La Protesta de los Trece | 5 de Septiembre.
mié. Oct 23rd, 2019

Participantes de la Protesta de los Trece, entre otros: Rubén Martínez Villena (sentado, segundo de derecha a izquierda), José Antonio Fernández de Castro, Luis Gómez Wangüemert, Juan Marinello Vidarrueta, José Z. Tallet, Jorge Mañach./Foto: Tomada de La Jiribilla

Noventa y cinco años nos separan de la Protesta de los Trece, encabezada por Rubén Martínez Villena y ocurrida el 18 de marzo de 1923, que entró en nuestra historia con ese nombre aunque originalmente el acto fue protagonizado por quince intelectuales jóvenes cubanos, pero dos de los cuales a última hora no quisieron firmar esa declaración en que se implicaba a personeros del gobierno de turno con corrupciones administrativas.

El hecho ocurrió de la siguiente manera. Los 15 jóvenes habían participado de una tertulia cultural aquel domingo plácido, salieron de ésta y alguien recordó que a esa hora estaba previsto el homenaje a la escritora y pedagoga uruguaya Paulina Luissi, en la cercana Academia de Ciencias de Cuba, y que el panegírico iba a ser pronunciado por el ministro de Justicia Erasmo Regüeiferos, que acababa de aprobar un negocio millonario que se embolsillaron entre varios miembros del Gobierno. Otro del grupo sugirió acudir allí y denunciar ese negocio “turbio”. Y allá fueron, aunque entraron por grupos separados para no llamar la atención, y decidieron que fuera Rubén quien hablara.

El último acto vandálico del gobierno de Alfredo Zayas fue el adquirir el viejo Convento de Santa Clara, en La Habana, que ocupaban las monjas clarisas desde el siglo XVII, por el que el gobierno hizo aparecer como que la inversión era de dos millones, trescientos cincuenta mil pesos, pero que en realidad pagaron mucho menos, y la “tajada” se la repartieron entre varios politiqueros. Eso es lo que fue denunciado allí.

Cuando iba a comenzar el acto y usar de la palabra el ministro Regüieiferos, Rubén, el poeta de “La pupila insomne”, que años después ocuparía la secretaría general del primer Partido Comunista de Cuba, y que organizó la huelga general que derrocó la tiranía de Machado, y que ahora estaba sentado en la segunda fila en aquel acto, pidió permiso para hablar, tan pronto se anunció que hablaría el ministro de Zayas. También se pusieron de pié los 15 jóvenes distribuidos por aquel salón. Acaso los organizadores pensaron que todos aquellos jóvenes estaban allí para elogiar al ministro, o a la homenajeada de ese acto, y lo permitieron.

Rubén, con palabra fluida y clara se excusó ante la homenajeada, el embajador uruguayo y su esposa, y con los “distinguidos invitados” y expresó que lejos de oponerse a un acto cultural tan justo como ese, deseaban apoyarlo, pero que la persona invitada a hablar, el ministro, había olvidado su pasado y su actuación antes correcta, acababa de firmar un decreto ilícito que encubre un negocio repelente y torpe, y lo explicó en pocas palabras, señalando que “ese funcionario público que está invitado a hablar aquí está tachado por la opinión pública cubana , porque prefirió la adhesión a su amigo el presidente Zayas antes que defender los intereses nacionales y populares, por eso los quince intelectuales presentes lo denunciaban y protestaban por ese hecho y realizada esta protesta, nos marchamos de este salón…” Y eso hicieron con toda dignidad.

Pasaron por un cafetín próximo y Rubén se sentó a una mesa para redactar el documento que llevarían a la prensa para su divulgación. Dos de los presentes prefirieron no firmarlo, uno por ser masón, como Regüeiferos que era Gran Maestro, y el otro por ser pedagogo y dueño de una escuela. Por tanto la historia recoge solo trece firmas.

El resultado de esa denuncia pública fue que se abrió una causa judicial no para investigar el “negocio” corrupto, sino para enjuiciar a los trece firmantes por el delito de “Calumnia e Injurias”, a los que se impuso una fianza de mil pesos para gozar de libertad hasta el día del juicio, que por cierto, para evitar un escándalo mayor, nunca fue celebrado.

De esta manera el gobierno de “aquella República” cerró y acalló aquel espinoso asunto, pero quedó la temprana postura viril de trece jóvenes intelectuales cubanos que dieron la primera clarinada contra la corrupción oficial.

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