De la Revolución cubana y diferentes hechos en la historia

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Sanjurjo Gómez dejó atrás sus sueños y se comprometió con la Revolución y Fidel Castro hasta su triunfo. /Foto: Internet

Dijo un poeta que el primero de enero de 1959 nació un año y un pueblo y ciertamente es lo que ocurrió en nuestra Patria en que podemos celebrar cada nuevo año el triunfo de la Revolución que nos hizo revivir como Nación. Por eso cada año que nace tenemos que  renacer de nosotros mismos, analizar los propios errores y repasar las virtudes tantas y alistarnos para seguir en mejores condiciones.  Volver a nacer como una crisálida en un proceso de renovación constante de nuestro humanismo, dejando atrás fardos pesados, buscando habilidades y eficacias nuevas en el estudio y en la producción, poniendo a prueba ese corazón inmenso que nos caracteriza.  Son propósitos de año nuevo que van junto a ese saludo que les damos, al que acompañamos con el deseo de ¡Felicidades!

El primero de enero tiene muchos recuerdos.  Si pensamos en el de 1899, que fue una mañana clara y luminosa de domingo, según las crónicas de entonces,  a las doce meridiano cesaba la dominación de España sobre Cuba, pero. Estados Unidos asumía el control de la Isla. Ese naciente imperialismo se había entrometido en la guerra que los cubanos libraban contra la península europea, a la que ya teníamos derrotada, pues ellos mismos se quejaban de que “habían invertido el último hombre y la última peseta”, y cuando salíamos de ese colonialismo nos impusieron una neocolonia. Los norteamericanos  organizaron la “república” a su semejanza y bajo su férula.  Nos impusieron su “democracia” y decidieron que para votar había que ser mayor de 21 años,  saber leer y escribir (algo raro en esa época), poseer un capital no menor a 250 dólares  (una fortuna entonces), y así sólo pudieron empadronarse (inscribirse para las elecciones) 150,648 electores en una población de un millón 572,797 habitantes,  de los que votaron  110,816  el 7 por ciento de la población y fue “elegido” el candidato de los norteamericanos: Tomás Estrada Palma. Su oponente era el Mayor General del Ejército Libertador Bartolomé Massó, que fue vetado por el gobierno de Washington porque éste no los apoyaba en sus intenciones.

La composición del gobierno de Estrada Palma fue así: 9 ex -integrantes del Partido Autonomista que hasta poco antes sirvieron a España; seis miembros de la oligarquía azucarera cubana; y seis figuras que ocuparon altos cargos durante el gobierno de ocupación de Estados Unidos en la isla. Ni obreros, ni campesinos, ni estudiantes. Ni mujeres. Ni negros. Tal fue la “democracia” que nos legaron los norteamericanos en las primeras elecciones cubanas. El 20 de mayo de 1902, al compás de los cañonazos protocolares se arrió el pabellón español, y se izó la bandera de las numerosas barras y las  múltiples estrellas que aplastó a la de la estrella solitaria hermosa que sólo flotaba airosa en los corazones de nuestros antecesores que presenciaban aquella escena dolorosa que nos hacía perder treinta años de muertes y sacrificios enormes.

Si rememoramos el primero de enero de 1959 entonces sí recordamos que nuestra Bandera Cubana flotó libre y soberana,  como continúa por tanto esfuerzo de las actuales generaciones, la bandera cubana de la estrella solitaria sobre el fondo rojo que recuerda la sangre de nuestros amados caídos.

Desde horas de la madrugada de este primero de enero de 1959 el pueblo cubano tuvo noticias de la huída del dictador Batista que en cuatro aviones cargados con las últimas reservas monetarias de la nación y los esbirros que lo acompañaron en la apresurada escapatoria, se refugiaron en República Dominicana, cubil de otro tirano, Rafael Leónidas Trujillo.

Pero ya en la embajada de Estados Unidos en La Habana se fraguaba el plan que les dio resultado en 1933 cuando ahogaron la Revolución anti-machadista: un golpe de Estado militar, esta vez con los generales de Batista y sus políticos corruptos, que trataron de integrar una Junta Militar.  Pero desde la entrada de Santiago de Cuba, a punto de ser tomada, Fidel Castro ordenó al pueblo que se lanzara a una huelga general revolucionaria con la consigna: “¡Revolución sí; golpe de Estado, no!” que fue obedecida por las masas con coraje, disciplina y energía ejemplares. El pueblo se lanzó a las calles a proteger su Revolución, en todas partes de la Isla. Ese primero de enero, en la tarde-noche,  Fidel habló a Cuba desde el balcón del Ayuntamiento santiaguero. En Santiago había comenzado la Revolución, con el asalto al cuartel Moncada en 1953,  cinco años, cinco meses y cinco días antes, y ahora desde esa plaza ya liberada, se proclamaba el triunfo. Entonces todos se percataron, dentro y fuera de Cuba, que la Revolución Cubana había triunfado realmente.

