El palacio arrabalero tiene nombre de mujer

Esta vez sí lo estarían esperando, literalmente, con las puertas abiertas.

Sí, por fin podría echarle un ojo de cerca a la hermosa escalera de caracol que lleva hasta la terraza, los amplios salones, los candelabros brillantes, la madera de ébano en el techo, el embaldosado y los muebles llenos de pasos y huellas perdidas…

Pero al atravesar por vez primera el portón señalado con su 1904 encima, se disipó toda la maravilla interior que una vez ostentó la casa vivienda del antiguo ingenio San Francisco, inmueble de la gran Marta Abreu de Estévez.

Observó todo por dentro como si viera a una anciana centenaria harapienta, moribunda, sin alientos; llena de restos, escombros, manchas, heces de murciélagos, churre, y un olor mohoso en el aire que le hizo estornudar al instante.

Dos señoras, Gladys y Sonia, lo escoltaron por el recinto. Una de ellas, promotora cultural en esa zona rural, mostró su jovialidad durante todo el recorrido. No obstante, ambas lo hicieron sentir como un verdadero huésped, porque la gente humilde del campo es así: afable y sincera, valiosa.

Aquí da lástima, de verdad, la madera. ¡Cuánto hubiese podido recuperarse! ¡Mira ese techo cómo está!”. Vigas agrietadas, pero gruesas…

Gladys, con vacilaciones, baja la cabeza y se concentra ahora en los pisos mugrientos. “Ven por aquí, para que veas el segundo nivel”.

Decenas de lozas, como glóbulos rojos arrancados de sus venas, daban un aspecto cancerígeno al salón, y la gangrena, subiendo rasa por las paredes.

El suelo —bastante ondulado—, exhibía un desnivel peligroso. Pero aun así continuaron.

El cielo negro compuesto por tablazón y falso techo estucado, se tornaba ocre en ciertos puntos, y casi en el extremo derecho del local, un trozo enorme de madera pútrida colgaba a buena altura, esperando el momento súbito.

Al llegar a la terraza y apreciar toda la comarca desde allí, surgieron muchas reflexiones, y no solo por parte del invitado.

¡Qué lejanos parecían los 50 mil pesos en oro, que ofreció la benefactora a su hermana Rosa Abreu, con el objetivo de comprar aquella industria con nombre de santo!

Interés había de su parte, y mucho. Los retazos de una máquina de vapor original, abandonada frente al viejo palacio, así lo demuestran. Inscrita con un “1890” forjado en metal, fue un artefacto enviado exclusivamente al “San Francisco” desde los talleres ferroviarios franceses de la Compagnie de Fives-Lille pour constructions mécaniques et entreprises (Compañía de Fives-Lille para construcciones mecánicas y empresas).

Un objetivo mucho mayor y loable

Ceñir solo al plano económico el interés de la Abreu, por acopiar un equipo de esa categoría a su central, es una torpeza. Hoy, aquel ingenio llega hasta nosotros como el único que tuvo carácter social, mucho antes de la Revolución del ’59. Afirmación refrendada en el testamento de Marta, donde dejó bien claro que cada año los herederos debían repartir un porcentaje de las ganancias de este, al Asilo de Ancianos y a la Escuela de Señoritas de Santa Clara.

Pero han pasado 126 años de aquella compra efectuada en Francia, tiempo suficiente para que los que hoy despotrican contra las ignominias sociales de aquella época, obvien el carácter y la buena voluntad de esta señora.

Lorenzo Torres —anciano teñido de campo y con olor a sembrado—, acudió hasta la azotea, y afablemente, comentaba entusiasmado: “Con la construcción de la primera casa en 1894 donde está este palacio, que duró al menos diez años, llegaron los problemas con el presidente Estrada Palma, y nuestra dama patriota ofreció grandes propiedades para la causa de aquella guerra tan necesaria”.

Con toda certidumbre conocía el anciano la cifra total: 95 mil pesos en cheque, con seudónimo, dirigido al General Máximo Gómez. El octogenario recordaba también el juramento que hiciera la filántropa santaclareña, quien afirmó que vendería su joyas, su casa, el central, todo por la causa emancipadora.

Según me contaba mi abuelo, cuando Marta llegaba al ingenio desde la caseta-apeadero del tren, en cada palma de esas que ven por el camino, iban los esclavos a lanzarle flores”.

Aquella devoción e interés de la gran Marta Abreu por mantener su pedacito de industria cañera, el palacete, sus jardines, las fuentes, y el respeto hacia sus esclavos —que para los albores del siglo, fue un rasgo insólito entre los terratenientes—, ya no existe. El aspecto del actual batey, lo confirma.

Todo lo anterior se quedó encerrado en la añeja residencia. Pero allí, ciertos fantasmas lo rondan; encolerizados quizás por cómo perdura hoy el legado de una extraordinaria mujer.

Delvis Toledo De la Cruz

Delvis Toledo De la Cruz

Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas en 2016.

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