Simbolismo en el vacío

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Enrique Vila-Matas es por definición el "re-escribidor" de la literatura moderna.

Dos décadas y media hace que Anagrama publicó un cuaderno de cuentos de suicidas, para suicidas. Veinticinco años, solo unas leves rasgaduras en la portada y el polvo adherido a las páginas, el polvo de ser abierto poquísimas veces, de descansar oculto en un estante completo de obras españolas. Ciento setenta y tres hojas opacadas por volúmenes hispanos de más de cuatrocientas hasta el momento del hurto, hasta que una mano, 25 años después, descubre que esos suicidios merecen ser robados de los ocres anaqueles de una vieja biblioteca.

El suicidio solo puede ser narrado en primera persona, como también la crónica,de lo contrario el periodista argentino Martín Caparrós no hubiese dicho “La crónica, además, es el periodismo que sí dice yo. Que dice existo, estoy, yo no te engaño”. Pero el suicidio viene precisamente a marcar las pautas de la primera persona en la narrativa. Cualquier narrador puede hablar de la muerte como hecho concreto, consumado, pero la idea mortuoria que se retuerce en la mente, cobra vida y teje justificaciones autodestructivas, es exclusiva de un narrador-personaje. Nadie contará con más herramientas para el suicidio que quien lo intenta o lo intentará, ni un omnisciente, ni un segunda persona, ni un deficiente pueden imprimir la naturalidad que tiene el yo.

Suicidios ejemplares está escrito en la primera persona de los que viven la contradicción de no querer irse y es una clara alusión a las Novelas ejemplares de Cervantes, porque Enrique Vila-Matas es por definición el “re-escribidor” de la literatura moderna.

“He buscado siempre mi originalidad de escritor en la asimilación de otras voces (…). No nos engañemos: escribimos siempre después de otros”, diría.

Detrás del hurto, el encuentro con diez suicidios diferentes, aunque en la práctica resultan doce, contando una especie de prólogo y un epílogo animados con traumas humanos, sin concreción. Vila-Matas no concreta con su pluma ningún suicidio. Los anuncia. Coquetea con los saltos, con el vacío, pero ningún protagonista salta.

La concepción del suicidio deambula en cada trama, funciona más como el leitmotiv que impulsa que como el desenlace. Los protagónicos contarán el fenómeno, sus motivaciones, y verán el acto, unas veces como escapatoria, otras,como una solución sin repercusiones moralistas, porque estos suicidas ansían más que nada seguir vivos.

“’Viajo para conocer mi geografía’, escribió un loco, a principios de siglo, en los muros de un manicomio francés. Y eso me lleva a pensar en Pessoa (‘Viajar, perder países’) y a parafrasearlo: Viajar, perder suicidios; perderlos todos. Viajar hasta que se agoten en el libro las nobles opciones de muerte que existen. Y entonces, cuando todo haya terminado, (…) dejar que el lector proyecte su propio mundo interior sobre el mapa secreto y literario de este itinerario moral que aquí mismo ya nace suicidado”. Así introduce el propio autor su cuaderno porque él solo pretende que nos volquemos sobre su obra, que la hagamos nuestra desde la experiencia vivida por cada cual. Y si este era el objetivo primigenio de Vila-Matas quizás para algunos lectores el vuelco no ocurra, porque a la par de cuentos tan riquísimos desde su proyecto hasta su lectura, aparecen otros inverosímiles, desabridos y dotados del sutil arte de aburrir y donde el objetivo central del texto se diluye en una procesión de páginas.

Entre ellos Me dicen que diga quién soy, narración que le da vida a un pedante lobo de mar que enerva con sus aparentes muestras de humildad, cuando en realidad es puro alarde, envidia y mentira. El personaje intenta convencer durante uno de sus viajes a Babákua al pintor Panizo del Valle sobre los errores que este último ha cometido pintando a los habitantes de la isla. Sus esfuerzos rozan la mezquindad y tal vez esa siempre fue la intención del escritor con este protagónico. Un dato singular es que el sujeto se apellida al revés Satam Alive, bifronte de los apellidos del autor. El morbo del personaje en su intento de desestabilizar al artista y hacerle ver lo errático de sus apreciaciones plásticas, provoca, al menos en mi caso, un rechazo hacia la historia, la cual se basa sobre una excelente construcción del protagonista, que también asfixia. Hay esquirlas demoníacas en el marino e incluso algunos críticos lo consideran un magnífico cuento, razón de más para seguir catalogando a la crítica como un oficio parcializado.

Y Vila-Matas aquí, como en todas sus narraciones, da prioridad a la ironía, él mismo lo ha dicho en 2015 al periódico mexicano Excelsior: “Que soy irónico no es ningún secreto. Muchas veces trabajo así: escribo una página y tardo para ello un día entero. Al día siguiente, me despierto y la leo, como si fuera la página de otro. Y le añado un comentario irónico, es decir, de algún modo me río de lo que he escrito. No borro nunca ese apéndice irónico”.

La subjetividad pilotea quizás no solo este libro, sino toda la obra del autor, pero acá, desde Muerte por saudade hasta El coleccionista de tempestades, la lucidez y la locura comparten proa como un hecho indiscutible.

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