Trece días

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El realizador australiano Roger Donaldson, quien fue uno de los primeros en trabajar al lado de Kevin Costner en la ya lejana Sin salida, convocó al actor para estelarizar su versión de los hechos de la Crisis de Octubre en Trece días (Thirteen Days, 2000), según un guión de David Self que aborda las discusiones suscitadas en la Casa Blanca entre el 16 y el 28 de octubre de 1962.

Self basa su trama en las cintas grabadas y los testimonios del asesor de seguridad de John F. Kennedy, presidente de los Estados Unidos a la sazón. Dicho asesor, Kenneth P. O. Donnell, testimoniante al fin, sobredimensiona su misión en semejante momento histórico y el guionista se lo traga, porque al fin y al cabo en el concepto dramático estadounidense el factor héroe resulta más que caro, cuasi imprescindible. Hace falta alguien a quien la cámara y el argumento sigan, y ese alguien debe ser interpretado, lógico, por una estrella. Y la estrella es Costner; y basta.

La película está enfocada desde la perspectiva norteamericana del fenómeno histórico, lo reconocen sus productores que incluso instan a las partes soviética y cubana a recoger en la ficción sus respectivas miradas a la Crisis de los Misiles.  Sin embargo, pese a la acentuación dramática del personaje de Costner, el santo en que convierten a JFK , toda la culpa de un posible estallido que únicamente echan en las espaldas de unos militares tratados sin cortapisas y enveses, y el patriotismo destilado (que les lucirá muy bien a los estadounidenses, como siempre, pero también como siempre, menos soportable al resto del mundo), la película trasladaría de manera bastante fiel las principales coordenadas de un acontecimiento que al filo de su 40 aniversario vino a recordarse por el cine de ficción. Y lo que es mejor, lo logra sin aburrir, porque inteligentemente  se ha sabido integrar historia y ficción en el concepto estilístico del thriller, consiguiéndose una película que, merced al suspense y el ritmo que se le imprime, mantiene su cota de interés hasta el final, pese a su extenso metraje.

En fin, que Trece días, siendo una superproducción de 80 millones de dólares —ya se sabe cuánto de entreguismo comercial ello entraña— no queda mal ni con tirios ni troyanos, porque entretiene sin que esa función prima de la pantalla desde la época de Chaplin propenda a restarle seriedad. Y más: consigue su cometido de remover cerebros en torno al peligro potencial de un holocausto nuclear, que constituyó el objetivo primordial del filme, de atenernos al discurso de su equipo de realización en La Habana y en varios sitios del planeta. George W.  Bush fue el primer espectador de Trece días en sesión privada. Ojalá la película le haya ayudado a conocer mejor el significado de los términos contención, distensión.  A sopesar quizá el valor de la prudencia.

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