Reconocen a Christian Sáez en el estadio 5 de Septiembre

Reconocen a Christian Sáez en el estadio 5 de Septiembre

Le tocó quitarse la gorra frente a los reunidos aquel día en el "5 de Septiembre", saludar a sus mayores, recibir el aplauso…/Foto: Aslam Castellón

Le tocó quitarse la gorra frente a los reunidos aquel día en el "5 de Septiembre", saludar a sus mayores, recibir el aplauso…/Foto: Aslam Castellón

Cuando Javier -su hermano 13 años mayor y miembro de los equipos Juveniles de Cienfuegos en su momento- entrenaba o jugaba algún partido, Christian Sáez Ribalta era parte de la comitiva familiar de respaldo. Tendría unos cinco años por ese entonces. Su papá Yosvany, en su juventud, fue integrante de la selección nacional de remo y por esas aguas intentó encauzar el talento y físico del más joven de la casa. Pero el muchacho nunca se subió a un bote, recuerda su mamá: “¿cuándo nos vamos de aquí?”, era el constante reclamo a los pies de la bahía. El deporte del hermano Javier era su favorito y cuando tuvo edad suficiente para practicarlo, decidió llevar el número de él, el 4, en su espalda.

De una talla y complexión impresionantes, Christian se anunciaba como figura a seguir dentro del team Cuba en el Campeonato Mundial Sub 12, celebrado en julio último en Taipei. A pesar de ser su debut internacional, terminó como All Star del torneo en la primera almohadilla, posición favorita, por el plausible desempeño de 12 jits (tres dobles, cuatro cuadrangulares), 14 carreras empujadas, con un average de .522 y un solo error a la defensa.

Ágil y agresivo sobre el terreno, fuera de él es un muchacho tranquilo, demasiado callado, tan exagerado como suena. Y lo ponen en conteo apretado las entrevistas, hablar de sí mismo, de sus logros…

“Supe que iba a estar en el equipo después de campeonato nacional. Fuimos primero un mes para Santa Clara, en una base de entrenamiento y luego pasamos a La Habana. Después salimos para Taipei”.

En materia de estrenos, fue también su primera vez fuera de casa, y tan lejos como al otro lado del mundo. Desesperantes fueron para la familia esos 18 días y tampoco resultaron del todo sencillos para el muchacho.

Había 12 horas de diferencia, nos debimos adaptar, por suerte el clima era mejor, con menos de sol, recuerda. El problema fue la comida, bastante diferente (y la palabra se hizo acompañar de una mueca); extrañaba mucho el arroz y los frijoles, solo comíamos espaguetis y papitas fritas. El idioma fue lo otro: los traductores explicaban a los entrenadores las cosas, pero en el terreno no entendíamos a los jugadores de allí”.

Ya en competencia, perder en principio con japoneses y locales los sentenció casi de antemano a la discusión del bronce. “El peor partido fue contra Japón, no les pudimos hacer carrera. Me sentí mal por no ayudar al equipo a ganar. Pero con voluntad, mejoramos. Ya en el choque por el tercer lugar me concentré en buscar un buen contacto y traer carreras. Así salió el jonrón. No pensé dar tantos en el torneo; pero al menos dar alguno”.

De vuelta a casa lo recibieron los vecinos, toda su gente del barrio Buenavista. A la abuela dedicó en especial el premio… Visitó el estadio en el inicio de la 59 Serie y lo apenó que le reconocieran en las gradas; que Luisito, el de la escoba, guardara su foto en un recorte de periódico y lo mostrara a todos como la promesa que se anuncia.

Hasta el domingo último, en la subserie de los Elefantes contra los Industriales, aguardaron por el protocolo. Entonces le tocó quitarse la gorra frente a los reunidos aquel día en el “5 de Septiembre”, saludar a sus mayores, recibir el aplauso… El anuncio de lo que, esperamos, sea una rutina de juego en años venideros.

Hasta el domingo último, en la subserie de los Elefantes contra los Industriales, aguardaron por el protocolo./Foto: Aslam Castellón
Hasta el domingo último, en la subserie de los Elefantes contra los Industriales, aguardaron por el protocolo./Foto: Aslam Castellón
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