Mamá, entre la ternura y el deber

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Foto: Efraín Cedeño
Foto: Efraín Cedeño

“Aunque resulte paradójico, el dolor del parto fue el momento más feliz de mi vida”, así recuerda la capitana Yaquelín de la Oz Sosa el alumbramiento de su hija Patricia, acontecimiento biológico a partir del cual inició, según sus propias palabras, la compleja y hermosa misión de madre.

De carácter temperamental desde niña, Yaquelín jamás dudo en que su vocación estuviera definida por la vida militar. Tanta fue su persistencia que no tardó en convencer a los padres en ingresar a la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, primero, y luego cursar estudios superiores en el Instituto Técnico Militar José Martí, hasta graduarse en la especialidad de la Artillería antiaérea.

Sin embargo, desde 2009 nuevos derroteros enrumbaron su vida, cuando le asignaron dirigir la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) en la Sección Política de la Región Militar Cienfuegos.

“Es una gran responsabilidad, refiere, porque no solo atiendo las organizaciones de base de la UJC, si no a todo el universo juvenil dentro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en el territorio, incluyendo los eventos en los que participan los jóvenes combatientes. Por supuesto, a ello tengo que dedicarle buena parte de mi tiempo, lo que no riñe con mis deberes de madre y ama de casa”.

Los hábitos de disciplina y organización mucho han influido en multiplicarse cada hora del día. Muy temprano realiza con desenvoltura los primeros quehaceres del hogar, y preparar a su hiperactiva Patricia, en tanto trata de satisfacer los primeros porqués matutinos.

Poco después, el ritual diario: experimentar la misma opresión y la sensación de ausencia, cuando tiene que volver la espada tras el beso y el abrazo de despedida al dejar a su  pequeña de la mano de la “tata” en el círculo infantil Mis amiguitos, en el reparto de Pastorita.

“No hay mayor gozo que la felicidad que me proporciona narrarle este o aquel cuento a mi niña; pintarle el universo de colores del futuro que quiero para ella; observar su sonrisa en algunas de sus  tantas travesuras, o simplemente estrechar su mano mientras a paso apurado abordamos el ómnibus de regreso a la casa”, confiesa Yaquelín.

Por la tarde, ya a la puerta del Círculo la espera hasta verla aparecer con sus saltos de alegría: “Créame, no hay premio comparable como aquel de manifestarnos ambas el sentimiento de amor recíproco, mientras Patricia, con los ojos iluminados por el reencuentro, me susurra muy quedo al oído ¡Te quiero, mamá!”.

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