Más dolor que gloria

En su anterior Julieta (2016), Pedro Almodóvar expedía el acta notarial y el certificado de defunción de la imposible instancia reconciliadora entre una madre y su hija, aplastadas ambas por el azar, la fuga de los afectos y la losa inamovible del alejamiento, el dolor, la culpa, el paso del tiempo y el halo trágico que las circunvalaba. No era un vino dulce el drama maternofilial Julieta. Debía escanciarse dicha copa a prueba de convidados con un paladar afín a esos conflictos helénicos, sino tan caros a la gran literatura y al gran cine. Había enorme tristeza en dicha obra; mucha de esa amargura que escuece el alma y los pasos.

E igual sucede con su siguiente entrega fílmica, la lancinante Dolor y gloria (2019). Ya desde su mismo título, el nuevo largometraje de Almodóvar plantea una dicotomía, o si se quiere una suerte de complemento de antonimias en la unidad de un sujeto dramático. En su caso, además personaje, y es el de la creación y sus desgarraduras inherentes. No hay pináculo sin vía crucis, como conocimiento sin dolor. Esto último ya no los había susurrado a los oídos el buen Erasmo de Rotterdam, y es certeza que acompaña al saber, cuyos posesores siempre, en cualquier caso, añorarán la dicha ingenua del que nunca leyó, conoció e hizo en materia artística.

Pero tales apreciaciones generales, que por tal pueden ser generalistas y no cumplirse en muchas personas (tan magna es la extraordinaria riqueza de la diversidad humana que descarta cualquier visión consensuada), el realizador español las lleva a un grado muy personal e íntimo, donde la verdad dada por norma sí se verifica en grado sumo.

Dolor y gloria no solo es auto ficción, sino la auto sajadura moral y sentimental al ecuador psicológico de sí mismo por parte de un cineasta que plantea, a través de su alter ego en el relato fílmico —este personaje central de Salvador Mallo defendido por Antonio Banderas a través de firmeza interpretativa, variaciones casi imperceptibles y diversidad de expresiones corporales y faciales olvidadas hacía siglos por el actor—, un ejercicio de exposición íntima e intento de redención ante las cámaras no muchas veces apreciado en el cine. Y afirmar lo anterior de un trabajo perteneciente a alguien que filmó La ley del deseo (1987) y La mala educación (2004) dará la idea al espectador que aún no la haya visto de qué enfrentará en esta película, la cual los miembros de la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica elegimos como la mejor de las extranjeras exhibidas en Cuba durante 2019.

Hablábamos arriba de intento de redención, porque ni siquiera tamaño exorcismo testamentario de Almodóvar lo concilia consigo mismo, sus cuitas y tinieblas. Por eso Dolor y gloria, cómo no podía ser de otra forma en tanto lo otro supondría un engaño al espectador, no encontrará epifanías emocionales en su arco dramático, y a la larga destilará mucho más dolor que gloria. No se librará el artista de sí mismo, que acaso sea el sino individual que le cimentaron los genes, o los curas, o la distancia (por más que persiguiera lo contrario y el cordón afectivo que la enlaza con ella aun después de su muerte) de esa madre definitoria en todos más fundamentalmente en cierto tipo de creadores, o tanto libro devorado tan pronto, o el cine salvador-liberador, pero también proclive a encerrarlo en sí mismo de la infancia y de siempre… Solo Pedro lo sabe, o lo intuye; porque Dolor y gloria, su película-espejo, su opus más confesional, auto describe y auto valora sí, pero también apunta a colegir, a conectar con el barrunto; por ende a cuestionar cuánto podría persistir aquí de construcción: al fin y al cabo estamos frente al trasvase fictivo de la pretendida exteriorización de un yo. Y ahí reside también parte del encanto de un argumento-guion-filme nunca entregado o explicado del todo, ni ganado por lo enunciativo o la sobreexposición.

A los 70 años, Almodóvar consigue en su vigésimo primera obra cinematográfica el equilibrio pocas veces logrado en su primer cine, mucho más pasional y desasosegado. Ahora el concepto de dosificación dramática resulta clave en el guion escrito por el propio realizador. Tampoco afloran el humor grueso, la policromía chillona, el melodrama, la sordina y la fanfarria gay de algunos de sus filmes iniciales. Dolor y gloria pace en los campos de la parsimonia, en las praderas de la contención. Sus movimientos telúricos operan en corrientes interiores. Su autor alcanza en la previa Julieta y aquí una serenidad envidiable.

Almodóvar es de los directores de la historia del cine que han madurado artísticamente a la par de la veteranía biológica, sin que por supuesto, aseverarlo implique ignorar Hable con ella (2002) u otras grandes obras filmadas cuando era algo más joven pero ya curtido. Toda la sabiduría extraída de la vida, de la pena y del éxito, la condensa en Dolor y gloria, con el toque quedo y la sencillez en la puesta en pantalla de los maestros asiáticos y la capacidad empática de alguien que, mediante astucia y humanidad, puede atraer sobre su relato de un creador homosexual en crisis los favores de muchos espectadores, con independencia absoluta de la identidad sexual de aquellos.

Julio Martínez Molina

Julio Martínez Molina

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Periodista del diario 5 de Septiembre y crítico audiovisual. Miembro de la UPEC, la UNEAC, la FIPRESCI y la Asociación Cubana de la Crítica Cinematográfica

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