Nada que hacer: romance en el supermercado | 5 de Septiembre.
mié. Nov 20th, 2019

Nada que hacer: romance en el supermercado

La gran diferencia entre el cine norteamericano y el europeo estriba en que en el primero el torrente sanguíneo dramático lo constituye la energía física dominante en los hechos narrados; y en el segundo, el elemento basal lo representa la observación del individuo, la energía se traslada por canales internos provenientes de sí, y el tempo, por consiguiente, tiende a ser más parsimonioso,  dilatado, exhaustivo, como corresponde hacerlo a las escrutaciones caracterológicas, que eso son muchas de las películas de este continente.

Especialmente las francesas.  El cine nacional apuesta por la persona, su cotidianidad, conflictos humanos, manquedades, ilusiones.  Se inclina, con humildad, hacia los rostros protagonistas de la vulgaridad -en su antonimia de elevación, fasto- del presente en decenas de producciones anuales, compuestas por realizadores de fino tacto y pulso exquisito en el delineado de sus cuadros instrospectivos.

Entre ellos, la directora Marion Vernoux, quien se ha caracterizado por indagar en el día a día de gentes normales y corrientes, a través de magníficas piezas en las que el costado romántico de la existencia queda acentuado. Tal es el caso de esta deliciosa película Nada que hacer (Rien a faire, 1998) es la historia de dos desempleados que se conocen en un supermercado, donde matan su tiempo sobrante, haciendo las compras que sus respectivas parejas no pueden hacer porque trabajan.

Ella es muy tímida, tiene menos estudios y solvencia que él.  Su contraparte, cuenta con la seguridad interior de una educación y la presciencia de que aunque ahora esté parado, eso será por poco tiempo. En sus tardes de compras, intercambian palabras, sonrisas, y poco a poco van desvelándose mutuamente sus conflictos. La amistad se va fortaleciendo, y  transformándose, sin que ninguno diga nada, en romance. Unas piernas que se quieren unir por debajo de la mesa en el café, una mano que se le va a ella hacia su muslo cuando él la enseña a conducir…  Esto no puede acabar en otra cosa que en lo que todos pensamos, si bien, él intenta impedirlo, para no hacerle daño y complicarse, le dice.

Las ausencias de la casa de la señora donde ella ha encontrado un puesto de sirvienta les brinda les posibilita reafirmar en la cama que lo suyo pasa de ser una atracción romántica. Ella procura tenerlo más junto a sí. Se inventa un paseo al interior para el fin de semana, cuando su marido, sindicalista, marchará a la celebración del 1 de mayo en París, y las niñas partirán a una colonia. Él se las arregla, y allí están ambos. Él ya sabe que le han dado el empleo añorado, pero no se lo cuenta hasta último momento porque esto supone el alejamiento que determinará, a su juicio, la separación. Ella, hastiada de sus vacilaciones (ya antes, por su causa, habían estado alejados) lo deja solo en la noche.

Es la mañana, y ya antes de que ella suba a su apartamento, él la espera en la escalera. Ella sufre un desmayo en el ascensor, y una mujer le presta asistencia en otro piso. No llegará. El contemplará con insistencia el edificio desde el exterior, queriendo tener rayos X en los ojos para saber dónde está.  Ella, a través de la ventana ajena, observa al hombre que quiere, a la única persona que le ha mirado al rostro en muchos años, que la ha besado con pasión, le ha contado sus problemas y le ha dicho que le gusta el tamaño de sus pechos.

¿Acaso será la última vez que lo verá? ?¿Será más poderoso que el deber el compromiso afectivo que los une, y él, encontrará espacio, en sus días laborales, para amarla?  No lo sabemos, pero somos libres de pensar cuanto queramos. Tal potestad nos la confiere la realizadora Vernoux, que cierra su filme con un desenlace tan abierto como el mañana.

Realista como la vida, simple y compleja como ésta, así es Nada que hacer, un filme en el que no decae un solo instante la curva de atención, pese a que alguien pueda suponer que “no sucede nada”.

Película esta que recordaremos no solo a causa de su historia, sino por la apabullante convicción con que los protagonistas, Valeria Bruni Tedeschi  y Patrick Dell’Isola, componen sus personajes. Son actuaciones, sobre todo la de la actriz, tan amplias, aprehendoras de los secretos de este oficio, y por si fuera poco, con un poder de naturalidad tal, que difícilmente se olvidarían. Sin ellos, la historia hubiera perdido irremediablemente en fuerza.

Nada que hacer, como tantas otras buenas películas francesas, nos deja una lección: tienen mucho que hacer los europeos, ya a niveles extraartísticos, en promoción, distribución, aseguramiento de mercados, protección a su cine, para que en un futuro ¿de sueños¿ sea esta la pantalla que se imponga en el planeta.  Resulta una herejía que este tipo de películas se consuma en Francia, tengan alguna vida en festivales y punto, pero sin embargo cuanta bazofia salga al ruedo en Norteamérica al otro día estén proyectándola desde Malasia hasta las Kuriles. Es uno de los tantos bochornos que ojalá en días no lejanos dejemos de padecer.

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