Temprano título de Ciudad a Cienfuegos

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Foto: Juan Carlos Dorado (Centro de Documentación)

A los 61 años de fundada -en 1819-  la colonia Fernandina de Jagua, recibe el título de Ciudad.  Antes, apenas en 1829,   había sido declarada Villa. El título de ciudad, otorgado por España el 10 de diciembre de 1880 premiaba un acelerado camino de desarrollo. Tal denominación costó a otras localidades cubanas un siglo o más.


Este acontecimiento que rememoramos tiene que ver con un reconocimiento real por los méritos verdaderos de sus habitantes, y ciertos mecanismos y habilidades de sus gobernantes. Combinadas ambas cuestiones el resultado es esta explicación histórica que debemos conocer, como felices habitantes de la principal ciudad portuaria del centro-sur cubano.

Es una enumeración de situaciones y datos que no aparecen así reunidos en libros de historia convencionales, pero que no por ello debemos dejar de apreciar y extraer nuestras propias conclusiones, puesto que a cada situación histórica hay que colocarla en planos distintos para hallar explicaciones que nunca deben de ser ni convencionales, ni parciales, ni sectoriales, ni interesadas en una misma dirección, sino antagónicas, diversas, complementarias o discordantes, para llegar a la certidumbre  o al menos aproximarse a la verdad.

Se ha expresado que el título de Ciudad es un reconocimiento ganado con esfuerzo y lucha contra dificultades en el camino continuo hacia el desarrollo económico, cultural y social, que la Corona española quiso otorgarle a la ciudad para reconocerlo tempranamente.

Ciertamente los resultados económicos y sociales están a la vista. ¿Qué los propició? La bahía de Jagua, en el sur-central de la Isla, bahía abrigada y amplia, sirvió de refugio a piratas y corsarios que penetraban aquí y atacaban primero, y comerciaban después, con los habitantes de la zona de los alrededores de la rada, lo que violaba las restricciones de la Corona, y para ponerle coto a ello edificaron esa posta de cal y canto, y cañones y soldados, que se llamó Fortaleza de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, que custodió la entrada de esa bahía desde 1745,  unos 75 años antes de nacer Fernandina de Jagua.

Por esos años y los siguientes se desarrolló el exitoso establecimiento de tres ingenios azucareros y amplios y productivos negocios de la ganadería, el cultivo del tabaco, el café, frutales,  maderas preciosas y otros negocios que se vieron favorecidos y ampliados con la concentración comercial desde ese puerto fabuloso y las feraces tierras que lo rodeaban, provocados por el nacimiento de una colonia estable de hombres y mujeres blancos, de ascendencia francesa y oficios y profesiones útiles y escogidas, bajo un mando único, del que no eran ajenos, por ser socios comerciales del establecimiento de la colonia, conjuntamente con el Fundador DeClouet, el Capitán General de la Isla, Don José Cienfuegos, que luego le daría su apellido a la Villa y  a la Ciudad, y el Intendente de Hacienda, Alejandro Ramírez.  Éstos eximieron de impuestos las importaciones de la naciente colonia y ésta recibió beneficios arancelarios oficiales.  Incluso, hasta el nombre inicial de Fernandina de Jagua, se propuso a España a sabiendas de que el nombre del rey Fernando que la señalaba, sería del agrado del mismo, cuestión que conocían Cienfuegos y Ramírez, que sugirieron esa denominación y no la propuesta de DeClouet que se inclinaba por otra.

Los quince años siguientes a la fundación están caracterizados por un peculiar proceso de acumulación originaria de capitales. “condicionantes del más violento “boom” azucarero de la Isla”, al decir de Moreno Fraginals en su obra “El Ingenio”.

Es que la fundación de esa colonia aceleró el desarrollo de las riquezas allí existentes, sobre todo por las relaciones del Fundador DeClouet con la Corte hispana y con muchos comerciantes europeos. Así que estimuló la producción  de los productos que Europa necesitaba y garantizó mercados seguros y estables.  Paralelamente con la prosperidad de la colonia sureña, la Corona española recibía jugosos dividendos y no menos atenciones para la construcción de fastuosos palacios madrileños con las fabulosas maderas preciosas de los bosques sureños.   El “boom” azucarero de la región estuvo íntimamente acompañado de la inseparable esclavitud, un negocio de enormes ganancias que hizo que los grandes capitales originales llegaran, como lo describe Carlos Marx, chorreando sangre y lodo por todos sus poros”. Para 1856 había más de 15 mil esclavos que era el 35 por ciento de la población cienfueguera ese año.  En vísperas del inicio de la Guerra de los Diez Años, en 1868, Cienfuegos era una región fuertemente esclavista que proveía de abundantes recursos a la metrópoli.  Por ello, los Mayores Generales mambises cienfuegueros, Federico y Adolfo Fernández-Cavada, aplicaron la tea incendiaria como método para impedir la fuente de suministros económicos a España, procedentes de la esclavitud.

La burguesía comercial y financiera cienfueguera, culta y de buen gusto, influido por Francia y por Italia, entre otros, construyó una ciudad hermosa, con palacios y vías, calles rectas y anchas, portales acogedores y otras especificaciones constructivas modernas, que causó grata impresión a visitantes y orgullo a sus hijos nativos, bien atemperados al ámbito marino de excepcional belleza natural, y todo ello influenció a la Corona a reconocer esos méritos.

Éstos se enlazan, históricamente, en la distancia de los tiempos,  con un acontecimiento más cercano, que nos otorga la distinción de la UNESCO al proclamar al centro histórico sureño “Patrimonio Cultural de la Humanidad”, un galardón que tiene que agradecer al sacerdocio preservadurista de la 0ficina del Conservador de la Ciudad, Irán Millán Cuétara, y al afán de la población de salvaguardar la ciudad para el bienestar de visitantes y dichosos habitantes de su entorno.  Un deber que nos toca a todos.

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