Si la humildad tuviera nombre, o Marcet

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Foto: Dorado

Cumplidos 84 años —los celebró este miércoles 22 de junio—, todavía Francisco Gilberto Rodríguez Marcet amanece cada día pintando. Es una pasión incurable que no lo ha abandonado desde que se graduó en la Escuela de Artes Plásticas Leopoldo Romañach, de Las Villas, en 1959. Ella, junto al disfrute de la música clásica, sostiene su larga carrera artística.

Nació en una familia humilde en Sagua la Grande y trabajó cuatro años en un taller de carpintería donde aprendió el oficio y el valor del esfuerzo, antes de que su hermana pudiera pagarle los estudios para cumplir el sueño de ser pintor. Una afición inspirada en coterráneos tan distinguidos, Leopoldo Romañach y Wifredo Lam, estimulada además, por las enseñanzas del profesor José Stacholy, quien, graduado de San Alejandro, impartía clases en la Escuela Primaria Superior de Varones de su pueblo natal.

Con él aprendió los fundamentos; incluso a modelar el barro y preparar los lienzos. También lo incitaron amigos entrañables, quienes conscientes de su vocación, le autografiaron y regalaron su primer libro de pintura. Pero como se inmortalizaron para la Patria entre los mártires de la huelga del 9 de abril de 1958, no alcanzaron a ver la pródiga ejecutoria de su compañero.La que signada por su talento y favorecida por el triunfo de la Revolución se mantiene incólume hasta hoy, porque la ha nutrido no solo con su condición de pintor prolífico, sino también con su responsabilidad social.

Justo por deberse a ella, aceptó la propuesta de Mateo Torriente Bécquer para crear la Escuela Taller Rolando Escardó en Cienfuegos, en 1962; luego, la “Fidelio Ponce de León”, en Sagua; más tarde, regresar otra vez y permanecer enseñando en la Escuela de Nivel Elemental hasta su desaparición en 1991. Acciones que lo ubican entre los miembros fundadores de la Uneac en la provincia y le permiten ostentar la Orden Raúl Gómez García (1982), el Mambí Sureño (2005) y el Premio Jagua (2007), por citar algunos de los reconocimientos recibidos en esta ciudad, donde se le considera hijo adoptivo.

Pero tales honores palidecen cuando él los compara con el privilegio de haber enseñado a tantos jóvenes —hoy artistas profesionales— o ante la fidelidad con que ha mantenido intacta su inspiración, siempre atenta a los motivos sencillos y cotidianos de la gente común. Quizá influido —según declaró una vez— por el roce con el obrero, consecuencia de sus tempranas experiencias laborales.

Lo cierto es que, disfrutar de su conversación hace unos días y admirar su pintura fue acariciar más de cinco décadas   de la historia de la cultura cubana y cienfueguera. Sin embargo, lo más admirable es su proverbial modestia, porque si la humildad tuviera nombre, se llamaría Francisco Rodríguez Marcet.

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