Prueba de vida: thriller barato en otro de los “países imaginarios” de Hollywood | 5 de Septiembre.
sáb. Oct 19th, 2019

Prueba de vida: thriller barato en otro de los “países imaginarios” de Hollywood

El caso de Taylor Hackford es sumamente curioso en la perspectiva fílmica estadounidense. Su línea creacional resulta tan sinuosa como una serpiente en busca de su presa, con la única diferencia de que el cineasta muchas veces se arrastra pero no consigue el objetivo. Irregular como pocos, Hackford ha hecho una película modélica en su género: Dolores Clayborne, y otra pieza mucho más comercial, pero gozosamente narrada a la manera de Devil’s Advocate, al servicio de Al Pacino y Keanu Reeves.

También se le deben a nuestro hombre algunos churros que no vale la pena mencionar. Se trajo el realizador a su guionista de Devil’s Advocate, Tony Gilroy – el también inestable autor de la bomba Armagedón-, para valerse de sus trazos en la confección de su película Prueba de vida (Proof of Life, 2000).

La trama refiere el secuestro a manos del Ejército de Liberación Nacional de Tecala -supuesta nación suramericana- de un ingeniero norteamericano cuya empresa respondía a un emporio petrolero, por lo cual sus captores presumían que por el plagiado podía pagarse un cuantioso rescate. Pero nada era como parecía, e incluso ni seguro tenía el gringo.

Un famoso cazador internacional de secuestrados, con éxitos en Chechenia y allí donde cualquier acción pareciera improbable, viene encomendado por su agencia, pero al no ver la pasta, por compasión, tras muchos ruegos, se queda en Tecala para ayudar a la esposa del ingeniero.

¿Qué ocurre con Prueba de vida?

Varias cosas. Primero, su indefinición entre dar la cara de una película seria a lo Missing, de Costa-Gavras, o a lo barato clase El hombre del presidente, con Chuck Norris. No es ni una cosa ni la otra, y falla, porque todos los amagos argumentales no pasan de proyecciones de sí mismos: la descripción de los motivos de lucha abrazados por los guerrilleros se esboza en someros parlamentos, todos carcomidos de la estereotipada visión yanki a lo Plan Colombia, que en verdad a otro país no se alude que a este, por mucha Tecala disimuladora que le hayan puesto. El tejido dramático en torno a la relación que se establece entre la esposa del raptado y el liberador se desfibra, y no rebasa las cuatro caritas de Meg Ryan, la parquedad de Russell Crowe y ese besito tan elíptico que se dan antes de que el héroe se canse de negociar por teléfono la devolución del confinado (al que da vida un dúctil David Morse, actor de reparto muy bien utilizado por algunos realizadores como Frank Darabont en El último pasillo, o F. Gary Gray en El mediador) y, como Arnold, se vaya a la selva y lo rescate en veinte minutos, en inicua coronación de un filme cuyo tempo y presupuestos presuponían cierre más acorde a lo narrado.

O sea, que no se sabe qué has visto tras apreciar la película de Hackford; y de la película no queda muy buen recuerdo. Seguramente sí se recordará en cambio el escándalo suscitado en los tribunales de Miami por la muerte de un doble al volcarse una camioneta con neumáticos vencidos en un lluvioso risco de Ecuador, donde fue filmada. Y también, y esto mucho más, que durante el rodaje en Suramérica la dulce Meg le puso los cuernos al bueno de Dennis Quaid, porque la pobrecita no pudo resistir la embestida de ese toro bravío que nació en Nueva Zelandia y apellidaron Crowe. Pero estos paratextos ya rebasan el terreno de la exégesis y pasan a las comarcas del mero chisme. Para terminar el chisme: Dennis Quaid le perdonó el desatino a su Meg, y el toro neozelandés siguió dando embestidas en patios ajenos.

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