Perdidos, metáfora del desconcierto

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La tan elogiada como en pocas partes vista The Wire, junto a Prison Break, la multipremiada Los Soprano, Six Feet Under o Perdidos (Lost) resultan, entre otras, algunas de los brújulas o coordenadas de por donde andan los distintos conceptos argumentales, narrativos y estilísticos de la teleserie en la industria televisiva norteamericana, dentro de su llamada nueva edad de oro.  

Perdidos (ABC, 2004, fecha de inicio) fue de las teleseries mejor fraguadas en los últimos años por las televisoras estadounidenses, ante la cual no resulta gratuito el elogio, aunque sin exagerar.

Aunque escrita y dirigida por un equipo de guionistas y realizadores, a J.J. Abrams (creador de la serie Alias y director de la cinta Misión: Imposible 3), le cabe el mérito de ser el padre inspirador de la salida a flote de Perdidos de los astilleros de la productora. Él sostuvo que la premisa inicial suponía concebir una suerte de híbrido de Náufrago, la película de Robert Zemeckis con Tom Hanks, y el reallity show Survivor.

Aunque algunos han apreciado conexiones con series anteriores como Twin Peaks, realizada por David Lynch en los ´90; e incluso con materiales más antiguos como La isla de Gilligan, transmitida entre 1964 y 1967: también piezas corales de personajes en situaciones extremas.

La serie enfoca su universo dramático en cómo los sobrevivientes de un accidente aéreo deben urdir su estrategia de supervivencia en una isla innombrada del Pacífico, a lo largo de un período de convivencia que los convencerá de que tienen muchos puntos de contacto entre sí, al contrario de lo que en un principio estimaron.

En los primeros episodios creerán que no hay nadie allí, no sea una presunta bestia a la cual solo oyen pero no ven, curiosos y agresivos osos polares y una señal de auxilio que se transmitió de forma ininterrumpida a lo largo de 16 años por la radio de una enigmática francesa apellidada Rosseau que pese a su grado de evasión ha sabido autoeducarse bastante bien en el dominio de la naturaleza. ¿Estaríamos viendo demasiado o habría alguna alusión a través de ella a los postulados del famoso pensador galo del mismo nombre vertidos en su Emilio?

Luego, entran a escena nuevos misterios añadidos; y seres desconocidos (a quienes los recién llegados llaman “Los otros”), estaciones subterráneas, operaciones secretas con fines experimentales…

Entre el crisol étnico de los personajes principales, todos inexplicablemente vivos tras la colisión fatal del vuelo Sydney—Los Ángeles por ellos tomado sin excepción debido a razones de fuerza mayor y no solo a causa del azar, se encuentra el anglosajón doctor Jack (Matthew Fox) y la fugitiva de la justicia Kate (Evangeline Lilly).

Y además un hombre de raza negra de apellido Dawson (Harold Perrineau) con un hijo cuya custodia recuperó por la muerte de la madre, el extraño parapléjico que logra caminar al caer en la playa y la pareja de coreanos que intentan mantener su matrimonio vivo.

También cierta iracunda policía latina, un estafador, la embarazada a quien cierto pitoniso le auguró un destino trágico para su hijo, así como un ex torturador del ejército iraquí (árabe el hombre y no estadounidense: no desestimen el veneno ideológico) en procura de redimirse…

En las subyacencias de este aquí hipersintetizado argumento se ubica la estela de significados de un serial que representa sagaz metáfora del estado de paranoia e inseguridad del ciudadano norteamericano, de su desconfianza hacia el Otro condicionada por una historia de modelación del pensamiento a través del aparato ideológico.

Ello, en última instancia, deviene pertinente traducción de un estado mental sujeto a los síndromes del acoso, el desconcierto y la vigilancia.

En su enfoque, Perdidos de algún modo alude a la teoría de la conspiración, tan cara al audiovisual estadounidense, no siempre para bien.

Teoría que en Estados Unidos el stablishment, mediante su brazo derecho de Hollywood así como a través de otros medios y métodos de persuasión, por lo general ha intentado vaciar de significado en todo cuanto pueda representar de perjudicial para el gobierno.

Tanto es así que la ha llevado al punto de imprimirle una aureola de mitificación signada por la ligereza, o las simplificaciones, o “conflictos” donde tiende a incorporarse una parte “inmaculada” y pura dentro del equipo gubernamental dispuesta a resolver cualquier caos a la postre.

O sea, que se habla de esos malos en la sombra que urden complots, pero entrevistos como entes aislados quienes (no importa su grado de poder) por alguna vía suelen ser neutralizados.

No obstante, de cierta forma algunos exponentes de la televisión estadounidense de última generación, sin dejar a un lado sus objetivos comerciales primos, han vislumbrado con cierto grado de nitidez los contornos del universo orwelliano en que fue sumida la población local.

