Ni la primera mujer ni el último combate | 5 de Septiembre.
dom. Dic 15th, 2019

Ni la primera mujer ni el último combate

Conocía de antemano que por la zona que “peinaba” había varios pozos, de los secos, cuando de pronto se sintió caer al vacío. Pero Yarelis Suárez Cruz es una mujer entrenada para todas las circunstancias, incluso las más difíciles, y entonces recordó aquella ocasión cuando se lanzó en paracaídas, y como un flashazo repasó la postura aprendida en caso de emergencia: estiró los brazos doblando los codos, las palmas de las manos hacia abajo, abrió las piernas a la altura de los hombros y flexionó las rodillas levemente. Apenas transcurrieron dos segundos y ya estaba en el fondo del hueco de 18 metros de profundidad…

La existencia de esta mujer de 38 años es rica en anécdotas, y parecería, si no la tuviera sentada a mi lado, se trata de una fábula contada por otros, a la cual cada quien le pone algún elemento de ciencia ficción. Guajirita del batey Portugalete, tuvo su primer trabajo a los 16, conduciendo un buldócer para cultivar la caña de azúcar.

“Así comencé mi vida laboral, siempre vinculada a la zafra azucarera; después pasé a la base de transporte del Central, jefa de una brigada de mantenimiento de la industria… Siempre con subordinados hombres, quienes me respetaban mucho, porque si había que “mecaniquear”, lo hacía; nunca dirigí desde una pose, para nada, me esforzaba a la par de ellos, y eso es importante para ganarse a quienes te rodean, más si hay algunos con prejuicios por el hecho de estar al mando de una mujer.

“Somos tres hermanos de una familia campesina, desde los orígenes. Mi padre me decía sería una ‘marimacho’, pero nada que ver, me considero femenina; voy al trabajo maquillada, cuido mi cabello, disfruto mi género y soy muy plena; eso sí, adoro los pantalones, son cómodos para el trabajo. Cuando por coyunturas económicas paró el Central, comencé a replantearme el universo laboral, y tras un período de estudios, ingresé al Ministerio del Interior mediante una convocatoria; ya tengo nueve años en este cuerpo, al que agradezco mi crecimiento en lo personal y profesional”.

Dos hijos adolescentes, un esposo más joven, muy compenetrados con ella, son la retaguardia de Yarelis, una mujer a quien los horarios se le extienden más de lo usual. En la actualidad es Jefa de Sector de la Policía Nacional Revolucionaria en el territorio de Palmira, donde atiende el área Sur, con una población superior a los 3 mil habitantes y varios centros económicos, proclives al delito económico por su objeto social, como resultan la Empresa Cárnica y el “Porcino”.

“Hace seis años resido en la cabecera municipal, en el mismo barrio que atiendo, porque creo en la máxima callejera de ‘el hombre hace patria donde vive’. Aquí muchos me dicen Madrina, quizá por la ayuda que les brindé en el justo momento de traspasar las fronteras de lo bueno a lo malo y entonces los alerté y aconsejé. O quizá, simplemente porque en el argot denominan así a la autoridad. Lo importante de esta labor no es mandar a alguien tras las rejas, sino prevenir, impedir el delito, actuar a tiempo. Conseguirle un trabajo al desvinculado, visitar a las familias, conversar con los jóvenes, saber, o al menos tener una idea de qué hace cada cual. Conozco a todos en mi área, trabajo por cuadrantes; en un levantamiento reciente cuantifiqué las familias disfuncionales, ellos son mi prioridad ahora mismo.

“solo de sentir un ruido ya estoy alerta; me pongo el zambrán y salgo. Si se comete un delito en la zona, me llaman y le comunico a la guardia operativa pasen a recogerme, quiero saber qué pasó y por qué, a la hora que sea. Mi hijo varón de 17 años dice soy ‘demasiado valiente para ser mujer’. No todo es trabajo, llevo mi vida familiar con placer, me gusta la música mexicana, Vicente Fernández es mi preferido, figúrate, soy guajira de pura cepa. Bailo, veo novelas, tomo socialmente… me fascinan los caballos, soy toda una amazona”, dice, y sus ojos tienen el brillo de quien está pensando en lo extraordinario de vivir al filo.

Aquella operadora de Komatzu hoy es licenciada en Derecho, conocimientos que aplica en su labor diaria, la de mantener la tranquilidad ciudadana de su gente, mientras conoce la Constitución, leyes, derechos y deberes ciudadanos. Cree que llevar una vida digna, entra en el código de quienes, con su labor, gozan del reconocimiento social de la gente, porque se saben cuidados y protegidos, ellos y sus bienes más preciados.

 

DONDE COMENZÓ LA HISTORIA

“El impacto de la caída me asustó un poco. En los primeros segundos comencé a reconocerme, pensé estaba ‘reventada’, pero no; podía moverme, hablar, escuchaba bien… Saqué la pistola e hice un disparo; mi padre era quien más cerca estaba, había pedido su ayuda porque es un guajiro rastreador de potreros y campos de caña. Recuerdo desde la noche anterior planificaba la operación de rescatar unos caballos que alguien escondía allí. ¿Qué cómo lo supe? Yo sé todo o casi todo cuanto se mueve en mi jurisdicción.

“Intenté repetir los disparos, de inmediato pensé la onda expansiva podía derrumbar el brocal y desistí. Pero no fue necesario. La prontitud de localización y rescate resultaron increíbles. Los muchachos de rescate y salvamento me subieron a una camilla, y fue difícil; a cada momento chocaba con las paredes del pozo, pero finalizó con éxito, solo habían trascurrido unos minutos”.

Pasados siete meses del accidente, a consecuencia del cual prácticamente no le quedó un hueso sano, ya está incorporada al trabajo.

“La solidaridad fue tremenda, qué te puedo decir. El Minint ayudó en todo, la jefatura puso a disposición de mi recuperación los recursos necesarios, porque para ellos somos prioridad, me he sentido acompañada todo el tiempo, y mi familia que es mi bastón, estuvo a la altura. Ya estoy en pie, de vez en cuando siento alguna molestia leve, pero el regreso a la faena diaria será la mejor terapia”.

Yarelis sonríe con picardía, conoce bien ha salido ilesa en una lidia contra la muerte, se sabe fuerte, y ahora los deseos de vivir con intensidad son mayores. Terminamos una conversación que podría ser infinita; he recibido tantas lecciones de ella, una mujer increíble, hermosa, por dentro y por fuera, sin miedos, quien piensa en el ser humano y su capacidad de enmendarse, en dar lo mejor. Se pone de pie, ajusta el zambrán con la pistola, y regresa a su cotidianidad, no sin antes ofrecerme una despedida apurada, porque tiene “un montón de cosas que hacer”.

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