Stuart Little: la contra-Belleza americana

Stuart Little: el clásico infantil de B. White llevado a la pantalla según guion compuesto nada más y menos que por M. Nigth Shyamalan, el hombre de El sexto sentido,  bajo la dirección de Rob Minkoff, uno de los directores del animado El rey león, y un ligerito presupuesto de ¡100 millones de dólares!

Casi todo norteamericano tiene un ratoncito Stuart del famoso cuento moldeado a su antojo en su cabeza, como casi todo el mundo hace con los héroes de sus fantasías dilectas. De modo que Shyamalan, aunque dijo en varias declaraciones que le fue ardua su concepción, en realidad la tuvo menos difícil de lo que asegura: podía hacer con su ratón lo que le viniera en gana. Y lo primero que se le ocurrió fue cambiar el lugar de nacimiento del clásico roedor: ahora no nace en casa de la familia Little, sino que ésta lo va a buscar a un orfanato, para tomarlo en calidad de adoptado.

Ahí empieza esta aventura familiar infantil cuyo protagonista principal es este precioso ratoncito blanco parido por la computadora, que es en rigor, el principal mérito de la película. El pequeño Stuart ha sido creado merced a toneladas de talento de la compañía ImageWorks, y específicamente del supervisor de efectos especiales, Jerome Chen; Henry Anderson, supervisor de animación y el encargado en jefe de los efectos especiales, John Dykstra, cuyos nombres no consignamos aquí por gusto. Gracias a ellos existe Stuart, y Stuart constituye el alma del largometraje. La historia de su creación data de 1995, cuando en los estudios de la compañía  diseñaron el animalito copiando expresiones y movimientos del mimo Bill Erwin, realizaron la textura del pelo (más de 300 mil pelitos blancos de varios tamaños), confeccionaron el vestuario y  se hicieron centenares de sketches e imágenes tridimensionales que fueron la base para el nacimiento de nuestro adorable y cariñoso ratoncito que come, habla, gestualiza, se viste, peina, lava los dientes, y de tan mono se gana hasta el afecto del gato de la casa.  A los dueños, para qué hablar, los pone ñoños como si fuera una criatura humana.

Stuart little, el ratoncito valiente semeja a un cuento de hadas. La tristeza es efímera y prima el embeleso. Todo es idílico, y Nueva York parece el cielo imaginado por Vincent Ward en Más allá de los sueños. La familia Little y su casa, un remanso de paz, amor y bienestar. En la subyacencia, una sublimación de los conceptos y valores de la nación, en verdad hoy ya solo enhiestos allí en la ficción.  No importa su género, Stuart Little representa la contra-Belleza americana, película aquella donde se ponía en solfa toda esa andanada de mentiras.

Para dar vida a la modélica familia Little buscaron a tres actores que vinieron de perlas en este sentido; fundamentalmente el británico Hugh Laurie, quien encarna al papá, y el pequeño actor Jonathan Lipnicki. No tanto Geena Davis en el rol de la mamá. Los personajes construidos por dichos intérpretes parecen calcados de instantáneas de la revista Life a aquellos complacidos y hogareños  americanos clase media alta de los tiempos del New Deal, y a veces de un cartón de Betty Boop. El público norteamericano, muy proclive a estos tiernos himnos amorosos autoalabatorios, se enamoró de la película, como era de esperar, y Stuart Little, el ratoncito valiente, les conquistó corazón y billetera. Yo guardaré en mi memoria al tierno Stuart, a sus geniales creadores, y pasaré la cinta a la papelera de reciclaje del olvido. Aunque presumo que sigan saliendo ratones u otros bichos análogos de las ratoneras de los estudios.

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Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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