Otro crimen imperial

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Ram√≥n L√≥pez Pe√Īa. /Foto: Tiempo 21

El dedo asesino de un marine norteamericano, entrenado para matar, hal√≥ el gatillo de su arma y el proyectil le penetr√≥ por el cuello al soldado cubano guardafronteras Ram√≥n L√≥pez Pe√Īa, el 19 de julio de 1964. Ni su familia ni los cubanos hemos olvidado este crimen imperial.


El recio carbonero, Andr√©s L√≥pez, padre de Ram√≥n, recuerda que cuando su hijo march√≥ a guardar las fronteras de la Patria, le aconsej√≥:¬† – No te descuides mi’jo porque esos marines del lado de all√°, son capaces de cualquier cosa”.¬† Andr√©s sab√≠a por qu√© aconsejaba as√≠ al mayor de sus doce hijos. Las recientes provocaciones desde la Base Naval ocupada por los yanquis, eran un peligro real.

Cuando el joven Ram√≥n se march√≥ de su hogar, en cumplimiento del Servicio Militar General, en la frontera de Guant√°namo, dejaba atr√°s sus fantas√≠as de ni√Īo, su pastoreo en la finca de sus abuelos, las zambullidas en el r√≠o, la incorporaci√≥n voluntaria a las Milicias en su lugar de origen, la Lucha Contra Bandidos en la zona de Manat√≠, las jornadas de estudio y de trabajo…, ten√≠a apenas quince a√Īos de edad.

Cuando el d√≠a aciago entr√≥ de guardia, el compa√Īero saliente le inform√≥ que a las 5 y 37 de la tarde, los soldados norteamericanos hab√≠an lanzado piedras, ofensas y hasta rastrillado fusiles hacia la parte cubana. Al hacerse cargo de la guardia, lo comenta con su otro compa√Īero que entra al servicio de guardia con √©l: “me parece que esta noche va a haber problemas”.

Un rato después, pasó visita el segundo jefe del destacamento de Ramón y el instructor político. Ambos alertaron a los soldados del peligro.

A las 7:07 de la tarde-noche, una r√°faga desde las coordenadas 43-67 deja un trazo a los pies de los dos guardafronteras cubanos. Corren a las trincheras como disponen los reglamentos. Un rato despu√©s nuevos proyectiles surcan el aire. Ram√≥n se tambalea y cae. Su compa√Īero H√©ctor Pupo grita:¬† – ¬°Han herido a Ram√≥n!…¬†¬† La sangre brota incontenible. El pulso se detiene. No hay respiraci√≥n.

Hay un silencio entre las alambradas que separan dos mundos muy diferentes. Se escuchan sollozos contenidos de los dignos. Risotadas desde la parte del crimen.

La triste noticia va al hogar. Eunomia, la madre, lleva sus manos a la cabeza, cierra los ojos y siente que muere también. Hay consternación en el país entero. El padre, el recio carbonero Andrés, monta en un jeep de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que lo lleva a Guantánamo. Siente como si su hacha de monte la llevara clavada en el pecho.  Recostada a él, silenciosa, va Eunomia. No viste su sencilla ropa de campesina, quiso vestir su uniforme de miliciana.  Explica:

–¬† No dar√© a los asesinos de mi hijo el gusto de que vean mis l√°grimas.

Vilma Esp√≠n no se separ√≥ de ella. Ni Ra√ļl. Ni Cuba. El viejo campesino pide que le dejen ocupar el puesto de su hijo en la trinchera. Le entregan el carnet de militante de la Uni√≥n de J√≥venes Comunistas, otorgado post mortem a Ram√≥n, que lo estaban procesando para esas filas. Andr√©s lo acaricia como si fueran las manos de su hijo.

A√Īos despu√©s, la hermana que no conoci√≥ a Ram√≥n, llamada Carmen, coment√≥:

–¬† Yo nac√≠ despu√©s de su muerte, pero lo recuerdo todos los d√≠as como si me hubiera cargado en sus brazos cuando ni√Īa, como si hubiera jugado conmigo, como si me hubiera dado el ejemplo, los consejos y el cari√Īo que le daba a todo el mundo y que hoy sigue dando all√° en la Brigada de la Frontera, entre sus j√≥venes compa√Īeros.

Esos son los sentimientos de una familia de revolucionarios cubanos. La familia que cri√≥ hijos como Ram√≥n L√≥pez Pe√Īa.

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