¡No más!

Trescientos años de esclavitud a la América africana parecieron no bastarle a los déspotas que gobiernan los Estados Unidos, e instituyeron el racismo como política de estado, porque ¿qué si no, significa coartar derechos de forma institucionalizada, desfavorecer económica y sanitariamente, llenar las cárceles del país de jóvenes negros, dejar de modo criminal que una pandemia los elimine, permitir que los agentes uniformados los masacren en las calles?

Los policías asesinos no son entes independientes, nunca lo fueron. Responden a un modelo político sustentado en el privilegio de la mayoría blanca sajona y en la discriminación a las clases sociales preteridas y especialmente a los negros, a quienes odian y desprecian.

El asesinato de George Floyd, motivo original de, hasta hoy, nueve días de protestas masivas alrededor de los Estados Unidos, constituye la consecuencia de un proceder continuado e impune de las fuerzas policiales contra dicha comunidad. Pero, sobre todo, de la clase dominante contra el pueblo de ese país. Las manifestaciones, por tanto, sobrepasan por mucho el tema de inspiración y alcanzan el rechazo al mismo principio de articulación de mecanismos de sojuzgamiento popular concebidos para mantener aplastadas a las masas. Parecen decir: ¡No más! Basta ya de tanto abuso.

La tempestad social que sacude hoy a la nación más rica y desigual del mundo podría no ser otra revuelta contra la injusticia de las tantas escenificadas en la historia de la nación, repleta de atentados a la integridad del pueblo negro. Podría convertirse en un clamor de justicia unánime, activo en el tiempo; pero no solo de los afroestadounidenses, sino también de las minorías, los vapuleados por el sistema, los pisoteados de siempre por poderes definidos en función de los omnipotentes, al servicio de las clases dominantes, en contra de los necesitados.

Estados Unidos es un enigma convertido en país. Habría de suceder todo, habría de suceder nada. Intentar adivinarlo resultaría inútil. Pero cuanto sí no cabe duda es que movimientos colectivos de respuesta como el que está en curso ahora contribuyen —de forma fehaciente— a la necesaria maduración de esa conciencia social indispensable para que, de una vez por todas, “el pueblo de Seattle”, “la gente del Ocuppy Wall Stret”, “el 99 por ciento contra el uno por ciento”, adopte el inevitable compromiso político contra un sistema que no solo es cervalmente racista, sino además excluyente por razones de condición social, con siglos de atraso en su estructura constitucional, asimétrico en la cobertura de los derechos elementales del ser humano.

Más allá del orden interno de la nación del norte, es un sistema de depredación mundial montado en contra de la propia existencia de la raza humana, que siembra de guerras el mundo, amenaza, destruye y bloquea a países por décadas, por el único crimen de pensar diferente.

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Julio Martínez Molina

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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