Malos aprendices de capitalistas

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La incultura económica nos ha carcomido en Cuba a disímiles niveles. De escala supraestructural a vertiente micro, la nación, su gente, han dado trompicones en tal campo, debido a diversos motivos.

Hoy día, un sector laboral no estatal se abre paso con el empuje que le permiten sus finanzas, su gestión y la manera de obrar en el negocio determinado. Muchos lo hacen bien, sería injusto afirmar lo contrario, por lo cual dicho esfuerzo merece ser coronado por el éxito porque, ante todo, denota espíritu de sacrificio, capacidad de superación y sentido empresarial en su misión. Quien no lo admita de ese modo, o bien tiene la cortedad de miras de no reconocer el talento ajeno, o bien es un redomado envidioso que sufre con el florecimiento material de sus congéneres.

Los emprendedores que dominan o al menos saben por dónde van las coordenadas de su rama específica, conocen el know how de sus respectivos universos y no pierden de vista una de las primeras máximas de la aventura capitalista: si el cliente es mi elemento central generador de ingresos, debo brindarle un buen servicio, de manera que se convierta en habitual e induzca por el tradicional boca a boca a otros clientes potenciales.

Aunque quizá muchos de quienes lean la columna, ni el propio columnista, visiten estos sitios, dada la imposibilidad pecuniaria, sí existen, en diversas categorías; en la capital como en muchas ciudades, incluida Cienfuegos. Sus dueños han convertido los espacios en negocios modélicos, donde los visitantes reciben una esmerada atención general, la cortesía adecuada y la calidad de la oferta que merece cualquier ser humano, no solo quienes tienen dinero.

Programas televisivos no estatales al corte de Q’Manía TV y Mi Havana TV (fundamentalmente el segundo, de mayor antigüedad y perfil más enfilado a la promoción del negocio de los cuentapropistas) dan una idea del rango de profesionalidad alcanzado en los establecimientos gastronómicos, los dedicados a la peluquería, la organización de fiestas u otras áreas de ciertos cuentapropistas nacionales. Más allá de sus defectos (que también los tienen) los comerciantes vinculados al anterior segmento vienen a ser algo así como los universitarios del cuentapropismo. Empero, de secundaria básica no ha ascendido una asignatura suspensa de la actividad particular criolla como la de los oficios, ítem nunca solucionado en más de medio siglo, ni por la vía estatal ni por esta.

Con o sin licencias, existen estupendos plomeros, carpinteros, chapisteros, mecánicos, albañiles…, que responden con rapidez y eficiencia a los pedidos de sus clientes. A todos nos consta, puesto que de ellos hemos dependido muchas veces para menesteres improrrogables. No obstante, tal no es la regla. En realidad constituyen el segmento minoritario dentro de las distintas categorías.

La regla es la informalidad y la demora en el servicio, para no hablar del tema monetario, aquí tan conflictivo como en cualquier estrato del cuentapropismo y de todo en la Cuba contemporánea.

Consciente de las falencias de marras, desde hace una década el país ha iniciado una formación intensiva de practicantes de oficios, gracias a la enseñanza técnico profesional. A no dudarlo, la mayor parte de ellos que terminará sus cursos ingresará al sector no estatal, pero de cuanto se trata no es de eso o de si se dirigirán a un quimérico combinado de oficios a cuenta de los gobiernos municipales, sino de que pongan en juego sus conocimientos para suplir las demandas poblacionales en relación con esas actividades.

Creo que cuando dicha fuerza esté activa, en posesión de su espacio propio y abocada a proporcionarse su ingreso a partir del resultado de su gestión, las aguas comenzarán a tomar su nivel, ante la útil competencia.

Ojalá en un plazo no lejano las cuadras alberguen más puestos de oficios regenteados por cuentapropistas, a los cuales las personas acudan y les resuelvan sus problemas de forma ágil, con dedicación, emprendimiento y respeto. De momento no ocurre así. Muchos se han adentrado en la travesía, sin contar a mano con la bitácora del capitalismo. Son malos aprendices de un método, cuya regla de oro es atender bien al cliente, no espantarlo.

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