Osama: ser niña-mujer en Afganistán, el peor de los infiernos

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No es Bin Laden, sino una niña de doce años la nombrada Osama y protagonista de la cinta homónima afgana dirigida en 2003 por Siddiq Bermak, merecedora del Globo de Oro al Mejor Filme Extranjero un año después.

A la pequeña no le queda otro remedio que aparentar ser varón, porque el régimen talibán le prohíbe Todo a la mujer – entre ese Todo figura trabajar también-, y ella debe impedir que su paupérrima familia muera de inanición, realizando alguna labor que le proporcione un mínimo jornal. Aunque solo le dé para traerle una sandía al anochecer a la madre y la abuela.

Hay películas que nos hace dudar si somos humanos o una especie de virus letal en fase de mutación (como definiera alguna vez Noam Chomsky ciertas conductas de la especie). Osama, pura bilis derramada para manchar la alfombra de lo inverosímil, quebranta nuestra certeza teológica del triunfo del bien. Todo cuanto sucede en el itinerario vital de esta niña es tan aberrante, sórdido y deshumanizante que hace sangrar los tobillos y muñecas de la
esperanza, para inri de la especie.
Es preferible ser camello que mujer en el Afganistán donde pusieron en una pica la cabeza de Najibullah, y luego controlara -o aparentara hacerlo- el imperio norteamericano, cuyos comandantes guiados desde la Casa Blanca y el Pentágono nada hicieron por subvertir el status quo de indefensión en que se encuentra el sexo femenino en esa nación asiática. (Que lo suyo y lo de la OTAN tuerce a otro giro: geoestrategia, control de todo cuanto en este mundo se acerque a Rusia y petróleo).
Con talibanes o invasores estadounidenses, a quienes les importa un rábano la condición de humillación extrema experimentada por la mujer allí, las Osamas posibles de la tierra del opio siguieron siendo el estropajo con que son lavados los trastes bajo la pila.
Osama, Cámara de Oro en el Festival de Cannes y Espiga de Oro en la cita análoga de Valladolid, constituiría la opera prima de Siddiq Bermak; si bien no lo asemejase, en tanto el debutante, también autor del guion, le impregnó una carga de tensión de ritmo sostenido a su opus a la manera de un consagrado, amén de proyectar una fortísima mirada de complicidad sobre el personaje de esa niña con cara de ángel cuyo via crucis veremos plano a plano.

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