Mi mascota es un monstruo

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Mi mascota es un monstruo (The Water Horse, 2007) toma como pie de apoyo dramático al habitante de las oscuras aguas de Ness para fabular un relato que, sin embargo, va más de acercamientos afectivos, carencias y motivaciones/desmotivaciones en esa parcela de la vida donde la fantasía suele ser la compañera que salva cualquier posible ausencia: la infancia.

Angus (Alex Etel), personaje central de esta producción británica, es un niño cuyo padre muere en la II Guerra Mundial, pero su madre (Emily Watson) le oculta la noticia. Vive cerca de Ness, donde en su orilla se encuentra un gran huevo de cuyo interior sale el que se supone sea el heredero de turno del “monstruo”, el cual según la mitología céltica muere pero siempre deja su reemplazo por tal vía.

Entre Angus y Crusoe (así nombra a su “mascota” luego de ver una edición del libro de Daniel Defoe en el taller de su padre) se teje un vínculo emocional muy sólido, que hará que el pequeño luche a brazo partido para que el animal, crecido ya y en vida acuática, no sea muerto al ser bombardeado el lago por las fuerzas militares aliadas que acampan en la casa del chiquillo a la espera de un supuesto desembarco de los nazis por la zona.

La ternura que emana de dicha relación, de la humanidad de este niño y de algunos seres que lo rodean (un sirviente contratado en la casa, encarnado por Ben Chaplin); conjuntamente con las estupendas fotografía de OIiver Stapletton y música de James Newton Howard, y el elevado listón de los efectos especiales relacionados con la criatura constituyen los rubros de mayor destaque en esta película dirigida esencialmente al público infantil, pero no por ello descartable para los adultos.

En el terreno de los efectos, cabe ponderarse el grado de exquisitez alcanzado por la industria en el campo del CGI, lo que propicia que el personaje virtual del caballo de agua (esa sería la traducción literal de lo que es el animal) se mantenga en pantalla prácticamente al nivel de los de carne y hueso: gestos, miradas, movimientos…

Y entre esos de carne y hueso, vale anotarlo, está la dúctil actriz inglesa Emily Watson, preferida de grandes autores contemporáneos; y el niño Alex Etel, un talento de trece años que confirmara sus dotes desde los tiempos de Millones, de Danny Boyle.

Es cierto que el largometraje de Jay Russel según la novela de Dick King-Smith contiene los estereotipos, la carga de previsibilidad y cierta parte del convencionalismo en la estructura que muchas cintas de su tipo, pero porta un aliento clásico de fábula y cuento de hada infantil que, unido a sus otras virtudes mencionadas, la hacen una proposición recomendable.

Alguien de mala leche pudiera argüir que es un batido de E.T con Liberen a Willy, pero se equivocaría. La orlan un sello y un contexto de recreación particular harto bien asumido, que identifican su legitimidad como obra artística.

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