en cierto modo la historia propuesta merced a la peculiar visión personal de Pizzolato en torno a la sociedad y el entorno afectivo, humano, sensorial donde gravitan sus personajes.

El oteo suyo a tales escenarios es radicalmente severo, del todo desesperanzador e inclemente con sus pariguales. Y tras semejante examen as√≠ de devastador siempre concitar√° la atenci√≥n barruntar si las hip√≥tesis y conclusiones manejadas aqu√≠ surgir√≠an tanto del hundimiento sin escalpelo en la podredumbre de un sistema a punto de finiquitar como acaso del m√°s agrio dolor personal, del pesimismo frustrante y la amarga imagen de la existencia nublada de un insano con raptos eventuales de genialidad. En cualquier caso, lo mismo ser√≠a aplicable para tantos creadores, en tantos sitios, y la tradici√≥n suele indicar que lo primero nace menos del presunto sino proapocal√≠ptico cong√©nito de los ‚Äúlocos‚ÄĚ que de su capacidad para anticiparse en el tiempo y devolver el favor del viaje adelantado a trav√©s de palabras o im√°genes.

Con independencia de los defectos de la segunda temporada mencionados, y su divergencia general con la primera, s√≠ enlaza a ambas ‚Äďy sea quiz√° esta la principal confluencia ideica‚Äď, la inequ√≠voca percepci√≥n de Pizzolato de que cruzamos el umbral de lo permisible y nos revolcamos contentos sin remedio en la mugre autocomplanciente de los estertores.

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