Un poeta cienfueguero sembrado en el universo de las tradiciones campesinas

Por los más de 50 años de trabajo sostenido en el rescate de valiosas tradiciones orales en los campos cubanos y su quehacer por el mejoramiento de las comunidades y sus gentes, Alberto Vegas Falcón, Veguita, como todos lo conocen, recibió el Premio Nacional de Cultura Comunitaria 2020.

“Me sorprendió Tin Cremata, por teléfono, con la noticia. Lo primero que me dijo, y yo lo escuchaba reír, fue una redondilla que Digno, el comentarista deportivo de Radio Ciudad del Mar, me había dedicado hacía tiempo y que salió publicada en el periódico 5 de Septiembre. Todo eso para después anunciarme que me habían otorgado el Premio Nacional de Cultura Comunitaria 2020.”

Veguita rompe a hablarme (creo que esa es una expresión guajira) y siento que en su voz vive el campo cubano. Tiene el don de la palabra que atrapa; el decir de muchos hombres y mujeres de campo que dicen a través de él.

“Es porque a mí me gusta conversar y oír lo que la gente tiene para contar”, sentencia Veguita.

“Yo iba a los pueblos, voy todavía, aunque no con tanta frecuencia, y mientras otros se entretenían en las tiendas, por ejemplo, yo me sentaba en los parques con los viejos a preguntarles, a conocer.

“A finales de la década del 70 a mí me dieron un Premio Nacional de Teatro. Y el premio fue un viaje a Santiago de Cuba. Entonces llegamos a San Luis. El ómnibus tenía escrito Cienfuegos y podía leerse a través del parabrisas. Paramos a tomarnos un café en ese pueblo y al bajar noto que hay un hombre mayor, delgado, sentado en la acera, que dice: Cienfuegos, la tierra del mejor poeta de Cuba. La gente siguió en busca del café, pero yo fui primero a hablar con el hombre.

“Le pregunto por qué dice eso, y me responde porque esa es la tierra de Luis Gómez.

-¿Y Usted conoció a Luis Gómez?

– Sí, sí. Él venía y se quedaba en casa de unos amigos a unas cuadras, muy cerca de aquí. Un día conversamos y me dijo que iba para Songo La Maya a visitar a otros amigos.

“Fue algo que descubrí cuando no lo esperaba. Solo por ese hábito de hablar con la gente y de escucharla”.

Porque a usted siempre le ha gustado investigar, le digo, aprovechando una pausa breve.

“Me atrajo siempre la investigación sobre la oralidad, los campesinos, sobre esas historias que contaban; también acerca de la décima, que es vaso comunicante entre los seres humanos y más en Cuba que, al decir del Indio Naborí, se aplatanó y se convirtió en un referente. El cubano prácticamente habla en octosílabos. Me fui adentrando en ese mundo con la única intención de trabajar y de ser útil”.

Y ¡Vaya que lo ha sido! Útil, quiero decir. Mientras redacto esta entrevista, repaso el libro Redondillas cubanas, una compilación de versos criollísimos que hiciera Alberto Vega Falcón y publicara la Editorial Mecenas de Cienfuegos.

Es imposible no disfrutar con lo que se lee en Redondillas… cuenta, por ejemplo, sobre la vez que, en el Poblado de Guaracabulla, por el año 1968, un poeta escuchó cuando alguien del público decía que este tenía cara de mango, a lo que el poeta respondió: A cada rato me fijo/que tengo cara de mango/pero no vivo en el fango/como el puerco que lo dijo. El poeta era Luis Gómez.

Buena parte de la obra de Veguita ha transcurrido en la montaña y le pregunto qué significa para él esa geografía agreste, tan querida también por este periodista.

“El Escambray llegó a mí, primero, en la Lucha Contra Bandidos, cuando yo tenía 14 años.  Pero siempre las montañas han ejercido sobre mí una profunda atracción visual.

“Para mí las montañas tienen un encanto, algo mágico que me atrae. Yo no me he perdido prácticamente ningún Festival del Libro en la Montaña, ni los festivales campesinos en la montaña.

“Me apasiona todo lo relacionado con la historia de los hombres y mujeres del Macizo de Guamuhaya… con ellos, te das cuenta de que estás ante un público excepcional. Yo creo que el público más agradecido que hay es el campesino y, sobre todo, el público integrado por las personas que viven en las montañas. No solamente aquí sino también en la Sierra Maestra y en algunos lugares que hemos visitado por allá por Guantánamo, por Granma. Es un público muy noble, muy bueno.

“Y toda esa atracción se ha revertido en mis investigaciones sobre las estampas y sucesos campesinos, sobre lo real maravilloso de nuestros campos, de la oralidad, del lenguaje guajiro, tan rico… el lenguaje de hombres y mujeres del campo tiene un encanto desde las frases que utilizan, que prácticamente nadie más las utiliza, y que es de una riqueza espiritual tremenda. Todo eso contribuyó a que me formara como investigador empírico, porque yo no tengo una formación académica como investigador. Todo ha sido a fuerza de corazón y a deseos de investigar.

