Trabajar en un periódico

Cuando uno trabaja en un periódico, las semanas son más cortas. El tiempo se desvanece y las páginas no esperan. Uno corre, corre tanto que algunos vocean en medio de la calle: “el mundo no se acaba mañana”. Se equivocan, porque cuando trabajas para un periódico la distancia entre el hoy y el mañana resulta imperceptible.
Las noticias llegan, como mismo le llegan las parturientas al médico que jamás ha asistido un parto. Con esa misma inexperiencia recorremos cañaverales, campos de col y frijoles, barcos que no levan anclas, piscinas sin agua, comedores donde se alimentan los ancianos, barrios…, y buscas, buscas con desespero la historia perdida, la historia que muchas veces nadie quiere contar.
La novatada se prolonga. Nunca sales de la Universidad, porque el periodismo siempre cambia, porque la sociedad reta a comprender los fenómenos, el pronunciamiento de este o aquel político, los por qué de su realidad. Eres periodista y eso te aleja definitivamente de estar complacido con las cosas, y miras más allá, más allá de lo que debes mirar. Te olvidas por completo de lo que algún profesor dijo el primer día de clases: “el periodismo es clasista, responde al poder”. Intentas huir de ello, pero con el tiempo te das cuenta que solo fue un excesivo espejismo y tratas de flotar, flotar anclada a tu verdad.
Cuando trabajas para un periódico, rara vez envuelves con él las habichuelas o limpias un auto sucio. Respetas esas letras negras, no por el salario, sino porque te ha dado casi todo: síntesis, información, público, regocijo, amor, desamor, tazas de café, apasionados debates…
Cuando escribes para un periódico ya no lees por leer, tienes el anzuelo listo para pescar gazapos ajenos, dobles lecturas, estirones de letras, imágenes borrosas. Estás entrenado para interpretar el discurso, los gestos, las actuaciones de ciertos personajes. Conoces muchas personas y a la vez no conoces a nadie.
Pretendes nutrirte de la alta cultura, aunque para escritores y artistas es solo un intento de retar al tiempo, pues nunca lo conseguirás. En parte tienen razón, pero obvian así que, muchas veces, cuando se pierde en profundidad, se gana en lo espontáneo, “y esto tratándose de testimoniar sobre materia tan compleja y principal, lejos de ser una rémora, puede considerarse un mérito suficiente para absolver al autor en otras faltas que pueda haber cometido”, expresó el propio Gastón Baquero.
Cuando trabajas para un periódico el sueño desaparece en las noches. Te refugias en el escritorio, en los libros sagrados y encuentras la manera de sacar todo ese sentimiento que cuelga sobre el pecho. Escribes de tu sociedad, de los niños, de las cosas que todos saben y nadie quiere decir, del transporte precario, del hueco de la esquina, del campesino sin agua. Escribes como máquina de escribir que piensa.
Andas y “te dejan andar”. No siempre llegas hasta donde quieres ir, mas admites el reto desde una distancia prudencial. Escupes la ira y vuelves a cargar la pesada mochila.
Cuando escribes para un periódico el viernes es tu día favorito. Lees, te buscas, te encuentras en medio de tantas palabras entrelazadas, conectadas por signos de la gramática española. Eres tú el que dicta, el que interpretas, el que relatas una historia. A ti recortarán para pegar en un mural, en una libreta, en una hoja de papel.
Y recuerdas aquella frase puesta mil veces en el pizarrón del aula: “El artículo que hoy, fragante de linotipias, lee ávidamente el público, mañana solo servirá para envolver pescado”, pero le viras la espalda con la despreocupación suicida de que si ocurre será mañana y para ese entonces tendrás otra historia, otra tirada de miles de ejemplares.
Cuando uno trabaja para un periódico no percibe que cumplió 36 años y de esos, ocho te pertenecen. No lo notas porque las semanas son más cortas.

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Zulariam Pérez Martí

Zulariam Pérez Martí

Periodista graduada en la Universidad Marta Abreu de Las Villas.

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