Repensar las graduaciones, eternizar el mundo escolar

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El final de un curso es ocasión para reflexionar sobre bellas etapas./ Foto: Internet

Como hay un lenguaje primario para nombrar las cosas, existe un paisaje maternal con el que aprendes a ver el mundo, luego conoces otros; pero el primero siempre te acompaña.

Crece el individuo rodeado de un entorno que eternamente lo escolta, el complemento de ese momento inicial es, sin dudas, el mundo escolar. El final de un curso es ocasión para reflexionar sobre bellas etapas.

¿Quién no recuerda su maestra de Preescolar, los primeros amigos, el colectivo precursor de las andanzas colegiales? Por eso, cada término de etapa docente marca un recuerdo indeleble, máxime si es grado terminal, de ahí la importancia de las graduaciones.

Nuestra historia está conformada por el vencimiento de etapas y entre los saldos de cada una está la influencia de amigos y educadores; los de más edad guardamos fotos reveladoras de recuerdos e instantes únicos, pues siempre mirarlas significa rememorar afectos, complicidades en blanco y negro, resumidas en la solemnidad del acto que significaban entonces los egresos escolares.

Me refiero a los menos jóvenes, porque hoy en tales acontecimientos han minimizado la equivalencia emocional. Penurias económicas, prohibiciones de colectas de dinero primero, y luego inevitables radicalismos, han ido en detrimento de las graduaciones de Preescolar, Primaria, Secundaria y hasta de Preuniversitario.

En la antigua coordenada generacional no faltaban las semblanzas de cada estudiante; realce de la sugestión poética del momento, eran mezcla de humor y dominio de comportamientos estudiantiles, una mirada a cada individualidad, casi siempre desde la sapiencia de algún pedagogo, quizás menos ducho en la rima, pero permeado de la necesaria sensibilidad para despedir a educandos.

¿Cuándo aparecieron las reprobaciones? En fecha indefinida, pues de allá de los inicios de este siglo y aún de los precarios noventa, guardo los versos dedicados a mis hijas, al menos en el término del círculo infantil.

No han sido igual de afectivos los sucesivos egresos, y mi práctica reporteril corrobora la ausencia de emotividad en las graduaciones actuales, sobre todo durante los primeros niveles de enseñanza, lo cual, unido a la era fotográfica digital, contrapartida a veces de álbumes e impresiones gráficas, puede tornar más fugaz el momento.

En la desaparición de la formalidad de los actos citados influyeron, sin dudas, los altos costos de actualizaciones de nuestro proyecto social, entre ellos presumo como mayor incidente las desagradables desigualdades, el temor a las diferencias, con las que inevitablemente convivimos.

A fuerza de resistencia hemos vencido inexpugnables barreras para seguir adelante nuestro programa educacional y cultural, pero tocando lo grande se nos han escurrido detalles aparentemente pequeños.

Falta mucho de solemnidad en los actos de entrega de diploma a alumnos que terminan cada nivel, sin embargo, se me ocurre la ausencia de semblanzas como metáfora perfecta de carencia de espiritualidad, que es sinónimo de desvanecimiento de amor y no podemos permitir (e invoco a José Martí) que la dureza permee la ternura.

1 Comentario

  1. Dagmara creo sin lugar a dudas que es verdad que todo eso se ha perdido, soy madre de un estudiante que acaba de terminar su grado doce en Martín Dihigo y la graduación estuvo a la altura del momento, muy bonita y emotiva fue en el teatro de la escuela pedagógica en la antigua formadoras de Maestros, la dirección de la escuela se esforzó e hizo un bonito acto que quedará en el recuerdo de cada uno de los que allí estuvimos alumnos y familiares, imagínese por cuantas graduaciones ha pasado desde preescolar hasta esta donde acaba de definir su futuro y en cada una de las primeras se hacía semblanzas por sus propios maestras que día a día compartían con cada uno de ellos y se reflejaba su carácter, actitud, en fin iban reflejando al ser humano, como en estos tiempos se lleva no lo sé, pero ojalá nuestros maestros de hoy sigan esa bonita tradición, es que no podemos perder la ilusión de que ellos se desarrollen en un ambiente sano, que se le hagan además sus fiestas, yo recuerdo y ya tengo 50 años que mi madre nos celebraba nuestros cumple en el aula con nuestros amigos con los que compartíamos la mitad de nuestro tiempo y éramos muy felices, esto se puede rescatar sin creernos que tenemos que hacer una súper fiesta, ellos los niños se conforman con estar juntos y celebrar, otra cosa con música infantil, eso me preocupa y mucho, leí esta semana el cometario digita sobre por la prensa escrita acerca de las cajitas de música que hoy llevan los jóvenes y eso es desastroso, no hay respeto a nada nuestro ambiente está saturado de basura, de ruidos y de malas palabras, que pasa que no se hace nada sobre esto, antes uno pisaba el césped en el prado, malecón, parques etc y ahí estaban los impertores para poner la multa ahora dónde están? que se hace a donde vamos a parar, nuestra ciudad y lamento decirlo es la peor en estos momentos en cuanto a estas cosas y es una lástima que nuestros niños y niñas crezcan en esto, por favor usted es una buena periodista y ojala se haga más periodismo acerca de estas cosas, felicitaciones por su periodismo. Saludos Katy

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