Por los maestros vale la pena emborronar cuartillas

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Escuela pedagógica Octavio García./Foto: Juan Carlos Dorado

“…el pueblo aquel sincero y generoso, ha dado abrigo al peregrino humilde. Lo hizo maestro que es hacerlo creador”. José Martí

Para un cronista cubano de hoy, no existe el reto de la cuartilla en blanco; hay tantas cosas que salvar. Al final de cada artículo siempre queda una arista por tocar, y muchos de esos bordes se entrelazan en convocatoria urgente a la nueva escritura.

El término del reciente comentario Paranoia, donde abordé la necesidad de hacer prevalecer la educación cívica, entreabrió un tema afín: el papel de la escuela y la familia en tales pretensiones.

En reunión del preuniversitario Eduardo García, de esta ciudad, trascendió la forma violenta de algunos padres con los profesores del centro. Lo peor es que tal distorsión fue abordada  en el espacio televisivo Cuba dice, donde educadores capitalinos denunciaron el fenómeno recurrente en varias escuelas habaneras.

Un foco rojo destella y sugiere la interrogante ¿Qué esperar de los hijos?

La frase martiana sobre el magisterio que encabeza este comentario, fue redactada  desde 1877, y todos los escritos del Maestro preponderan esa labor en los anhelos de concebir la Patria como ara y su espiritualidad como pedestal.

Prestigiar a los educadores, es hoy un imperativo. Hay quienes han inculpado la violencia a conductas corruptas en algunos, pero absolutizar no es justo.

Merecen un punto y aparte las urgencias económicas que apremian. Bien legaron los clásicos del marxismo: “antes de hacer arte, religión…, hay que comer y vestirse”.

No siempre el cobro de repaso acarrea falta de ética; conozco a muchos que aún en esa encrucijada, resguardan el alma. Atestiguo, por ejemplo, a una profesora de Química de la ESBU Juan Oláiz, quien me aseveró: “Yo no puedo recibir ganancias por mis propios alumnos, si acaso por los de otro nivel”.

Cuando reclamo cultivar el fervor hacia los docentes, se empalman comentarios anteriores. El 22 de diciembre pasado publiqué en nuestro sitio web una crónica a mis profesores y siento necesidad de retomar el tema; vuelven a volar las letras y esta vez sí vale la pena emborronar cuartillas.

Conté mi reencuentro en la anterior década con Norma Faxas, mi maestra de preescolar; la ocasión cobró ribetes de ternura. Hoy tiene 94 años, vive en La Habana y cada Día del Educador, por vía telefónica, puedo felicitarla; ella siempre me recuerda el libro Disquisiciones lingüísticas, que durante la última aproximación me regaló.

En cada niño ha habitado un maestro entre las primeras vocaciones; allí, en la enseñanza primaria transcurre el cese del tutelaje materno y otra figura emerge para suplantar el amor y la conducción. Casi todos recordamos la sucesión magisterial de primero a sexto grados.
Puedo citar, además, en mis recuerdos (remontados a la escuela Carlos Manuel de Céspedes), y en tal orden, a Olga, Merceditas, Sara, Alberto Lamí y el binomio Soraida-Noraida en la etapa final, junto a la directora Magaly Portela.

Jorge Toledo me comentó en la web  luego de leer el citado artículo: “No hay mayor orgullo (al pasar los años) que sentir el cariño de quienes fueron nuestros discípulos reflejado en una llamada telefónica, un mensaje de felicitación o un: ‘Profe, ¿cómo está?’. Coincido con usted, no hacen falta más lisonjas”.

Para perpetuar esa admiración, apremia dignificar la profesión de los maestros,  los cuales deben cumplir el llamado del gran Eusebio Leal, quien recientemente expresara en el congreso internacional Universidad 2018: “Urge que cada pedagogo deje como huella digital en arcilla húmeda, el sentimiento de la esperanza en el corazón de los alumnos”.

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