“Cuando comenzamos a trabajar en Cultura pasamos mucho trabajo, porque teníamos salarios muy bajos y debíamos recorrer los campos, pero para mí era una maravilla las veces que salí con (Samuel) Feijóo”.

¿Qué historia me puede contar de esas caminatas con Feijóo?

“Fuimos una vez por La Amalia, en Ciego Montero, yo era de por allí, pero no conocía a las personas de la casa donde fuimos ni ellos me conocían a mí. Yo, un muchacho semi analfabeto, iba detrás de Feijóo, que era un caminante incansable.

“Ya estábamos cerca de la casa, cuando él me convida: ‘vamos para que veas a los mejores tocadores de guitarra y tres que hay por aquí’. Yo se lo creí; yo no sabía lo que era una corchea ni una semicorchea, una fusa ni una semifusa. Y entonces yo no podía dar mi criterio.

“Así que llegamos a la casa; la gente se alegró mucho cuando vieron a Samuel. Encantados, mandaron buscar al viejo y al hijo que estaban guataqueando un pedacito de tierra sembrada de yuca. Ellos vinieron, lo saludaron con tremenda alegría y Samuel, ‘yo le dije a mi amigo Veguita que ustedes son tremendos tocadores’. Ellos fueron al cuarto, sacaron un tresito y una guitarra, un poco desvencijados a mi observación, y tocaron varios sones.Tomamos café, todos muy contentos con la presencia de Samuel hasta que nos despedimos.

“Salimos a pie para Ciego Montero y cuando nos habíamos alejado un poco se paró, me puso la mano en el hombro y me dijo: ‘¡No saben tocar ni un caraj…! pero se creían que estaban en la escala de Milán’. Y agregó: ‘yo no los busco porque sean buenos tocadores, sino porque tengan buen corazón. Eso es lo que me importa.’

“De esa manera, Samuel Feijóo me dio una lección de humildad. Creo que esa es la anécdota más linda que tuve con él”.

Y después de todo ese andar que ha sido su vida, ¿qué opina de este Premio Nacional?

“Uno nunca persigue premios, la cuestión es trabajar por algo que te guste, por algo necesario desde el punto de vista social y humano.

“Por todo el trabajo que he hecho en las comunidades, en los barrios, en las zonas campesinas y demás, los compañeros de Cultura Comunitaria, con quienes trabajé como subdirector y especialista en Literatura durante casi doce años, decidieron proponerme.

“El ser humano tiene un ‘tin’ de vanidad en el corazón. Yo siento la alegría de que me hayan dado el premio; pero la satisfacción más grande radica en que he trabajado no por recibirlo, sino por trabajar. Es lo más importante.

“Ya te conté como Tin Cremata me llamó con la noticia. Hablamos un rato y colgamos. Como a los diez minutos me vuelve a llamar Cremata: ‘oye te tengo otra noticia buena, vas a tener que hacer una fiesta en el barrio, porque también el proyecto Con la Luz de los Colores, de Ciego Montero, mereció el Premio Nacional’.

“Sentí tanta alegría por el Premio del Proyecto de Ciego Montero como por el premio mío. Porque creo que ha contribuido al mejoramiento humano y eso es lo importante de los proyectos comunitarios, el mejoramiento humano; hacer a la gente mejores personas. Gracias a este proyecto, hay personas que se han salido del alcoholismo, del mundo marginal… ¡Ese el valor más importante! y me alegré mucho”.

Oye, pero no me has dicho la redondilla escrita por Digno, con la que Cremata te anunció el Premio.

“Veguita está muy mal hecho.

Es chiquito y cabezón,

pero tiene un corazón

que no le cabe en el pecho”.

Y en un intento más por sonsacarle la picardía guajira que le conozco y que tanto disfruto en los guateques campesinos, indago ¿Y el premio no te sugirió alguna décima?

“No. Todavía no”, responde pensativo y replica casi al instante, “pero ¿quieres que te diga una?”

Y ahí sí, desbordándole la mirada, descubro a ese niño que en plena travesura, corre por la guardarraya. Asiento.

Estoy contento porque

mis hijos, son hijos buenos

y mis nietos vasos llenos

de miel fina que castré.

Contento estoy porque eché

raíces en mi trabajo,

porque soy de los de abajo,

de los que nunca claudican

ni sus virtudes predican.

¡Qué contentura carajo!”

“Oye, y tú crees que te dejen poner esa palabra ahí”, me pregunta y sonríe.

Bueno, yo la voy a poner, respondo, y confío, secretamente, en que el editor jefe, no por ser mi amigo personal, sino por ser un buen cubano, deje pasar tan cubanísima expresión.

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