La mayoría de estos convergen en espacio temporal con una de las administraciones más implicadas en conspiraciones, crímenes y asuntos sórdidos de toda traza en el planeta, durante la cual sucedió un hecho histórico clave como el 11 de Septiembre que revolucionó a temperaturas inusitadas temas tales.

Aquí podrían entrar, con niveles desiguales de valores, pero montadas en carriles emparentados que van a parar a la misma estación de la cultura del miedo en que fue convertida la gran nación de las cincuentiuna estrellas, las inevitables y copiadísimas Expedientes X y 24, junto a Treshold, The Nine, Prison Break, Los 4400, Héroes o Six degrees.

Resulta común que los períodos donde arrecia el extremismo político, exista una respuesta en las expresiones artísticas, algo más que demostrado en las distintas manifestaciones a través de la historia.

A tono con dicha cuerda, Perdidos ahonda con superior nivel de holgura en temáticas a veces escudriñadas solo de soslayo por la pantalla grande e ilustra en su relato -cuya acción continua no desmerita su código simbólico-, la aparición en el contexto contemporáneo occidental de actores sin rostro pero de extraordinario poder.

Estos son agencias, corporaciones, ministerios secretos…, que ejercen control sobre los ciudadanos y las sociedades, lo cual en la serie se grafica mediante el curso vital de personajes sometidos a fuerzas desconocidas que los controlan.

Fuerzas que incluso les dictan pautas e impelen a tomas de decisiones donde pueden eventualmente quedar no en muy buen recaudo nociones como ética, civilidad, coexistencia pacífica entre las razas, etnias y religiones.

El trazado de los ventitantos personajes principales permite una exposición de de no solamente las angustias que enervan el subsconsciente social estadounidense, sino del prisma con el cual observa los fenómenos el ciudadano medio de esa nación a partir de un guión de vida cocinado en laboratorio.

Libreto vital que se reduce en muchos casos a vivir de sí y para sí, sin importarle un comino lo que rumia y sufre el resto del mundo, el cual deben trastrocar a partir de la caída del avión en la isla y la necesidad de apoyo mutuo, en tanto elemento irrecusable de subsistencia aplicado ya en los albores de la especie.

Desde el aspecto formal, Perdidos representa botón de muestra de la reformulación de la dramaturgia de las nuevas series y los cambios en su empaque, ritmo o expansión del repertorio argumental. Igualmente, de la atención cuidadosa dl bordado psicológico de los personajes.

Este exponente, a la manera de Prison Break, pero con mayor énfasis, apela a la estética de fragmentación del relato y al seguimiento al unísono de múltiples líneas narrativas, en lo que quizá sea su más visible punto de diferenciación con teleseries de etapas pasadas.

Perdidos se monta en varios planos narrativos donde el empleo del flash back o retrospectiva y el flash forward o salto adelante se integra al presente con soberana naturalidad, en aras de justificar dramáticamente lo que está por definirse en el proceder de los personajes o en pos de entender sus motivaciones.

Y también, a fin de diversificar espacialmente el relato, con añadido valor descondensatorio.

La historia, sinuosa como una serpiente cascabel en el desierto de Nevada a la caza de su presa y repleta de turning points o puntos de giro, resulta paradigmática en el manejo de los grados del suspense; y si un elemento precisa ponderarse por arriba de los demás es su impredicibilidad.

El relato mantiene en estado de desasosiego permanente al espectador a través de las constantes vueltas de tuerca y cabos sueltos, que se nos vuelven a desanudar ante los ojos cuando ya los presuponíamos amarrados.

Pero, en la propia concepción de esta fórmula narrativa van contenidas las bases de su autoaniquilación. La anterior afirmación se sustenta en lo siguiente: Resulta tan acusado ese machacar en conseguir el factor sorpresa a ultranza, el intento de lograr un clímax (artificial a veces a todas luces) cada pocos minutos, la insistencia en epatar, en jugar constantemente la carta del golpe de efecto para desconcertar al público a como de lugar, que llega a cansar por su abuso.

Ese es el principal lunar de la serie, a lo que cabría añadir la carga de reiteraciones en que incurre.

Si por un lado se acude bastante al factor ocultación de información, la sucesión de situaciones argumentales parecidas lastra un producto de entretenimiento que se recibe de buen grado por su notable hechura y trepidante ritmo, pero al cual no por ello tampoco confundimos con el summun de excelencias del seriado televisivo. Sin que aquí tenga nada que ver su discutidísimo y popularmente poco aceptado cierre.

2 Comentarios

  1. Veía esta serie pues me parecía entretenida, pero considero que no es una serie tan buena, la veo de medio palo. Vaya, mi más humilde opinión… SALUDOS!!!

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