Oro diablo: filme venezolano en la tradición regional

Hay una contradicción entre su ecologista nota introductoria y las parrafadas verdes con que internacionalmente ha sido promocionada una película como Oro diablo (José Novoa, Venezuela, 2000), y el real cariz de un discurso que con mucho supera la cuestión del daño natural producido en la Amazonia por la extracción aurífera, para enmarcarse, de pleno, en la inveterada tradición regional de un cine de denuncia (o exposición) de males endógenos, el cual viene haciéndose en Latinoamérica hace ya más de medio siglo, y que tiene en la Venezuela de las últimas décadas interesantes expresiones.

En Oro diablo, más que entornos o hábitats, guardan preeminencia las condiciones paupérrimas en que debate su existencia la gente de estos poblados mineros cercanos a la frontera brasilera, gobernados por padrotes a base de dos palabras mágicas: pistolas y bolívares. Sitios perdidos en el infierno prechavista donde la miseria de los buscadores de oro raya lo extremo y el hombre está obligado a descender a simas de humillación para malvivir un presente de esclavitud sin mañana posible. Fuente germinal de lo peor de la especie: odio, venganza, avaricia.

Por tanto, el principal valor de esta obra -coproducida con España- radica en la perspectiva factográfica que la anima y la convierte en un irrecusable, verista documento expositor de la tragedia callada de unos seres relegados por la exclusión y el silencio cernido en torno a su drama. En este sentido, el largometraje adeuda signos de gratitud con la estética y los objetivos del cinema novo y se hace imprescindible delimitar sus vasos comunicantes con dos piezas claves de tal movimiento: Vidas secas y Selva trágica, una y otra centradas en percances colectivos de perfiles análogos. Si bien, su mayor identificación con el pasado fílmico queda establecida con Araya, importante pieza de la documentalística venezolana filmada en 1959, e inspirada en las condiciones de vida y trabajo de los salineros de esa península caribeña.

Aunque el filme impresiona a causa del descarnado naturalismo de sus imágenes y la objetividad con que logra captar, siendo una obra de ficción, la angustiosa realidad de un microcosmos social carcomido por la desesperanza, su visión fenoménica peca de reductiva y es huérfana de elementos interrelacionadores con las bases generadoras de semejante problemática, de goznes interconectivos con el bochorno seglar de un continente saqueado. Papayal, este pueblecito, no constituye un coto cerrado ni un eslabón aislado de una región secularmente expoliada, y pese a que la película cierra con esa brillante metáfora de los extranjeros que propalan desde el helicóptero su derecho sobre esas tierras, no existe aquí una voluntad escudriñadora y todo queda en el planteamiento dérmico. Se extraña el hálito condenatorio, un desarrollo o al menos un desenlace cuya dinámica fuese propulsada por la rebeldía (las muertes del capataz y de Mulligan representan acciones aisladas motivadas por sentimientos primarios, no por conciencia de grupo), al estilo de Redes, el clásico mexicano de Zinneman, o La sal de la tierra, aquella primigenia producción independiente norteamericana. En ambas, pescadores y mineros, respectivamente, tenían un papel más activo ante su desangre diario de maltrato laboral.

Quizá el realizador de Oro diablo, José Novoa -cineasta valiente a quien debemos ese poderoso alegato sobe la violencia infantil, los bajos fondos y el narcotráfico titulado Sicario– eludió semejantes derroteros para escapar de una narración panfletaria que hiciera agua su relato, pero lo cierto es que debió hundir más su escalpelo. De intentarlo, hubiera hecho una cinta más consistente de esta Oro diablo, en cuya fuerza primitiva de las formulaciones estriba tanto sus encantos como sus limitaciones. Manifestadas éstas, sobre todo, en la estereotipia en la concepción de los personajes y el conflicto dramático, en composiciones escénicas poco imaginativas, encuadres reiterados, abuso de las tomas aéreas, pobre explotación de primeros planos para graficar el sufrimiento de los personajes, diálogos tambaleantes, actuaciones desiguales…

Julio Martínez Molina

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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