Mariana, la Madre de la Patria

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El 27 de noviembre de 1893, a sus 76 años de edad, moría en su doliente exilio de Kingston, Jamaica, Mariana Grajales Coello, la madre de los Maceo, sin haber podido presenciar la libertad de su Patria ni abrazar a sus hijos sobrevivientes entonces. La noticia conmovió a todo el exilio cubano. José Martí plasmó la consternación de la emigración cubana y la propia, en sus artículos “Mariana Maceo” y “La madre de los Maceo”. En su carta de pésame al General Antonio, Martí le manifiesta su “aspiración  de que le demos algún día libre sepultura, ya que no pudo morir en su tierra libre”.

Con la presencia de algunos familiares y numerosos patriotas, Mariana fue sepultada en una modesta tumba adquirida por su hijo Marcos en el cementerio católico de Saint Andrews en Kingston, Jamaica. En medio de la guerra de Independencia, su hijo Antonio pretendió erigirle un monumento y envió a su esposa María Cabrales una suma de dinero para que “en coordinación con Marcos le levante un monumento a nuestra madre”, pero esa aspiración no pudo ser cumplida.

Casi 30 años después, el 15 de marzo de 1923, el Ayuntamiento de Santiago de Cuba aprobó por unanimidad la repatriación de los restos de Mariana y se iniciaron los trámites oficiales para materializar los sueños del Apóstol.  El 23 de abril de 1923 llegaron a Santiago de Cuba los venerados restos y el pueblo le rindió honores póstumos. Al día siguiente fue inhumada en el cementerio de Santa Ifigenia, que en 1938 también acogió a sus hijas María Baldomera, trasladados sus restos desde República Dominicana, y a Dominga, sepultada en 1940. Desde entonces nada ha perturbado la paz de los restos de Mariana y de sus hijas.

Con Mariana Grajales se asocian las virtudes más humanas:  el amor a la familia, a la justicia social y a la Patria. “¡Qué epopeya y misterio hay en esta mujer!” dijo de ella José Martí.

Cuando repicó la campana de La Demajagua, Mariana exclamó: “¡Llegó la hora de liberar a Cuba!” y tuvo el privilegio de ofrecer a ella todos sus hijos, y ella misma, a su esposo y nueras. En la guerra, o por su causa, cayeron 10 de sus 13 hijos varones y con valor y entereza  soportó la muerte de sus seres más queridos. Ellos lucharon con sus machetes, ella con su corazón enternecido.

Mariana tuvo cuatro hijos con Regueiferos, su primer esposo: Felipe, que quedó inutilizado por las heridas en campaña; Manuel, Fermín y Justo, los tres muertos en acciones de guerra. Con Marcos Maceo tuvo 7 hijos:  Antonio y José, muertos en combates diferentes, en 1896, ambos con el grado de Mayor General; Rafael, que cubierto de heridas murió en el destierro; Miguel, muerto en Nuevitas en acción de guerra; Julio, caído en combate; Tomás, que sobrevivió a la guerra, pero inválido por heridas en combate; y Marcos, también sobreviviente, con grado de subteniente.  También murió en combate Marcos, esposo de Mariana, y ella que pereció en el exilio, y antes, en la manigua cubana, junto a María Cabrales, la esposa de Antonio, fue enfermera que con esmero curaron a cubanos y españoles heridos.

Muchas veces acompañaron, sangrándoles los pies por veredas espinosas,  a las tropas cubanas, cuidando la agonía moribunda de los heridos, perseguidos por tropas españolas, pero siempre animando a los demás, y cargando a sus hijas hembras menores.

Tampoco en sus exilios las abandonó el afán independentista y crearon, Mariana por una parte, María por otra, y también las hijas hembras de Mariana, Baldomera y Dominga, clubes revolucionarios.   Mariana las envuelve y dignifica a todas.  Por eso Martí dijo:

“Ella dio, con el relato de su vida, una página nueva a la epopeya. Fue ágil para subir lomas, y solícita para curar heridos y enfermos, para dar generosamente a sus hijos todos, y a sí misma, a la Patria.”.

Mariana es, con sobrados méritos y gloria: Madre de la Patria.

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