Rafael Ortiz, el final no llegará

Dentro de los grandes creadores nacidos en Cienfuegos, me gustaría recordar a un gran sonero, Rafael Pascual Ortiz Rodríguez, “Mañungo” (20 de junio de 1908 – 29 de diciembre de 1994). Entre sus mayores contribuciones a la música están la labor de tantos años al frente del Septeto Nacional Ignacio Piñeiro y su excelente calidad como compositor, sobre todo de boleros-sones, dotados de una elegancia y originalidad que le han hecho trascender en el pentagrama musical de la Isla, al punto de ser considerado una Gloria del Son Cubano.

El autor nació en una casa de la calle de Santa Clara y Prado, frente al cine teatro Luisa, a unas cuadras del Muelle Real. El apodo de Mañungo se lo debe a su abuela, una trinitaria devenida cienfueguera; igual lo eran sus progenitores Modesto y Flora. Se crió en un ambiente de rumba, fandango y tonadas trinitarias junto a sus padres y amigos, también de la vecina ciudad. Modesto era quinto y su madre corista. A los catorce años tuvo que ir para Trinidad por la repentina enfermedad de su padre y hermano mayor.

Allí comenzó a cantar junto a su hermana y a interesarse cada vez más por el mundo trovadoresco que existía en esa localidad. En 1924 regresa a Cienfuegos, donde comenzó realmente su carrera artística. Estuvo vinculado primeramente a varios trovadores, y luego comienza a cautivarlo el son. Aprende de los mejores treseros y soneros de esa época en la Perla del Sur, como fueron Tata Acea; Isaac González y su hermano Rabel; Félix Ordóñez, “El estilista” del tres trinado tipo mandolina; Bruno Vázquez, su maestro; Alberto; Panchito; Fernando Arias; y Ventura (“El Camaján”).

Entre otras agrupaciones se integró a los sextetos Cienfuegos, Santa Cecilia, Melodías de Ramito y Ron San Carlos. Luego se traslada a La Habana (1930), donde continúa su aprendizaje junto a importantes treseros y soneros: Eliseo Silveira, Ramón Cisneros (“Liviano”) y Carlos Godínez, entre otros. Se le relaciona con varios septetos, como el Típico Santiaguero, Los Criollitos y El Habanero. En 1931 pasó al septeto La Clave Oriental, que actuaba en el cabaret Montmartre. Al año siguiente, el septeto adoptó el nombre de dicho centro nocturno. Con esta agrupación realiza una gira a Chicago (1933), para formar parte de la Feria-Exposición Un siglo de progreso, en la que coincide con el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro. Al regresar integra varias agrupaciones, hasta que en 1940 vuelve de gira a los Estados Unidos, en esa ocasión junto al conjunto Gloria Matancera, con el que hace presentaciones en Tampa y Cayo Hueso. En 1959 se unió al Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, y lo dirigió desde 1969 hasta su fallecimiento. En 1978, el tema de Rafael Ortiz y Pedraza Ginori, El final no llegará, le daría a esa agrupación musical la posibilidad de estar en los primeros lugares de la popularidad en todas las emisoras radiales.
Rafael Ortiz conoció desde muy joven a Marcelino Guerra en Cienfuegos y se mantuvieron muy ligados profesionalmente. Coinciden en una etapa de su estancia en La Habana, donde se dan cuenta de los nuevos conceptos sonoros que ya estaban llegando a la capital.

Un músico que los impresiona es Eliseo Silveira, quien seducido por la música de las películas silentes, lleva al tres ese concepto armónico. Es así que, en lugar de utilizar la llamada “cadencia perfecta” (I, IV, V), comienzan a emplear el acorde de séptima, en sustitución del de quinto grado. Con la experimentación logran componer obras cercanas al filin, pero dentro del concepto de los septetos de sones, a dos voces y con la utilización de la percusión menor.

La obra de Rafael Ortiz transita por varios géneros de la música cubana. Entre sus temas más conocidos están El final no llegará; Amor de loca juventud; No me pidas, madre; Dame un trago, tabernero; Muy junto al corazón; Suave, papi; Mery; Por quererte tanto; Amarga realidad; No me olvida; La vida es una semana y El palomo. Muchos de ellos fueron interpretados por el Septeto Nacional Ignacio Piñeiro, las orquestas Aragón y Casino de la Playa, el Conjunto Gloria Matancera, Benny Moré, el Grupo Sierra Maestra, el Conjunto Tradicional de Sones Los Naranjos y Los Novo, entre otros. La conga de salón Uno, dos y tres, compuesta con la intención de arrollar en un cabaret, es otra de las contribuciones de este autor.

Todavía se hacen versiones de su obra y sus composiciones están activas dentro del repertorio de muchas agrupaciones. Recordar su legado es traer hasta nuestros días una parte importante de la identidad musical sureña.

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