¡Papá, Felicidades!
Ser padre es la aventura del cariño, de la entrega incondicional. /Foto: Internet

Ser padre es la aventura del cariño, de la entrega incondicional. /Foto: Internet

No pretendo un acercamiento filosófico, ni siquiera muy científico del asunto. Esta es una cuestión de sentimientos.

Y es que como a las madres, creo sinceramente que a los “autores” de nuestros días les debemos más que un tercer domingo de junio. Padre es cualquiera, sí. Cualquiera que esté dispuesto a dejarlo todo por el retoño que bien sabe crecerá, pero es su retoño y punto.

Ser padre es la aventura del cariño, de la entrega incondicional; de estar ahí para nosotros, aun cuando nuestras decisiones no sean del todo comprendidas; ser Padre, es preocupación constante; dejar lo que se está haciendo porque hay que conversar, dar una vuelta por la escuela; pero por sobre todo estar quizás no tanto físicamente pero si en la emoción y el sentimiento.

Por esas cosas que tiene la vida, mi papá (jamás lo he podido llamar de otra manera) no está cerca de mí. Geográficamente más de 300 kilómetros separan a Cienfuegos de Camagüey; pero en mi yo interior está cada día.

En él y sus consejos pienso cuando la marea bate fuerte y pretende tambalearme porque aunque es tan de carne y hueso como todos tiene el don de la serenidad y de ver un poco más allá y darme luces, ofrecerme posibles caminos para que sea yo quien decida cuál transitar. Ha sido así durante 48 años y no sólo conmigo que soy la hija hembra, aunque no la “más chiquita”, también con mis dos hermanos y mi joven sobrino, su nieto de 23 años y hasta con Camila, la otra nieta, el solecito de tan sólo 4.

Y sé que ese sentimiento no es privativo mío. Estoy segura de que muchos hijos, sobrinos, nietos, hermanos sienten el orgullo de contar con un PADRE, así en mayúscula, no por obra de lo fortuito sino de la sangre y también del amor y el apego.

Aunque junio, en su tercer domingo, se consagra a la salutación y los regalos a los papás, cada uno de los días debe ser el momento ideal para prodigarle afectos, conversar con ellos y escucharlos, salir; compartir; en fin apreciarlos en su justa dimensión y decirles con voz cálida y amorosa: ¡Felicidades!

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