Pregoneros

La ciudad se puebla de pregones. En ajetreo incesante, quienes a cualquier hora del día o de la noche deambulan por los barrios ofreciendo sus mercancías y sus servicios, intentan despertar el interés del potencial cliente con las más disímiles alabanzas sobre lo que venden.

Erraron quienes creyeron que el pregón huyó de Cuba. Ahí están los maniseros que, al estilo de Moisés Simons, nos quieren persuadir de que esa golosina está calientita y tostadita…, aunque los veamos deambular durante horas con sus cucuruchos.

¡Vaya, el buen ajo a peso!; ¡Arreglo muebles; ¡encolo, pongo rejillas! ¡Reparo colchones; colchonero! ¡Ají cachucha; lleva la cebolla morada! ¡Floreeees; florero! ¡El polvorón; ¡vaya, el polvorón!… A la distancia se escuchan los pregones.

Edificios altos hay en nuestra hermosa ciudad, donde los vecinos no tienen que bajar para acceder a lo que necesitan. Más de una puerta se abre abruptamente al conjuro de ¡El pan; ¡panaderooo, el pan!

Sí, porque de todos los vendedores que en estos tiempos recorren los barrios, quizás el más popular sea el panadero.

Con el alba, cuando las familias disfrutan de las novelas, bajo la canícula impiadosa, con lluvia o sin ella, esta suerte de trabajador a domicilio nos acerca ese alimento tan necesario en cualquier mesa.

Surgieron con las panaderías especiales. Cuando algunos, los primeros, se percataron de que la caserita estaba dispuesta a pagar un peso más por que se lo acercaran al hogar. A estos pioneros les siguieron otros. Hoy son muchos los que brindan este servicio pese a sus detractores, aunque no pocos aseguran que contribuyen a elevar la calidad de vida.

¡Eeeel pan; ¡panadero, el pan! ¡El pan suaveeee…; el pan! Los veo pasar. Los miro con respeto. Con sus enormes cajas de cartón tras la bicicleta; con sus bolsas de nailon, aguardando a que el producto salga del horno o recorriendo a pie cada vericueto de la ciudad, donde no pocos cuentan ya con una clientela consolidada.

Sin proponérselo, apremiados quizás por el Período Especial, los pregoneros de hoy son los continuadores de una tradición surgida durante la colonia y enraizada, por tanto, en nuestra cultura.

A diferencia de quienes trabajan detrás de un mostrador, estos van tras el cliente. Tratan de persuadirlo de las bondades de lo que ofrecen. Discuten precio, calidad, características y uso del producto. Intentan complacer (sin disgustarse), las exigencias de los posibles compradores…

El vendedor ambulante, con su carretilla, su canasta de frutas en la cabeza, su lata de tamales que pican y no pican, o chicharrones de tripita, fue recreado en magníficos lienzos o se integró en la literatura vernácula cubana.

Ahora vuelven. Sin que nadie los convoque, como no sea la necesidad de enfrentar los avatares del momento. ¿Llegaron para quedarse? No lo sé. Sólo el tiempo lo dirá.

Mientras, las generaciones más nuevas ven resurgir una tradición. Y se sirven de ella.

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