Máximo Gómez Báez, el Quijote de América

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Máximo Gómez Báez./Foto: Internet

El 17 de junio de 1905, en La Habana, a las seis de la tarde, falleció a sus 69 años de edad, fulminado por la septicemia, el Generalísimo del Ejército Libertador Máximo Gómez Báez, el Quijote de América, parigual a Simón Bolívar a quien no cede en genio militar ni osadía.

Aunque nació en Baní, República Dominicana, fue declarado ciudadano cubano por nacimiento por su vida entregada a la libertad de Cuba, como el Che.

Máximo Gómez nos enseñó cómo convertir en arma formidable el machete de trabajo, y fue el primer maestro de las cargas al machete que paralizaban a las tropas españolas en pleno campo de batalla.

Por eso, los cubanos lo aclamaron, lo admiraron, le agradecieron al saludarlo al término de la guerra, y ese cariño fue el que, sin imaginarlo, le causó la muerte. Lo veremos en el curso del relato.

El hombre que había desafiado la muerte, yendo al frente de sus tropas en cientos de combates, en los que recibió solo dos heridas, moría en su hogar, entre espasmos, fiebres y dolores, a causa de la septicemia.

Al término de la guerra en 1898, frustrada la libertad que habían conquistado los cubanos con él al frente, después de la muerte de los Maceo y otros patriotas destacados, Gómez se sintió defraudado ante la ocupación militar norteamericana que se había mezclado en esa guerra contra España, con el fin de apoderarse de la isla ambicionada. Se alejó de la vida pública después de rechazar tajantemente la propuesta de que aspirara a la presidencia de la Nación, expresando que “prefiero dirigir a los hombres en la guerra a tener que gobernarlos en la paz”, acaso recordando aquella reconvención amistosa de Martí: “General, un pueblo no se gobierna como se manda un campamento”.

Posteriormente, Gómez decide trasladarse a Santiago de Cuba donde vivía uno de sus hijos que lo invitó a descansar un tiempo allí. La guerra le había arrancado a otro hijo amado: Panchito, y otros cuatro habían fallecido a causa de las precariedades de la vida de la guerra, todavía siendo infantes, y también en la miseria que la familia padeció fuera de Cuba. A otros no los pudo ver crecer y espigarse haciéndose hombres y mujeres. Por eso, terminada la contienda quiso compartir el tiempo que le quedaba al calor de la familia. Se trasladaría en tren desde La Habana a Oriente. Ya desde la despedida, en el andén de la terminal de trenes, ubicada donde hoy está el Capitolio habanero, fue todo un acontecimiento multitudinario, la ciudad toda acudió a despedirlo. Querían darle la mano, abrazarlo, expresarle su gratitud y cariño, y al mismo tiempo, demostrar al extranjero ocupante indeseado, la solidaridad al Generalísimo que los despreciaba sin ocultar sus sentimientos. Posteriormente, en todas las paradas del larguísimo trayecto, la muchedumbre esperaba a Gómez para estrechar su mano y vitorearlo. Estrechó miles de manos y esa efusividad le hizo daño.

Todo comenzó por aquella pequeña heridita que tenía en su mano derecha. Por allí penetró la infección que se extendió por todo el cuerpo, agotado por años de guerra, desgastado por privaciones y vida dura, por las penalidades de la guerra a la que dedicó, por Cuba, casi toda su existencia solidaria y generosa.

Hubo que trasladarlo apresuradamente a la Capital, para someterlo a reconocimientos y cuidados médicos especializados, pero en La Habana ocurrió su muerte. No había entonces antibióticos ni la ciencia estaba avanzada como para salvarlo de la infección. Se llenó el país de luto, y de duelo los corazones agradecidos de cuantos veían en el viejo guerrero el valor y las virtudes cívicas que desconocían los extranjeros gobernantes en una ocupación no consentida ni necesaria.

Fue embalsamado el cuerpo y el presidente Estrada Palma y el Senado declaraban duelo nacional durante tres días, del 18 al 20 de junio, disponiendo las honras fúnebres correspondientes a un jefe de Estado. Era pura hipocresía porque todos los cubanos sabían que el Generalísimo protestó siempre por las arbitrariedades y ambiciones desmedidas de Estrada Palma.

Lo velan en el Salón Rojo del Palacio Presidencial, antiguo edificio de los Capitanes Generales españoles. Cubren el ataúd con la Bandera Cubana y la de República Dominicana. Acude el gobierno en pleno. Los parlamentarios, altos oficiales del Ejército Libertador, los ricos industriales, los terratenientes, banqueros,   comerciantes…

– ¿Y dónde está el pueblo que liberó mi padre…?

La pregunta en voz alta, indignada, de Clemencia, la hija del Generalísimo, llenó de alarma a aquella gente reunida para conversar y estrenar ropas costosas. Allí estaba Clemencia, la hija, junto a sus hermanos Máximo, Urbano, Bernardo y Andrés, que son los hijos supervivientes de tantas calamidades de la guerra que dirigió y ganó Gómez. Ellos se percataron de pronto, y protestaron, al comprender que aquellos que llenaban el recinto habían aislado, en la calle y los alrededores, al pueblo que quería ofrecer al soldado eminente y humilde su despedida sincera y no aquella mentirosa rodeada de boato hipócrita…

Sólo entonces dejan entrar a las masas humilladas y preteridas siempre, pero solo entonces, brevemente, porque mandan a iniciar el desfile del entierro. El 20 de junio, entre los cañonazos en su honor disparados desde La Cabaña, ocurre la despedida, mientras el enorme cortejo sale hacia el Cementerio de Colón y lo depositan en el hermoso panteón destinado a su reposo definitivo.

Y allí descansa, aunque siga cabalgando enhiesto hacia el alba, ese Novio de la Libertad, machete en alto, acompañándonos todavía en  las cargas que  debemos dar hoy, a favor de nuestro Socialismo.

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