Sindo

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Foto: Internet

Este año marca el aniversario 150 del nacimiento de Sindo Garay; y el próximo, el 50 de su desaparición física. Caminamos, pues, en el parteaguas conmemorativo del padre de nuestra trova. De un cubano inmarcesible, a quien todo integrante de las nuevas generaciones debe conocer, en tanto dejaría para la posteridad más de 600 obras y un aporte indeleble al alma patria.

Su infancia estuvo indisolublemente conectada a la trova, a las tertulias hogareñas al compás de tonadas, a la presencia habitual en su casa de ese maestro de la música cubana llamado Pepe Sánchez (“Pepe fue un gran cantautor y cubanizó la canción. Tiene que figurar como precursor de la trova cubana. Él fue el único maestro que tuve en mi vida. ¡Lo digo yo: Sindo Garay!”, expresó)…, en fin, la afición por la música la adquirió de tanto escucharla a su vera. Aprendió a apreciarla de tal manera, que no le hizo falta academia alguna a este dotado autodidacta para reconocer sus artes, misterios, revelaciones; también sus trucos, sus esquemas…

Una mítica y extensa trayectoria vital lo vio acercarse a la mar de oficios, y a pasajeras —o perdurables— labores. Actor, payaso, maromero de circo, nadador, tabaquero, trapecista; estos y otros muchos Sindo subyacen bajo el principal de ellos: el gran músico, tan proclive a la bohemia.

Desde finales del siglo XIX viajó por diversos países de la región, y a comienzos del XX lo hizo a través de Europa. Para 1906 se asentó definitivamente en La Habana. Garay, al paso de los años y de la adquisición de experiencias/sensibilidad autoral, se convertiría en un excepcional compositor que, por si fuera poco, también era una excelente voz segunda y poseía singular impronta en su estilo de acompañamiento con la guitarra.

El maestro Vicente González-Rubiera asevera en el libro Sindo Garay: memorias de un trovador, de la autoría de Carmela de León (Letras Cubanas, 1990), que “(…) siempre lo vi actuar como guitarrista acompañante y segunda voz. No poseía una voz de barítono bien timbrada, como pude apreciar en otros trovadores de aquella época, calificados como segundos, pero las evoluciones que inventaba para armonizar la voz prima eran de tal magnitud y belleza, que todos sus compañeros lo calificaron como el más grande segundo que ha tenido la trova tradicional en todos los tiempos”.

El insigne poeta comunista Federico García Lorca le acuñó un epíteto que quedaría conectado a sí para siempre: “el gran faraón de Cuba”.

Su trabajo constituyó un fiel espejo de los más acendrados resortes de la cubanía, visto ello en textos que imantan por su acercamiento a las raíces patrias, la descripción de nuestros paisajes, el país que lo vio nacer y crecer, sus leyendas, bellas mujeres, los intensos amores que se sucedieron y suceden bajo su sol crujiente.

Una de las tantas muestras de la pasión por las esencias profesada por este hombre es que puso a sus hijos nombres indocubanos como Guarina, Guarionex y Hatuey. Mujer bayamesa, Amargas verdades, La tarde, Retorna, Perla Marina, La Baracoesa, Guarina o Tormento fiero representan tan solo algunas de las tantísimas piezas imperecederas suscritas por el creador, en las cuales trasunta afectos tales.

Quizá, a la altura de la contemporaneidad, algunas de sus letras puedan verse como extemporáneas, demodé, incluso hasta ¡cursis!, según la apreciación del cinismo posmoderno; pero lo cierto es que existen momentos de majestuosidad sentimental, estampidas de emociones, galopes sentimentales en no pocos de sus bellísimos textos. En su inmortal La tarde, por ejemplo, concilia líneas tan hermosas como las que siguen: “La luz que en tus ojos arde/ si los abres amanece,/ cuando los cierras parece/ que va muriendo la tarde;/ cuando los cierras parece/que va muriendo la tarde”.

El estudioso Joaquín Ordoqui García consideró que “lo mejor de todo es que (…), a pesar de moverse casi siempre alrededor de los motivos convencionales del romanticismo tardío o del modernismo inherentes a casi todo nuestro cancionero trovadoresco —ojos verdes profundos como el mar, alma sufriente, etcétera—, se las arreglaba casi siempre para convertir lugares comunes en asombrosos. En los intersticios entre las intenciones y el verbo se esconde la poesía. Muchos la buscan sin encontrarla; otros, la encuentran sin buscarla. Sindo Garay la hacía aparecer desde los lugares más inesperados”.

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