Parque Martí de Cienfuegos: 35 años como Monumento Nacional

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Foto: Juan Carlos Dorado (Centro de Documentación)

Cuando el 20 de noviembre de 1982 el parque José Martí de Cienfuegos, y su entorno, fue declarado Monumento Nacional, el pueblo sintió crecer en el pecho la emoción y el orgullo de su ciudad.  La ceremonia de ese acto estuvo presidida por Armando Hart Dávalos y otras personalidades de la cultura nacional y local.

Esa área fue punto de partida del trazado original de la colonia Fernandina de Jagua en 1819, con sus calles rectas y anchas y por sus portales famosos por la belleza de sus columnas y ese preciado espacio para la sombra y la protección acogedora.  El conjunto de edificaciones que rodea el parque, celosamente conservado y restaurado, es exponente del estilo neoclásico que caracteriza esa etapa de nuestro proceso y desarrollo cultural y social.

Son muchas las razones culturales, históricas, patrióticas, incluso personales en el recuerdo de sus habitantes, que merecieron ese honor de nominarse Monumento Nacional aquel 20 de noviembre de 1982.  Pero después,  a partir del 15 de julio de 2005, los cienfuegueros comenzamos a residir en un entorno que es ya apreciado como  Patrimonio Cultural de la Humanidad,  un reconocimiento y premio que el organismo cultural de la ONU,  la UNESCO, reserva para muy pocos lugares del orbe.

Es una distinción conmovedora y una responsabilidad inmensa que debemos continuar mereciendo y conservando.

La construcción y belleza del parque de dos manzanas de área física, con la estatua del héroe que le da su nombre en el centro; la casa del Fundador, Don Luis D’Clouet; el colegio de Artes y Oficios San Lorenzo; el edificio del antiguo Ayuntamiento, hoy sede del gobierno del Poder Popular; el antiguo Casino Español, hoy Museo Provincial; el teatro Tomás Terry; el Palatino, uno de los establecimientos comerciales más antiguos; el palacete donde radica la Casa de la Cultura; el cuartel de Bomberos, y otras instalaciones del contexto, nos aportan esa doble condición cultural e histórica del entorno al que siguen numerosas manzanas, rigurosamente trazadas antaño, con sus edificaciones cuidadas por el sacerdocio conservadurista de Irán Millán y sus acompañantes en la magna obra de apasionado valor que es cuidar de la belleza del entorno y de la cultura de sus habitantes a los que nos obliga, por amor y por proyección de connotación universal, contribuir a mantener tales condiciones titulares.

Se ha acusado a los cienfuegueros de ser “orgullosos”.  Se trata de un orgullo colectivo que es más bien mérito que falta de virtud.  Es que los cienfuegueros sentimos sano orgullo, no vanidad, de lo que recibimos y lo que conservamos y guardamos para generaciones posteriores y para mostrar con cariño a los visitantes.  La ciudad y en especial el Parque José Martí y su entorno, incluso el mar que nos rodea y acaricia,  guardan recuerdos imborrables desde la niñez y adolescencia.  Ese ha sido el escenario de las cosas más importantes de nuestras vidas. Allí aprendimos a patinar, estrenamos la primera bicicleta, nos enamoramos por primera vez, dimos y recibimos los primeros besos de amor, escuchamos el Himno Nacional y los primeros compases musicales desde los alrededores de la Glorieta donde los músicos de la Banda Municipal utilizaban artísticamente sus instrumentos; allí escenificamos las primeras “tánganas” estudiantiles contra los desgobiernos de turno, participamos de huelgas proletarias y protestas populares contra tantas injusticias de “aquella República” neocolonial. Allí aprendimos a luchar con las armas en las manos. Aprendimos la cultura de la resistencia.

En nuestro Parque José Martí tuvimos la presencia  vigorosa de Fidel Castro, al menos en dos oportunidades inolvidables, el 12 de noviembre de 1950 cuando era líder de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y vino a apoyar una huelga de estudiantes secundarios, y el 6 de enero de 1959 cuando desviándose de la Carretera Central por donde avanzaba hacia La Habana, desde Oriente, la Caravana de la Victoria, entró a la ciudad porque, como dijo en el primer encuentro multitudinario con el pueblo sureño, en el Parque Martí en que se produjo la primera empatía colectiva,  “a Cienfuegos había que venir, a recordar a los mártires gloriosos del 5 de septiembre y a saludar a este pueblo heroico”.

Después recorrería nuestro territorio en múltiples ocasiones en las tareas revolucionarias que convirtió nuestra ciudad en una de las más industrializadas de Cuba, y acompañando a visitantes extranjeros de todo el mundo.

También los edificios del entorno del parque Martí fueron escenario cruento del alzamiento popular revolucionario del 5 de septiembre de 1957 contra la dictadura pro-imperialista de Batista, cuando se convirtieron en trinchera y parapeto para resistir la salvaje represión de un régimen impuesto que recibía todo el apoyo del imperialismo norteamericano y que nos dejó decenas de muertos y una experiencia de resistencia que nos acompañará siempre.

Sí, son muchas las razones, muchos los diversos sentimientos de emocionados recuerdos colectivos y personales que permiten apreciar estas distinciones que aparecen prendidas en el pecho de la ciudad y en los corazones de sus habitantes.

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