Splice, o el ente posthumano

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La ovejita Dolly, el ratoncito Vacanti, la bacteria sintética Synthia… De estas criaturas clonadas, con orejas humanas u otras experimentaciones científicas de probetas neotecnomaternales, conocimos en su día a través de los medios. Mas, existen engendros, formas de vida originadas por la bioingeniería genética, de los cuales ni siquiera llegamos a enterarnos, debido a la tan subrepticia como mercachiflista política de los laboratorios y sus especialistas rentados al servicio de los grandes holdings médico-farmacéuticos.

La era está testimoniando extrañas ambiciones, y por tanto se veía venir una película semejante a Splice (Canadá-Francia, 2009), del siempre perturbador Vincenzo Natali, quien desde la primigenia El Cubo comenzó a marcar bases de posición exegéticas en torno a todos los ángeles exterminadores de la postmodernidad. Ya resultaba extraño que la pantalla no hubiese dado cuenta de la tendencia a escala mundial, aun más a los momentos de florecer los vergeles cartográficos del genoma humano, peligrosamente cruzados con onanismos de nuevos doctores Moreau. De manera eficaz, aclaro; no hablo aquí de la sarta de sandeces sacadas directo a DVD por sellos de material de relleno.

Sin el capital acostumbrado en cintas de este corte, pero con el respaldo de Guillermo del Toro junto al todopoderoso Joe Silver en la producción, el realizador de El cubo, Nothing y Cypher, baraja en su cuarta, mejor -e internacionalmente incomprendida e incluso maltratada película-, elementos como ética, responsabilidad científica, crítica a las pautas de las compañías de investigación genética u otros tantos a cuanto préstase un tema similar, en tanto signos de su aguzada parábola (entre otras cosas lo es el filme) sobre la voracidad, el pragmatismo cerval y la adaptabilidad del sistema tecnoindustrial capitalista. Lo anterior se le agradece, sobre todo en razón de la manera tan armónica con que integra dicha argamasa ideica a la diégesis y la gramática del cine de género, pero su película descuella, muy por arriba de ello, a causa de la refocilante estrategia mediante la cual Natali plantea, desarrolla a golpe de suspenso permanente y yuxtapone un relato de ciencia-ficción vertiente terrorífica alimentado de poderosos fantasmas audiovisuales clásicos y contemporáneos (de Frankenstein y su novia al Cronemberg de La Mosca pasando por el Alien fundacional de Ridley Scott), a las claves de un drama existencial donde laten fortísimas percepciones sobre la naturaleza humana, el sexo, la psicología, los egos, la religión, el acto eterno de la reproducción y el control de los impulsos por nuestra raza…. y sus posibles herederos.

El paso adelante de Vincenzo en tal sentido es trasladar algunas de estas coordenadas a la latitud del maridaje verificado entre los de la condición compartida por los habitantes del planeta hasta hoy y los pertenecientes a un peldaño ¿evolutivo?, donde al vocablo humano precisaría anteponérsele el prefijo post-. Campo futuro, de desconocida tardanza de arribo (¿o acaso no estaremos cultivándolo hace rato?) ante cuyas nuevas reglas de juego las barreras/normas de todo tipo observadas por la especie a la fecha mutarían de forma tan ostensible como los híbridos gestantes surgidos en la época de la biología molecular hiperavanzada y los jugadores a Dios con presupuestos multimillonarios para crear (de verdad, no como en la novela de Mary Shelley).

Por tanto, el desenlace -fascinante a mi juicio, pese a las precipitaciones y concesiones comerciales de la recta final-, posee la lectura múltiple de una fábula moral en tono de reconvención ético-cristiana o también, podría verse así igual, de un flash forward al mañana inmediato, cuando tenga lugar la sugerida u otra posible variante de transfusión total de códigos, genes e identidades. ¿La epifanía de las alteridades, ó el desastre absoluto?

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