Fidel ordenó a las columnas invasoras al mando de Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara, que se encontraban en Las Villas, que continuaran su avance hacia La Habana, rindiendo cuarteles en la marcha,  y tomando en la capital el campamento de Columbia y la fortaleza de La Cabaña, los más importantes de la Isla, y así lo cumplieron. La estrategia de Fidel frustraba la maniobra de la embajada de Estados Unidos y la complicidad de la cúpula militar  batistiana nacional. En setenta y dos horas todas las ciudades cubanas y sus campos aledaños quedaron en manos del pueblo rebelde que era el dueño de su Revolución victoriosa:  el país se paralizó de un extremo a otro y así se impidió que se escamoteara el poder popular. Anocheciendo el día primero, Fidel habló a Cuba desde Santiago:

“Duro y largo ha sido el camino, pero hemos llegado. No será esta vez como en 1898 cuando vinieron los americanos y se hicieron dueños de Cuba; no será como en 1933 cuando Batista instauró su primera dictadura militar de once años, tras los presidentes aquellos; no será como en 1944 cuando los que llegaron al poder fueron los ladrones aquellos; ¡esta vez sí es la Revolución!”. Santiago era declarada capital provisional de la República y al día siguiente salió hacia La Habana la Caravana de la Libertad. Sí, en 1959 “comenzaron juntos un año y un pueblo”.

En Cienfuegos, el primero de enero, el pueblo se hizo dueño de sus calles.  Desconoció en la práctica a los jefes y soldados del Segundo Frente Nacional del Escambray, pomposo nombre de una guerrilla al mando de Eloy Gutiérrez Menoyo, expulsado de las filas del Directorio Revolucionario, una fuerza no revolucionaria -aunque algunos de sus integrantes sí lo fueran-  que no presentó batallas al enemigo y no aceptó la unidad ofrecida por el Che, que los descaracterizó llamándolos “come vacas”, quienes por estar más cerca de Cienfuegos y no realizar tomas de pueblos como lo hacían los grupos rebeldes, entraron, y sin presentar batalla se les entregaron los mandos del batistato. (En siguientes días hablaremos más sobre esto).

Se iban conociendo detalles del respaldo absoluto del gobierno de Estados Unidos a la tiranía de Batista. El tren blindado con que se pretendió detener la ofensiva del Che en Santa Clara fue un plan de la CIA de Estados Unidos, ante su preocupación por el destino de la zafra azucarera y los mil millones invertidos en industrias en la Isla. También ofrecieron a Batista refugio en La Florida para que pudiera disfrutar de su mansión en Daytona Beach, y gastarse ahí sus millones mal habidos, pero el ex-tirano decidió irse a España después de salir de República Dominicana, y murió en Madrid a sus 72 años de edad, rico pero amargado. Ni él confiaba en Washington. Tampoco en sus socios cubanos que huyeron al país del Norte, con los que quería mantener distancia.

Todavía el tres de enero continuaban llegando a Miami aviones y embarcaciones con esbirros y acaudalados cubanos socios del déspota, que huían de Cuba con los últimos dineros de la República y eran  acogidos con complacencia en Estados Unidos. 0tros no tuvieron esa suerte y no pudieron escapar. Así le ocurrió al asesino del líder azucarero Jesús Menéndez, a quien mató por la espalda, el ya coronel Casillas Lumpuy, que huyó del regimiento militar de Santa Clara pero fue apresado, juzgado y fusilado. Igual condena recibió el coronel Cornelio Rojas, mientras que el jefe de la Policía Marítima de Cienfuegos, capitán Alejandro García Olayón que escapó en una lancha, se le descompuso y bajó al litoral, fue capturado por patrullas campesinas.  Montado en un camión para transportarlo a Cienfuegos donde sería juzgado, trató de escapar, o para suicidarse, agrediendo a un escolta y pereció en el intento.

Entretanto, los cienfuegueros  siguiendo las orientaciones de Fidel, se mantenían en nuestras calles, ya dueños de sus destinos, y en la noche del día seis, se reunieron frente al Parque Martí, con Fidel Castro que ya desde el dos de enero avanzaba desde Santiago con la Caravana de la Libertad por la Carretera Central.

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