Los niños, el helado y el muro de la indolencia

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Día de los niños en el Parque de diversiones./Foto: Centro de Documentación (archivo).

Había una vez un helado que nunca llegó a las bocas de los niños. Dicen que ha ocurrido en otros meses, en otros días de invierno y verano; pero en eso no debemos discernir porque es pasado y el pasado nos obliga a caminar sobre arenas movedizas.

Hablemos del sábado 18 de marzo.

-¿Por qué no venden helado? Ya casi es la 1:00 de la tarde.

-Esperábamos a más niños, hace frío, esclareció un administrativo del parque de diversiones Amanecer Feliz, que por cierto no tenía abrigo. Luego entró a la oficina y dio orden de sacar una caja, de 2,6 galones o sea 81 bolas.

Como si fueran hormigas corrieron tras el dulce infantes y adultos. El heladero, muy parecido a un vocero de preparación militar, los hizo doblar a la izquierda, a la derecha.

-Traigan vasos, no hay barquillas y son dos bolas por niño.

¿Dos bolas? Las hamacas volvieron a moverse, un tanto más lenta como si en la velocidad recayera el peso de un sueño interrumpido. Apareció la solución: “vasitos desechables y sin cucharas”, alertaron algunos de los visitantes.

“No alcancé helado. Después de la 1:00 p.m. sacan una sola tina, a ver por qué no lo venden con el módulo, cuántos se fueron sin tomarse un poco… Aquí no hay ni 60 niños. Voy a escribir al periódico”, dijo una madre, sin saber que el periódico estaba en la hamaca de al lado, repitiéndose una y otra vez que es sábado, que no es día de encender grabadoras ni de saltar contra los muros de la indolencia…; pero cómo darle la espalda a un asunto donde los perjudicados son los más pequeños.

“Empecé a vender el helado a las 10:00 de la mañana hasta las 5:00 de la tarde. Vendí las 21 tinas que recibí. Era de coco (…) No tenía barquillas, porque la Alimentaria incumplió la entrega. Saqué esos vasitos de la gastronomía…”, esclareció un día después David Maqueira Alfonso, administrador del Parque de Diversiones.

Sin embargo, pudimos comprobar que ni la empresa Alimentaria incumplió lo contratado ni hubo faltante de barquillas en el almacén central de Gastronomía.

“El viernes cuando mandé el helado para el parque no los tenía (dato que el comprador de Gastronomía no comprende, porque él había llevado días antes 40 sacos) y el sábado se me olvidó, se me fue…”, afirmó Esloan Quesada Villarín, segundo administrador del coopelia El Kairo, quien le distribuye al Parque. ¿Dónde están entonces las cuatro latas de barquillas correspondiente al sábado? ¿Y la gestión de los administrativos de “Los Caballitos” de recordarlo, de exigirlo?

De vuelta al producto lácteo, y en correlación con Maqueira Alfonso, el sábado 18 de marzo vendieron (en papeles) mil 310,4 raciones. De esa totalidad, mil 229,4, o sea 20 cajas de 2,6 galones en el horario de 2:30 a 5:00 p.m., espacio temporal en el cual no estuve presente, muy contradictoriamente a la tendencia reconocida de manera informal por algunos trabajadores del lugar: “aquí el fuerte es en la mañana, vienen poquísimos en la tarde”. ¿Tuvieron mala suerte quienes asistieron al Parque en el horario matinal? Además, al expender dos bolas por niño, la unidad debió contar con al menos 600 vasos desechables, ¿de dónde salieron, no era mejor llamar al coopelia El Kairo y exigir los barquillos?

“Siempre mandamos los viernes para que amanezca el sábado, y el sábado para el domingo. No sé por qué no lo venden desde temprano. Yo sé de la prioridad de los módulos…”, aclara Quesada Villarín.

Varios servicios en Cuba son destinados a la protección de la niñez, sin embargo, en el camino de esas buenas intenciones puede pasar de todo. El 18 de marzo resulta una muestra de ello, de la indiferencia con que algunos asumen la venta del módulo para los pequeños en Cienfuegos.

Hoy es el helado de los niños, mañana volver a saltar el muro de la indolencia.

2 Comentarios

  1. Y no hay carritos de helados pues estos no se le olvidan las barquillas los basitos ni el helado y asi estos camajanes vieran mejor resultado para los niños ya que ellos no son capaces de cumplir por lo que le pagan

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