Somos los hijos de Fidel (+Fotos)

El escenario fue una enorme plataforma techada, o sin techo, depende de cómo lo entendamos, porque el techo, de tan alto, casi está en el cielo, y no hay paredes, solo grandes columnas de hierro. Es una antigua fundición de acero convertida en parque, en una céntrica zona de Turín. Se reservó este domingo una parte, que equivale, aproximadamente, a dos cuadras, para un gran almuerzo de despedida a la Brigada Henry Reeve, con 300 comensales –autoridades de la Región y de la ciudad, directivos y trabajadores del hospital, pacientes recuperados de alta, miembros de organizaciones de amistad con Cuba, los brigadistas y los diplomáticos cubanos–, y es la primera vez que se reúne tanta gente de manera oficial en la posemergencia. Nuestros epidemiólogos ayudaron a organizar las mesas y los protocolos, para garantizar que el virus no fuese un invitado más. Los brigadistas llegamos en bicicleta, también el Embajador de Cuba, José Carlos Rodríguez. Salimos del Hospital covid–ogr, y recorrimos, durante 20 minutos, algunas céntricas calles de la ciudad de Turín. Los punteros sostenían las banderas de Cuba y de Italia. Todos llevábamos el nuevo pulóver de la Brigada. La policía nos abría el paso en la vía.

Ahora me toca describir lo que sucedió. Apenas nos sentamos (cuatro personas en mesas grandes, guardando distancia) se nos pidió un minuto de silencio en memoria de los fallecidos por la COVID. Y a continuación, los conductores escenificaron un lavado correcto de manos con gel hidroalcohólico. Entonces vino el video que recoge algunas escenas, especialmente editadas para la ocasión, de uno de los documentales que se preparan sobre la labor de la Brigada; este, perteneciente a la Road Television de Italia. Fue el primer golpe, me detengo aquí.

En sus 20 minutos, los doctores Miguel, René, Abel y Julio, aparecen en sus faenas médicas, y el espectador no solo los escucha, también los ve actuar. Es cuando las palabras y los hechos se funden, cuando la Medicina deja de ser ciencia, y se convierte, simplemente, en humanismo: la cámara busca y encuentra ese instante, en una mano que abraza, en un gesto protector, en unas piernas que se mueven con dificultad. La jefa de enfermeras del hospital lo resume en el documental así: «los cubanos nos enseñaron que los pacientes deben ser escuchados, deben ser tocados, deben ser visitados». Por eso es impactante cuando esa anciana mira a su doctor, a sus enfermeros y dice: «¿Puedo decir una cosa? Yo los quiero a todos». Miguel explica su posición: «Ningún médico puede quedarse tranquilo en su casa, si sabe que hay miles de personas muriendo; ningún médico puede vivir tranquilo así, yo al menos no podría». Lo dice con sencillez, sin pose alguna. Abel explica que, de niño, en pleno periodo especial, los cubanos recibieron una gran donación de alimentos de Italia, «recibimos esa ayuda de personas que no te conocen, esta era mi oportunidad de decirle al pueblo italiano: estoy aquí». No cuento esto por gusto. Sé que la música, los cortes de edición, exacerban las emociones, pero la esencia es inamovible. Todos sentimos la emoción atrapada en la garganta y en los ojos. Pero vi a Julio llorar, sentado en una mesa frente a la mía. Julio, el jefe justo y ecuánime. No fue el único.

Seguidamente, el pianista Giovanni Casella, expaciente de la OGR, acompañó a Ileana Jiménez en cuatro piezas. Excelente su interpretación y el acople de ambos. Casella, después de padecer la COVID, había tenido dificultades con sus manos, pero demostró haberlas superado. Tras ellos, en una pantalla, se sucedían las fotos intrusas de Diana y Andrea, dos buenos fotógrafos profesionales contratados para seguirnos la pista. Se leyeron después cartas de pacientes dedicadas a los médicos cubanos y fragmentos de algunas de mis crónicas traducidas al italiano. La descripción de lo sucedido no puede ser enumerativa: cada momento se metía adentro, nos removía, y fueron tantos, que no tengo pecho para abarcarlos.

La Embajada cubana entregó diplomas de reconocimiento a directivos del Hospital, a Michele Curto, desde luego, que organizó esta y todas las actividades de la Brigada, y nos acompañó dentro y fuera de la zona roja. Irma Diolli y Rocco hablaron a nombre de la Asociación de Amistad. Hubo abrazos entre italianos y cubanos. La cinta de los cien pacientes de alta se cortó en dos: una parte, se queda en Italia, la otra viaja con nosotros a Cuba.

Ayer, como preámbulo de despedida, rendimos dos homenajes necesarios: fuimos a la Plaza Che Guevara, la primera (¿la única?) de Europa, y después subimos al Pico Fidel Castro, ubicado a 1 600 metros sobre el nivel del mar, la misma altura que tuvo la Comandancia de La Plata en la Sierra Maestra. El camino, empedrado, es pura subida, y no estamos en buena forma. Pero llegamos (y no fui el último). Allá arriba cantamos el Himno Nacional, junto al trozo de caguairán que lleva esculpido el nombre de nuestro Comandante en Jefe. Somos sus hijos.

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