Tres cienfuegueros en el Asalto al Moncada | 5 de Septiembre.
mié. Nov 13th, 2019

Tres cienfuegueros en el Asalto al Moncada

Movidos por un resorte emocional y patriotismo acendrado, 121 hombres y dos mujeres escuchan en silencio emocionado el poema Ya estamos en combate, de Raúl Gómez García: “el poeta de la Generación del Centenario”.  Apenas concluye la declamación del poema, los 121 hombres y dos mujeres comienzan a cantar en voz baja el Himno Nacional. Es Santiago de Cuba y están esa madrugada del 26 de julio de 1953 en la Granjita Siboney.

Fidel insiste en que los que quieran quedarse, lo hagan en ese momento. Unos tres o cuatro hombres, con la cabeza baja, abandonan las filas en el último momento. Las flaquezas humanas, el miedo, a veces pueden más que el patriotismo y la vergüenza. Pero es bueno que las filas se depuren. La orden de partir es dada por Fidel Castro Ruz. Disciplinadamente montan en los autos, en los lugares asignados para cada combatiente, cada uno sabe dónde va. Están armados con rifles y escopetas de baja calidad de tiro. Confían en la sorpresa y en el bullicio del carnaval santiaguero, que hace pensar en fiesta y no en el dolor de la República.

– ¡Al cuartel Moncada!  – ordena Fidel-  y parten raudos.

En ese mismo instante algo parecido está sucediendo en Bayamo, cerca del cuartel Carlos Manuel de Céspedes, otro grupo se dirige a atacar ese cuartel, a esa misma hora del amanecer de la Santa Ana. Van a luchar con las armas en las manos, tal como lo hicieron los patriotas que dieron sus nombres a esas instalaciones. Van a echar a andar el motor pequeño que echará a andar el motor grande de la Revolución.

A todos los embarga una felicidad inmensa. Podemos imaginar que es la misma que emocionaba a Céspedes, el Padre de la Patria, cuando hizo sonar la campana de su ingenio “La Demajagua”, ochenta y cinco años antes. O sentimiento igual al que emocionó a José Martí cuando cabalgaba hacia la eternidad en Dos Ríos: la alegría de salir a realizar algo verdaderamente decisivo. La entrega absoluta de la existencia personal para que la Patria viviera siempre. Aquellos jóvenes iban a cortar ataduras de siglos, dependencias crueles. Iban a despertar las conciencias populares, a abrir un camino nuevo de vieja raíz patriótica. Era la sangre joven transfundida por el ideal martiano.

Melba y Raúl Castro sentían un cariño y admiración mutua./Foto: Archivo

En la acción del Moncada participaron tres cienfuegueros: la crucense Melba Hernández Rodríguez del Rey; Abelardo Crespo Arias, nacido en el barrio de Pueblo Griffo, herido en el asalto al cuartel; y Orlando Cortés Gallardo, nacido en Prado y Línea, en la misma direcciòn donde falleció a sus 66 años, residiendo allí con la misma sencillez con que siempre vivió.

Melba conoció a los hermanos Abel y Haydée Santamaría Cuadrado en su casa de 25 y O en el Vedado habanero, coincidiendo con sus ideas martianas y revolucionarias, y a través de ellos conoció a Fidel y quedó nucleado allí un colectivo decidido a salvar a Cuba de la tiranía batistiana y la intromisión yanqui en los destinos de la Isla. A Melba debemos la impresión clandestina de los primeros números de “La historia me absolverá”  que se distribuyeron a toda Cuba.

Abelardo Crespo es de estirpe mambisa. El padre llegó a Coronel del Ejército Libertador y su abuelo peleó bajo las órdenes del Mayor General cienfueguero Federico Fernández-Cavada. Abelardo se vinculó con Raúl Castro en la Universidad de La Habana, y con Pedro Miret. Durante el asalto al cuartel Moncada, Abelardo Crespo recibió un balazo de fusil Springfield que le entró por el pecho, le perforó un pulmón y el plomo le salió por la espalda, pero sobrevivió, porque Fidel lo sacó de debajo del fuego enemigo y lo llevó a currar. Como no pudo ser juzgado con los demás moncadistas por su estado de gravedad, lo juzgaron junto a Fidel Castro, por lo que escuchó la auto-defensa de Fidel que se convirtió en Programa del Movimiento 26 de Julio.

El tercer cienfueguero moncadista, Orlando Cortés Gallardo fue un ferviente martiano desde niño y también se vinculó con Fidel en la casa habanera de Abel y Haydée Santamaría. Capturado después del fracasado asalto al Moncada, salva la vida y fue condenado al presidio de Isla de Pinos, de donde sale junto con Fidel cuando son liberados los combatientes y será por siempre un patriota cabal, sencillo y callado, hasta su fallecimiento en Cienfuegos con la humildad de los verdaderos patriotas.

Estos son los tres combatientes moncadistas, nacidos en la provincia sur-central cubana,  y unidos por algo común: el amor por la Revolución, la admiración por Fidel y el único deseo de seguir cumpliendo tareas de la Revolución, sin pedir nada a cambio. Algo que define a los héroes.

Apenas salieron de la prisión, Haydée y Melba preguntaron por Fidel./Foto: Internet
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