Los premios anuales y la (in)justicia de los decisores

Los premios anuales y la (in)justicia de los decisores

En su grado de injusticia, ninguno de los premios se compara al Nobel./Foto: Tomada de Internet

En su grado de injusticia, ninguno de los premios se compara al Nobel./Foto: Tomada de Internet

Anualmente se otorgan en el planeta reconocimientos a personas o grupos de personas que se distinguieron en diferentes aspectos de la vida. Estos tienen el influjo de los criterios con que juzgan los calificadores y de las reglas de su entorno.

Como norma, los más reconocidos galardones son concedidos en los Estados Unidos y Europa. Entre los más mencionados encontramos los Premios Globo de Oro, Pulitzer y el Grammy. También son bien conocidos el Príncipe de Asturias, el Botín y Balón de Oro, entre otros. Cada vez que se anuncian, la inmensa mayoría de los terrícolas llega a relacionar de manera casi absoluta a los gratificados con “la o el mejor del mundo”, corriendo el riesgo de ser injustos. Por ejemplo cuando se menciona al premiado del Balón de Oro, aparece la puja entre dos “extraterrestres” del fútbol como Messi y Cristiano, sin embargo se desconoce a otros jugadores de ligas menos mediáticas; sin contar que la controversia entre los parciales de ambos en mi barrio, haría dudar al mismísimo jurado sobre la justeza del galardonado de turno.

Así las cosas, las distintas academias de cine entregan premios a la mejor película, el mejor actor, la mejor actriz, etc., topándonos con premios en todos los continentes. Sin embargo, injustamente son considerados los Oscar como “el máximo honor” en el cine, desconociéndose olímpicamente el arte que se cultiva en otras latitudes, al entenderse como menor. Además, históricamente han ocurrido decisiones injustas, ignorándose méritos de valiosas obras, lo cual no ha impedido que sigan siendo referentes en las escuelas de cine, sacando los colores a la cara de la Academia yanqui. Por solo citar tres ejemplos: obras de arte de Charles Chaplin, Stanley Kubrick y Alfred Hitchcock no fueron justamente reconocidas en su momento.

Ahora bien, ninguno se compara con los Premios Nobel. Reconocido como lo máximo a nivel universal. Alfred Nobel, inventor de la dinamita, instituyó este premio como última voluntad; disponiendo la creación de un fondo que retribuyese a los principales exponentes de la Literatura, la Medicina, la Física y la Química; así como a quienes hicieran los mayores aportes para evitar guerras. A su “cargo de conciencia”, debe sumarse la costumbre de la época de realizar acciones que hicieran trascender el nombre de los individuos al morir.

El Nobel entrega diplomas, una medalla de oro y una importante recompensa económica de algo más de un millón de euros en cada categoría. Pero no todo lo que brilla es Nobel. Las injusticias en estos han sido notorias: escritores de la talla de Mark Twain, Proust, Ibsen, Joyce, Tolstoi y Chéjov nunca recibieron el Premio de Literatura, sin embargo en 1953 este fue a las manos de Winston Churchill.

El más polémico es el que se dedica a la Paz. Concedidos bajo el influjo de intereses políticos de fondo, han impulsado al dadivoso comité noruego a utilizar para medir, la vara de los círculos de poder. Menciono que: Mahatma Gandhi no lo recibió jamás, siendo nominado en cinco ocasiones; o que aparezca el nombre de Henry Kissinger, aunque ha quedado también para la historia la dignidad del primer ministro de Viet Nam, Le Duc Tho, cuando se negó a compartirlo con él. También se mancha con sangre palestina el Nobel de la Paz, al obtenerlo el sionista Shimon Peres, en 1979, y llenó de asombro que el presidente Barack Obama también lo recibiera, notición que hizo exclamara Michael Moore: ¡Felicidades por el Nobel; ahora gáneselo!

En 1968 se adicionó el Nobel de Economía, creado por el Banco Central de Suecia. Técnicamente no es un Premio Nobel, pero se concede junto con los otros. Llama la atención que hasta 2019 se habían reconocido a 83 cientificos: ¡59 de Norteamerica y 22 de Europa! Los otros dos al menos nacieron en la India, pero se formaron en universidades occidentales. El pasado diciembre obtuvieron este premio: Abhijit Banerjee y Esther Duflo, académicos del Instituto de Tecnología de Massachusetts y Michael Kremer investigador de la Universidad de Harvard, “por su enfoque experimental para aliviar la pobreza global”, a los que se reconoció su trabajo en la creación de nuevas aproximaciones para buscar los mejores caminos en la lucha contra la pobreza global, concentrándose en aspectos “concretos” como por ejemplo, métodos más eficaces en pos de mejorar la salud infantil o la educación.

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¡Muchísimas felicidades a estos científicos!; pero pregunto, sin ánimo de ser pesado: ¿sabían los suizos y los noruegos que gracias al programa cubano Yo sí puedo se han alfabetizado hasta ahora 9 millones de personas en 30 países? ¿Saben acaso que gracias a su “aplicación práctica”, se ha logrado declarar a varios países libres de analfabetismo, alcanzando las metas comprometidas con las Naciones Unidas desde el pasado siglo? Entonces debía preguntárseles: ¿Y el anillo pa’ cuándo?

Los premios, los premiadores y los que tratan de imponer su matriz de pensamiento colonialista, deben recordar a Benedetti:

con todos sus laureles el norte es el que ordena”… pero, “que todo el mundo sepa/ que el sur también existe”.

*Director de Economía y Planificación en Cienfuegos.

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