“Madres perfectas”: Sexo (semi) incestuoso en el penthouse del hedonismo

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Esta vez el viejo De Broca, un se√Īor que siempre supo acompa√Īar a sus protagonistas masculinos de beldades del sexo opuesto (recuerden al feo Belmondo con el monstruo Cardinale, en Cartouche), ha tra√≠do para prendar nuestra retina y perdonar cualquier imperfecci√≥n de la pel√≠cula a Marie Gillain, una joven actriz dotada en buena ley de todas las herramientas de la profesi√≥n, que para fortuna suya posee el aura de las bellezas cl√°sicas, junto a un candor extra√Īamente salpicado de ese desborde de gracia que hizo estallar las capacidades sensoriales de todo el espectador perteneciente al sexo del que escribe que asisti√≥ a la exhibici√≥n de la pel√≠cula. Ella da vida a la se√Īorita de Nevers, a quien Lagardere cuida¬† desde bebita y despu√©s hace su esposa, lo que comprendemos dentro de la tradici√≥n hist√≥rico-literaria, pero que bien pudieron ahorrarse en su libre adaptaci√≥n De Broca y los guionistas Jean Cosmos y Jer√≥me Tonnerre, pues terminamos su deliciosa pel√≠cula con un sabor a incesto en la boca que no quisi√©ramos”. Mediante tales palabras este cr√≠tico finalizaba, veinte a√Īos atr√°s, su rese√Īa de Enrique de Lagardere (Philippe de Broca, 1997), publicada en 5 de Septiembre.

Otra coterránea suya, Anne Fontaine, nos provoca semejante sensación merced a Madres perfectas (Adore, 2013), su doceava película y la más provocativa entre todas las rodadas por esta directora caracterizada por su espíritu subversivo; incluso por arriba de su Nathalie X (2003), aquel drama erótico con Fanny Ardant, Enmanuele Béart y Gerard Depardieu donde una refinada y madura ginecóloga experimentaba el sexo a través de los relatos de la prostituta que contrataba para seducir a su marido.

En Adore, Roz y Lil, encarnadas en su adultez por las grand√≠simas (mucho m√°s la primera, dado su morral de registros) Robin Wright y Naomi Watts, son dos amigas hermanadas en pensamiento y trayectoria de vida desde su misma infancia, transcurrida en esa tan remota como privadamente paradis√≠aca playa australiana donde nadan y, casi dos d√©cadas despu√©s, seguir√°n nadando, ahora junto a los dos hijos varones de ambas. De la muy singular complicidad sentimental, emotiva, volitiva de estos personajes femeninos la narraci√≥n aporta indicios, no m√°s romper las escenas iniciales. Primero a trav√©s de detalles, luego a partir de la graficaci√≥n expl√≠cita de la unidad de dos seres que parecen ser cada uno el espejo del otro. Los reto√Īos de ambas replican cuanto vieron desde que nacieron en la relaci√≥n de sus respectivas madres. Son, en tiempo presente, dos atl√©ticos j√≥venes, grandes amigos, hermanos de tetas, cuya mayor afici√≥n consiste en romper olas y tomar el sol sobre ese peque√Īo muelle flotante del poster del filme. De manera tan hedonista e inefablemente divorciada de cualquier disrupci√≥n como sus progenitoras.

