Otro crimen imperial | 5 de Septiembre.
mar. Jul 23rd, 2019

Ramón López Peña. /Foto: Tiempo 21

El dedo asesino de un marine norteamericano, entrenado para matar, haló el gatillo de su arma y el proyectil le penetró por el cuello al soldado cubano guardafronteras Ramón López Peña, el 19 de julio de 1964. Ni su familia ni los cubanos hemos olvidado este crimen imperial.


El recio carbonero, Andrés López, padre de Ramón, recuerda que cuando su hijo marchó a guardar las fronteras de la Patria, le aconsejó:  – No te descuides mi’jo porque esos marines del lado de allá, son capaces de cualquier cosa”.  Andrés sabía por qué aconsejaba así al mayor de sus doce hijos. Las recientes provocaciones desde la Base Naval ocupada por los yanquis, eran un peligro real.

Cuando el joven Ramón se marchó de su hogar, en cumplimiento del Servicio Militar General, en la frontera de Guantánamo, dejaba atrás sus fantasías de niño, su pastoreo en la finca de sus abuelos, las zambullidas en el río, la incorporación voluntaria a las Milicias en su lugar de origen, la Lucha Contra Bandidos en la zona de Manatí, las jornadas de estudio y de trabajo…, tenía apenas quince años de edad.

Cuando el día aciago entró de guardia, el compañero saliente le informó que a las 5 y 37 de la tarde, los soldados norteamericanos habían lanzado piedras, ofensas y hasta rastrillado fusiles hacia la parte cubana. Al hacerse cargo de la guardia, lo comenta con su otro compañero que entra al servicio de guardia con él: “me parece que esta noche va a haber problemas”.

Un rato después, pasó visita el segundo jefe del destacamento de Ramón y el instructor político. Ambos alertaron a los soldados del peligro.

A las 7:07 de la tarde-noche, una ráfaga desde las coordenadas 43-67 deja un trazo a los pies de los dos guardafronteras cubanos. Corren a las trincheras como disponen los reglamentos. Un rato después nuevos proyectiles surcan el aire. Ramón se tambalea y cae. Su compañero Héctor Pupo grita:  – ¡Han herido a Ramón!…   La sangre brota incontenible. El pulso se detiene. No hay respiración.

Hay un silencio entre las alambradas que separan dos mundos muy diferentes. Se escuchan sollozos contenidos de los dignos. Risotadas desde la parte del crimen.

La triste noticia va al hogar. Eunomia, la madre, lleva sus manos a la cabeza, cierra los ojos y siente que muere también. Hay consternación en el país entero. El padre, el recio carbonero Andrés, monta en un jeep de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que lo lleva a Guantánamo. Siente como si su hacha de monte la llevara clavada en el pecho.  Recostada a él, silenciosa, va Eunomia. No viste su sencilla ropa de campesina, quiso vestir su uniforme de miliciana.  Explica:

–  No daré a los asesinos de mi hijo el gusto de que vean mis lágrimas.

Vilma Espín no se separó de ella. Ni Raúl. Ni Cuba. El viejo campesino pide que le dejen ocupar el puesto de su hijo en la trinchera. Le entregan el carnet de militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, otorgado post mortem a Ramón, que lo estaban procesando para esas filas. Andrés lo acaricia como si fueran las manos de su hijo.

Años después, la hermana que no conoció a Ramón, llamada Carmen, comentó:

–  Yo nací después de su muerte, pero lo recuerdo todos los días como si me hubiera cargado en sus brazos cuando niña, como si hubiera jugado conmigo, como si me hubiera dado el ejemplo, los consejos y el cariño que le daba a todo el mundo y que hoy sigue dando allá en la Brigada de la Frontera, entre sus jóvenes compañeros.

Esos son los sentimientos de una familia de revolucionarios cubanos. La familia que crió hijos como Ramón López Peña.

Noticias relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles