The Matrix: Reloaded, homicidio digital

2
1237

Más que película de culto, estandarte de la iconografía pop, fenómeno de la cultura de masas, hito taquillero planetario ‒620 millones de dólares recaudados en todo el globo‒, The Matrix (1999) fue un huracán de novedad finisecular que prácticamente reinventó las reglas de la ciencia-ficción y revolucionó la técnica cinematográfica.

Los hermanos Andy y Larry Wachowsky entregaron al mundo aquella lustrosa superproducción, cuyo continente visual constituía una decodificación diegética en cine de la sígnica del anime nipón y los vídeojuegos, cual suerte de armazón estilizado de un discurso plurietáreo y multicultural con cierta bien encajada dosis filosófica.

Fue un filme que, más allá de sus incompletitudes y la dosis de pillería mercantil que había casi por partes iguales junto al talento de sus creadores, significó un punto de inflexión en la narrativa de este género cinematográfico. Si The Matrix se hubiera quedado solo en el original, la historia del cine seguiría rindiéndole pleitesía ad eternum, pero la industria impuso la cola, y las cosas empezaron a cambiar.

Se había abierto una suculenta franquicia, de modo que la Warner Brothers quiso reventar sus arcas al ponerle a The Matrix Reloaded a The Matrix: Revolutions (ambas de 2003) 300 millones combinados, con el objetivo públicamente confeso de sacarle cuatro veces más. Pero las ansias de rapiña son demasiado explícitas en la secuela.

En The Matrix Reloaded la historia, núcleo básico de toda obra fílmica, se ve anegada en la parafernalia, y el largometraje tan pronto empieza desnuda toda su motivación comercial. Los Wachowsky, quienes también escriben, descienden en filosofía y ganan en grosería. De lo primero, casi todo es ficticio, impostado, pseudoprofundo: un trago de Herman Hesse y Heidegger con la mitad de agua por aquí, otro de ying y yang de cartón piedra por allá… De lo segundo, lo de menos es ese intempestivo y metido a la fuerza baile orgiástico en la garganta de la Tierra; lo de más el pelo de tonto que le han querido ver los realizadores al espectador. Un intento de tomadura de pelo es la mayor de las groserías.

Y esta Matrix resulta groseramente antifílmica, porque su historia de Neo, el Mesías digital de la seudorealidad de la Matriz, quien debe conducir a los ya pocos humanos de la irredenta Zion a la liberación de las máquinas, representa tan solo el pretexto para el vídeojuego total que es esta película.

Lo que fuera un tronco argumental riquísimo se desperdicia a favor de la acción por la acción y el vendaval de efectos especiales incorporados a toda costa, pues quien más los mete más deslumbra a los adolescentes, niños mimados de la industria que los sabe su principal receptor. A Neo, Trinity y Morpheus, los cool y sexys personajes centrales, le despojan la humanidad para conferirles esta aura de modelos robóticos; sus conflictos radican ahora en cómo dar mejor este salto o aquella patada, y salvarse de los malos en la persecución constante del filme.

Neo ya posee capacidades ilimitadas, lo comprobamos al demostrar que no le ganan ni diez Jet Li juntos cuando patea a cien agentes Smith (tal escena es una maravilla cibernética y de composición coreográfica, que quede claro. No en balde todo el kung-fu con alambre y el karate de diseño del filme corresponden a la autoría de Yen Woping, el coreógrafo de Tigre y dragón, las cintas de Jackie Chan y la primera The Matrix), o cuando viene volando como SuperMan y saca a Morpheus del atolladero de 14 minutos en la autopista.

La anterior deviene en la otra set-piece o gran secuencia verdaderamente estupenda del filme: otra nueva marca a superar por el cine de acción. Esto de la motico de Trinity con el chino atrás, como bastante de la acción del filme, me huele un poco a John Woo; pero en definitiva The Matrix Reloaded no es más que una idea germinal buena aunque maltratada, que se alimenta sin ambages de un conjunto de ideas colaterales robadas en lo estilístico y lo narrativo: Star Trek, Star Wars, Mad Max, el universo cyberpunk de William Gibson, la obra de Philip K. Dick, el Nuevo Testamento, el cine de Hong- Kong, el manga…, y los mil y un motivos. Pero ya nada es puro en la viña del Señor, y nadie le echa en cara cosas como éstas a este monstruo del marketing y la elefantiasis hollywoodina. ¡Y después le dicen plagiario a Brian De Palma!

Es cierto que los Wachowsky casi han llevado al vórtice de la perfección la elaboración estética de la cinta, demostrando su increíble imaginería visual y capacidades técnicas en tres de cada cinco planos, pero en su película hay orfandad de vida, alma, humanidad. Sabe demasiado a artefacto; domina la lógica del ordenador. Y para colmo fagocita en demasía al original, lo cual nada la ayuda a ganar en personalidad. The dream is over: fuimos en este filme testigos del matricidio de La Matriz. (1)

(1) Con posterioridad a M: Reloaded se estrenó también en 2003, con pocos meses de diferencia, M: Revolutions, el cierre de la saga. La película mereció una de las rechiflas más grandes de la crítica durante los últimos tiempos.

2 Comentarios

  1. Dice la Bellucci, Diego, que la belleza suya llena a los hombres solo cinco minutos. Yo creo que la menopausia afecta sobremanera a Malena. Saludos desde el sur de la Isla.

  2. Pero, pero, pero….. ¡¡¡¡¿¿¿No mencionó el encumbrado crítico a la sublime Mónica Belluci????!!!! Aunque aquí pase sin penas ni glorias en esta película, nunca pasa desapercibida la maggiorata posmoderna. Y mire que la película está entabacada!!!!!!!

Dejar respuesta