¿Quién mató a Cookie?, un divertimento del inolvidable Altman | 5 de Septiembre.
lun. Dic 9th, 2019

¿Quién mató a Cookie?, un divertimento del inolvidable Altman

El desaparecido Robert Altman, el más viejo peso pesado de la iconoclastia fílmica estadounidense, fue siempre fiel a sí mismo, consecuente con sus principios, sin sucumbir jamás a la tentación del burdo cine comercial, pese a los altibajos de su filmografía.

Altman tradicionalmente rodaba lo que quiere, y alternaba su trabajo cinematográfico con publicidad (cuya ganancia en buena medida le permitía eso), teleplays, obras teatrales y el patrocinio de otras figuras del séptimo arte.

Ganador de la Palma de Oro en Cannes ’70 por Mash, durante esa década hizo varios filmes antigenéricos y adaptó al cine y la televisión algunas obras teatrales.

Entre su copiosa filmografía aparecen títulos como Vincent y Theo, Short Cuts (su fagocitación por el cine moderno es total), Nashville, Quintet, A Wedding, Beyond Therapy, Thieves Like Us, McCabe and Mrs. Miller, Popeye, 3 Women, Kansas City, The Long Good Bye y Streamers.

Durante los noventa realizó varias obras significativas, entre ellas la deliciosa The Player y la muy subvalorada Pret-a-porter, ríspidas, agrias visiones del mundo de la industria cinematográfica y la moda, respectivamente.

¿Quién mató a Cookie? (Cookie’s Fortune, 1999), no tiene absolutamente nada que ver con ese tipo de cine. Altman suelta la fusta e, imbuido quizá de una crepuscular nostalgia por la vida pueblerina que alguna vez hizo en varias regiones de Kansas, abroquela una tímida comedia semicostumbrista donde el sudor a barrio salpica cada metro de película.

Una vieja dama obsesionada por el recuerdo de su difunta pareja; un sirviente negro que comparte con ella su existencia; dos hermanas con su cabeza en puntos cardinales opuestos, una en extremo dominante, la otra sumisa y aletargada a lo mejor debido al trauma que supuso, por aquello de las convenciones, decir al nacer su hija, que ésta no salió de su vientre, sino del de la hermana; la independiente hija, muchacha de muy buenos sentimientos que vive en un remolque junto a la pescadería del pueblo; el joven policía enamorado de ella: estos constituyen los hilos humanos principales movidos por Altman para poner en movimiento su noble guiñol vecinal cuya principal moraleja es, en última instancia, el triunfo de esa bondad original todavía hallable a estas alturas en personas inmunes al mal porque las resguarda ese escudo protector que conforman, en bloque, la inocencia, la camaradería, la fe en el individuo, el espíritu solidario. Esencias harto difíciles de encontrar aun en un referente espacial distinto al escogido por Altman.

La muchacha (Liv Tyler) confía ciegamente en que el sirviente (Charles S. Dutton) no asesinó a la por ambos querida anciana Coockie (Patricia Neall), pese a que el embrollo formado por su madre-tía (Glenn Close) lo pone en evidencia. Tampoco lo creen asesino los mismos policías y, en el fondo, ni siquiera ese investigador con cara de Eddie Murphy serio.

De tanto querer Altman reivindicar la fraternidad, se le va la mano y pone al gigantesco negro S. Dutton de primo de la angelical Tyler, pero hasta ese toque descompasado se aprecia con agrado. Tanto como ver a Julianne Moore en ese rol a contracorriente que por cada mohín, nos hace pensar en la cara y, sobre todo, en la inefable boca de Stan Laurel; o apreciar a S. Dutton caminando como un rinoceronte cansado en busca de su “pavo” en el bar de los negros. En fin, una película límpida, sencilla y franca, como sus personajes. No sería la obra maestra de Altman, pero sí un divertido ejercicio de espera antes de tomar el látigo nuevamente.

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