Robin Hood: el aburrido arquero de Ridley Scott

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Se aguardaba una versión -enésima, aunque- más rotunda, de Robin Hood.

No obstante, de buscarse un término idóneo para calificar el filme de 2010, con premier en el Festival de Cannes y su fetiche gladiadoresco Russell Crowe al frente de la caballeriza, no habría otro mejor que el de insulsamente distásica obra resultante del cruce entre la Academia en su acepción más ortodoxa y el en realidad como aquí no hay nada para contar, pues a correr metraje en dominios de la laxitud.

Según similares proporciones a la anterior pieza de Scott El reino de los cielos (2005), lo cual ya es mucho decir.

Del mismo modo que a tantos, le pareció al crítico Sergi Sánchez en La Razón, mayo de 2010, “menos profunda de lo que pretende, una precuela que quiere presentarse ante el espectador como la última palabra (…) sobre un mito del imaginario que empezó llevando los leotardos de Errol Flynn y acabó disparando flechas subjetivas con el careto de Kevin Costner. A la autoconsciente importancia de la empresa se le añade una severidad en el tono y timbre narrativo que a veces está a punto de caer en el ridículo, sobre todo porque el Robin de Crowe es, por muy realista que quiera ponerse Scott, un superhéroe que tira con arco a distancia olímpica (…). La aventura risueña del Robin Hood clásico se ha convertido en una película bélica que anhela la dureza neolítica de Corazón valiente (Mel Gibson) y se queda a medio camino”.

Para ahorrarme palabras, me sumo. Muy de acuerdo.

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