El libreto del curtido Christopher Hampton (seg√ļn Las abuelas, de la Premio Nobel Doris Lessing, la cual lamento sobremanera no haber le√≠do) elide las figuras paternas o las sobrevuela; as√≠ como las obligaciones laborales de los cuatro personajes centrales. El centro nuclear del relato consiste en atisbar su burgues√≠simo d√≠a a d√≠a de brazadas, lecturas en la arena, buen vino en la tarde, paz, bienestar, el placer de la conversaci√≥n c√≥mplice en las residencias conjuntas junto al mar. Aqu√≠ parece interesar bien poco el mundo exterior. Es un c√≠rculo cerrado donde se interact√ļa con arreglo a c√≥digos particulares y un universo moral propio, capaz de dar cabida a inauditas galaxias de comportamiento. Es as√≠ que un buen d√≠a a Ian, el hijo de Lil, le da por mirar con ojos l√ļbricos a la larguicuarentona Roz. Cuanto vendr√° en lo adelante ser√° un marat√≥n de sexo de descubrimiento ‚Äúmujer madura-chico joven‚ÄĚ corte El lector o Aquel verano del 42, como yo no ve√≠a ninguno desde la italiana Desobediencia. Es tan magna la Wright (merece ahorcarse a Sean Penn por divorciarse de esta mujer; quiera Dios todos los cubanos puedan verla en la excelente serie de Nextflix, House of Cards, y aquilaten bien su fuerza histri√≥nica), que no pone pegas para encuerarse la piel y las entra√Īas. En las medias sonrisas suyas, en esos ojos de ‚Äúda igual todo y deja que las cosas pasen como vayan a pasar‚ÄĚ del cierre, en la manera tan limpia y a la vez tan t√≥rridamente er√≥tica de plasmar la entrega de su personaje al hijo de la amiga, en el cono de probabilidades del cicl√≥n dram√°tico de su rostro en la resoluci√≥n del conflicto radica m√°s del 60 por ciento del valor de la pel√≠cula. Venerable miss Robin.

Tom, el hijo de Roz, la sorprende con su amigo, e, iracundo, va y se lo informa a Lil, quien para frenar la rabieta le ofrece el calmante m√°s poderoso existente para tranquilizar a un hombre desde la √©poca de los conquistadores del fuego: abrirle las piernas. Y bien que se prenda el chiquillo del nuevo regalo. Saborea la contraoferta de la entendida dama, casi con mayor fruici√≥n que el compa√Īero adelantado en la tarea. Naomi se deja querer por Tom, tanto como Robin deja que la quiera Ian. Benavente traduc√≠a el cari√Īo de abuelos y nietos cual el entendimiento entre las luces del atardecer y el amanecer. La Fontaine y Hampton, el guionista de cabecera de Stephen Frears y de la capital Amistades peligrosas, traducen el romance con sus respectivos hijos de ambas se√Īoras (en un momento literalmente abuelas, porque los muchachos llegan a casarse y tener descendencia, aunque a la larga dejen todo a la bartola para volver nuevamente al regazo de las veteranas hasta el fin de los tiempos) como el destino ¬Ņinevitable? de cuatro personas id√©nticas dentro de un entorno viciado, endog√°mico, exclusivista. Sin impugnarlo.

Tom e Ian, quienes miran a las rubias Naomi y Robin como el chiquillo de Bigas Luna observaba los ajustadores de La teta y la luna, o Fernando Rey a √Āngela Molina en Ese oscuro objeto del deseo, quedar√°n movi√©ndose en la balsa flotante de su -en la vida real imposible-, kimkidukiana isla, de aqu√≠ a la eternidad, con las generosas abuelas de la Lessing.

Ambivalente, el ‚Äúmensaje‚ÄĚ de la realizadora parece no establecer posici√≥n sobre la burbuja retratada, la cual nunca desinflar√°; antes bien es noble, bien intencionado, sabemos (las restricciones morales est√°n en nuestras mentes, las mujeres son deseadas y capaces de amar a cualquier edad, nadie debe impugnar el derrotero de vida del otro‚Ķ) Su pel√≠cula, sensorial, delicada en lo formal -pese a abusar de la m√ļsica en las escenas de playa-, cautiva, atrapa, te imanta a su cosmos y sabe intelectualizar freudianos √≠tems relativos al sexo casi tan bien como el Visconti de El inocente, pese a trabajar en territorio dram√°tico minado. Sin embargo, renquea en determinados flancos. De seguro, en el libro de la noruega debe haber mayor materia germinal en torno al surgimiento y consolidaci√≥n del cuatripartito enlace amatorio. Empero la Fontaine no logra exponer su justificaci√≥n en pantalla, al soslayar el motivo desencadenante de las relaciones sexuales. A censurar, el modo abrupto de introducirlas, sin pre√°mbulos informativos. En el caso de la relaci√≥n Lil-Tom, peor, puesto que en el lance Roz-Ian al menos se baraja con algo llamado amor unido al sexo; mientras que en la otra el detonador, si lo hubiera, ser√≠a el mero despecho.

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